Querida Nicaragua: Pienso que si el fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya hubiese sido al contrario de como fue, el presidente don Juan Manuel Santos estuviese pregonando ante el mundo su triunfo y probablemente estaría lanzando fuegos artificiales desde sus fragatas y hubiese redoblado el número de naves aéreas en la zona como para corroborar el señorío que siempre pretendió tener sobre el Caribe nicaragüense.
Me parece increíble que un gobierno que se respete a sí mismo sea capaz de no acatar el fallo del más alto Tribunal Internacional del mundo, y al que él mismo se sometió para dirimir su diferendo territorial con Nicaragua.
Increíble y ridículo que el presidente colombiano en su calenturiento discurso al conocer el fallo, haya aceptado todo lo que del mismo favorece a su país y haya rechazado lo que favorece a su contendiente. Este mismo acto lo convierte en el hazmerreír del continente americano y del mundo, como si se tratara de un juego de pelota donde, al no gustarle el fallo de un juez a uno de los equipos, este reclama furioso y amenaza con anular el juego.
Nicaragua siempre se supo dueña de ese territorio marítimo ocupado abusivamente por Colombia. Tenía y llevó ante la CIJ todos los documentos que la acreditaban como legítima dueña de su mar territorial y estaba segura de que el fallo le sería favorable. Inclusive los cayos Roncador, Quitasueño y Serrana son nuestros, pero la CIJ quiso hacer un fallo salomónico, una especie de premio de consolación y se los dio a Colombia.
Ahora bien. El hecho de que Colombia continúe con sus fragatas y personal militar en aguas que son nuestras solo demuestra un delirante afán de ostentación ante una nación pequeña que no cuenta con recursos bélicos similares. Obviamente Nicaragua no podría enfrentar el poderío militar de una nación sesenta veces más grande que nosotros, sin embargo, su misma pequeñez geográfica le concede una enorme fuerza moral frente a quienes pretenden seguir ocupando sus posesiones marinas.
Ante las naciones democráticas de América y el mundo Nicaragua está cumpliendo a cabalidad, tal como ha cumplido siempre, con sus compromisos internacionales. No hay una sola nación que se haya expresado favorablemente ante la actitud colombiana de no reconocer el fallo de la CIJ y de quererse retirar del Pacto de Bogotá, que dio origen a la Corte.
El gobierno colombiano anda rebuscando argumentos que le permitan darle sustento a la actitud del presidente Santos, pero sus declaraciones carecen de lógica y van en contra del derecho internacional.
Y lo que es más grave aún. Mientras Ortega y Santos conversan en Méjico supuestamente tratando de suavizar las realidades del fallo de la Corte, fragatas de guerra colombianas continúan en un plan de hostigamiento en contra de los pescadores nicaragüenses en sus propias aguas territoriales.
Es una actitud incomprensible en un país supuestamente civilizado como Colombia. Esto es un desacato, una falta de seriedad, una imposición de buques y naves aéreas de guerra haciendo de las suyas sobre un mar territorial ajeno. Es la ley del más fuerte. Yo tengo más armas de guerra y de aquí nadie me saca. ¿Qué hacer ahora?
Mientras Ortega y Santos conversan en Méjico supuestamente tratando de suavizar las realidades del fallo de la Corte, fragatas de guerra colombianas continúan en un plan de hostigamiento en contra de los pescadores nicaragüenses en sus propias aguas territoriales. Es la ley del más fuerte. Yo tengo más armas de guerra y de aquí nadie me saca. ¿Qué hacer ahora?
El autor es director general de Radio Corporación
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