Por Amalia del Cid
La copa tiembla en la mano derecha de Douglas Reyes. Y una leve polvareda se levanta en el campo, mientras Eva Luna da vueltas con ese paso llano que caracteriza a los de su familia. Las gotas, pocas, se deslizan por el brazo de Reyes y se aplastan en el suelo. Al terminar el paseo aún hay agua en la copa. Entonces el jinete se ajusta el sombrero y explica con orgullo que esta proeza solo se logra con un corcel de esta raza, con un caballo peruano.
“¡Oiga bien! —exclama—. Escuche los cuatro tiempos. Pac, pac, pac, pac”. Es el paso llano del caballo peruano, que consiste en un movimiento lateral, con poco o nada de brincos. Un complejo, rápido y suave desplazamiento de pata izquierda, mano (pata delantera) izquierda y pata derecha, mano derecha. Cada miembro se mueve de forma independiente. Por algo este animal es orgullo y Patrimonio Cultural de Perú. El “Embajador Silencioso” es, además, considerado el mejor caballo de silla del mundo. Lo que pocos saben es que la cuna de esta raza es Nicaragua.
Los antepasados del caballo peruano de paso salieron de nuestro país un día de enero de 1531. Los embarcaron en el puerto de La Posesión, conocido después como puerto de El Realejo, cuenta Roberto Sánchez, historiador. Varios documentos lo confirman, entre ellos La Historia de la Conquista del Perú , libro publicado por el historiador e hispanista estadounidense William H. Prescott, en 1843.
En ese tiempo Nicaragua era el único centro de cría de importancia en tierra firme, que creció a partir del yeguarizo fundado por Francisco Hernández de Córdoba. De aquí salió la mayor parte de la caballada que Diego de Almagro llevó al conquistador de Perú, Francisco Pizarro, según narra el escritor peruano Mirko Costa en su libro Mi afición .
Conquistado el Perú y establecido el Virreinato, el caballo se convirtió en la pieza más estimada que un español podía poseer. Un buen ejemplar, señala Sánchez, llegó a valer cuatro mil pesos. Una espada costaba ocho, un puñal, tres y una lanza, apenas un peso. Su precio equivalía al de cuatro esclavos negros o diez indios.
De esos caballos antiguos viene el Embajador Silencioso. Los peruanos lograron hacer la selección de los ejemplares que rompían la ambladura (avance en dos tiempos, las patas anteriores y posteriores se mueven a la vez, en un balanceo). Es decir, que no se desplazaban como sus antepasados bereberes, llevados a España por los moros y traídos a América por los españoles, explica Reyes.
De esta forma, para el siglo XVII, en Perú se había logrado un caballo capaz de viajar por el desierto, en quebradas estrechas y altas tierras andinas. Y un siglo más tarde, el caballo peruano de paso ya era una raza independiente, caracterizada por ser de paso llano, suave, cómodo, rápido, fuerte y resistente, apunta Sánchez.
Así, los caballos que salieron de Nicaragua en ambladura, volvieron en paso llano, 405 años más tarde, en 1936. Se recuerda a El Bailador, El Farrista, Flor de Lima y El Inca, que al llegar a Estelí causó un revuelo que solo se compara con la aparición del primer automóvil, según el historiador.
Con todo, subraya Reyes, presidente de la Asociación Nicaragüense de Criadores y Propietarios de Caballos de Paso Peruanos (ANCPCPP), en el trote y el paso de los caballos criollos nicaragüenses hay características que comprueban que son los antecesores de los peruanos. “La única diferencia es que aquí nunca los clasificamos. Si los hubiéramos cruzado y cuidado, tendríamos un caballo nicaragüense tipo el caballo peruano”, afirma.
EL CORAZÓN DE UN CABALLO
Eva Luna es uno de los 24 ejemplares peruanos de Douglas Reyes. Es alazán, entre canela y rojo, como casi todos sus compañeros de cuadra. Su madre es la Ramona, la yegua con la que inició la crianza de la finca Piber.
Antes el criador tuvo andaluces e ingleses de salto; pero se apasionó por los peruanos hace 15 años, cuando a su finca llegó Noche Oscura, una yegua rara, completamente negra.
“Me di cuenta de que verdaderamente era mucho más cómodo montar en un peruano que en un español”, dice. Por otro lado, confiesa que dejó de criar andaluces porque no encontró uno que fuera como el Marqués, su caballo amado. “Tenía el corazón de un caballo peruano”.
Reyes se refiere al brío. A la actitud de ejemplares como la Nejapeña, que puede caminar 36 kilómetros bajo sol y quiere seguir andando. “Por eso es mi yegua amada para andar, aunque sea la que menos gana en los concursos”, comenta Reyes, mientras observa a la manada de yeguas, todas alazán, galopando, sudorosas y brillantes, a campo traviesa.
