Mabel Calero
El timbre anuncia el fin del recreo. Los alumnos sudorosos y cansados llegan a su aula de clase en la escuela Rubén Darío y, aunque la mayoría andan sedientos, saben que los grifos están de adorno, porque el vital líquido nunca llega.
“El problema del agua aquí es serio, nosotros mantenemos un barril para lavar el lampazo porque a los quince días pasa una cisterna llenándolo, pero si no fuera así creo que tendríamos que comprar el balde de agua para poder limpiar las aulas de clases”, comentó la maestra Julia Espinoza, de la escuela Rubén Darío.
Se estima que de cada diez escuelas ubicadas en el campo solo en dos tienen acceso al agua potable. Para solventar el problema se recoge agua en barriles, pero el almacenamiento a largo plazo provoca criadero de zancudos.
“Para que el niño tenga la motivación de estudiar deben estar en un ambiente limpio, pero a veces es muy difícil porque no hay cómo lavar el lampazo, nosotros lo que hacemos es decirle al niño que se lleve el lampazo a su casa y que lo traiga lavado”, comentó la maestra Reyna López, de la escuela Cristóbal Colón de Diriamba.
La falta de agua afecta el aseo de los servicios higiénicos y aunque en la mayoría se usan letrinas, también es necesario lavarlas.
De igual forma las escuelas ubicadas en la zona urbana de este departamento no tienen el servicio de agua el día completo, por lo general son afectadas por la tarde.
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