“Alazán… El color favorito de Alá”, se dice a sí mismo.
LOS SEMENTALES
Los caballos peruanos tienen las patas cortas y las traseras son acodadas, como un arco, porque necesitan meterlas mucho bajo la barriga para impulsarse e ir, al paso, a una velocidad de alrededor de 12 kilómetros por hora, indica Byron Alegría, tesorero de la asociación de criadores y propietarios.
Su barriga (o barril) es redondeada y su alzada alcanza alrededor de un metro con 60 centímetros. Los peruanos no tienen la perfección de los caballos españoles. “Es una raza que todavía está evolucionando”, apunta Arturo Chamorro, arquitecto, criador de caballos peruanos y vicepresidente de la asociación.
Por ello la selección de padrillos, padrotes o sementales es muy rigurosa. El macho, además de ser bueno, debe tener esas cualidades que le faltan a la yegua con la que se cruzará.
Por ejemplo, si la hembra es bajita, no se le da un padrillo pequeño. “Sabés que obviamente la cría va a ser chaparra”, expresa Chamorro.
De igual forma, cuando la yegua tiene la “cara fea” (sí, también en equinos unas caras son más bonitas que otras), muy larga o muy chata, se le buscará un semental que mejore sus rasgos.
Sin embargo, advierte Chamorro, la genética es una ruleta, una lotería en la que nada está dicho, y aunque se crucen un campeón de campeones con una campeona campeonísima, ganadores de todos los concursos habidos y por haber, no es seguro que la cría salga sobresaliente.
En caballos peruanos se califica la suavidad del paso y el temperamento. Eso es lo que más importa.
HIJOS QUE SALEN CAROS
A algunos criadores de caballos no les agrada mucho hablar de precios. Afirman que sus animales son como sus hijos y que la ganancia de la crianza no es el dinero, sino el prestigio. Volver a casa con uno o varios trofeos. Poder decir, por ejemplo, que este caballo es campeón nacional y aquella yegua es campeona de campeonas.
Por supuesto, mientras mejor sea un ejemplar, más alto será su precio. Pueden valer desde tres mil dólares, hasta 60 mil o más. “Yo ya he visto ventas de 75 mil dólares”, comenta María Elena Solórzano, veterinaria y criadora de caballos.
Si alguien quiere iniciar una crianza de caballos, debe ir directamente al criadero. Puede pagar por una yegua o, en el caso de ya tenerla, por el “salto” de un caballo.
Cada criadero tiene sus precios y sus reglas. Una de ellas es tener garantía de que la hembra está saludable y que no transmitirá al macho la anemia infecciosa equina.
También la manutención es cara. Pero al caballo hay que garantizarle buena y suficiente comida, para que se conserve bonito, cuenta el salvadoreño Antonio Pérez Rivera, chalán de la finca Piber.
A las 6:00 de la mañana recorre las cuadrillas colocando el concentrado del desayuno. A las 6:30 hay un entremés de zacate. Deben quedar suficientes reservas para que los caballos pasen mordisqueando hasta las 2:00 de la tarde. A las 5:00 los vuelve a alimentar.
Al final de las cuentas, un caballo bien cuidado, sale costando más de tres mil córdobas al mes, calcula Solórzano.
Sin embargo, el costo no importa cuando los caballos son la vida. “De mi trabajo comen mis caballos”, manifiesta Reyes, quien es el propietario de una empresa fabricante de productos químicos y veterinarios.
Ya ha tenido duras pérdidas. Como la de hace diez años, cuando 16 de sus caballos murieron en una sola noche a causa de haber comido pasto contaminado por una de esas avionetas que rocían veneno. O como la noche en que, “de la forma más tonta”, murió su mejor caballo.
“Se salió de la cuadrilla, vio una yegua en celo, se paró en dos patas y pegó la cabeza con un tubo, entre las orejas, donde está el cerebro”, lamenta, mientras pasa junto al terreno en el que reposan los huesos de sus 16 caballos.
Podría decirse: “Gajes del oficio”. Pero es más que eso. Para Reyes, “perder un caballo es como perder un hijo”.
LAS METAS
Son 18 los miembros de la Asociación Nicaragüense de Criadores y Propietarios de Caballos Peruanos de Paso. Juntos, sus animales suman más de 100, señala Chamorro. Pero se tiene un registro de 336 en el país.
Pese a ello, en Centroamérica Nicaragua sigue en la cola en cuanto a crianza de caballos peruanos. Sin embargo, se están haciendo esfuerzos para que la situación cambie. Y poco a poco se avanza.
No obstante, Reyes tiene otra lucha. Una más personal. Quiere “hacer del caballo peruano el caballo que salió de Nicaragua”. Incluso está escribiendo un libro para demostrar que aquel que se fue en ambladura es el mismo que volvió en paso llano.
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