Ahora, cuando los partidos son historia, resulta fácil llegar a la conclusión de que los Gigantes de San Francisco, mostraron más colmillo que los Tigres de Detroit.
Y hablamos del coraje, de las agallas, de perseverancia y tenacidad de un equipo que no aparecía como favorito ni siquiera en su división, la del Oeste de la Liga Nacional.
Es extraño. Los Gigantes se excedieron y se burlaron de los expertos que con toda las razones del caso, y con sólidos argumentos, situaban en ventaja a los Tigres.
San Francisco ha ganado con todo el mérito, quizá porque así quiso el destino. “Siempre hay un club al que nada lo detiene es el destino”, dice Marvin Benard.
La sorpresa es gigantesca, cuando ves que este equipo, tuvo a su mejor pícher (Tim Lincecum) en el bullpen, y a su mejor bateador (Melky Cabrera) fuera del roster.
A cambio, contó con Gregor Blanco, botado hace un año por Washington porque no bateaba. Y en un canje que no alentó a nadie, trajo a Ángel Pagán desde los Mets.
Pero cada pieza, cayó en el sitio correcto. Incluso, Marco Scutaro, infielder de escaso éxito, fue un hallazgo, lo mismo Hunter Pence, su adquisición más grande.
Y a la hora de ejecutar, el equipo tuvo gran precisión. Su picheo y defensa fueron el soporte, comenzando por Matt Cain y Barry Zito, quien regresó a su nivel de antaño.
Este éxito, además del esfuerzo de equipo que mostraron los Gigantes, resalta también el trabajo de su gerente Brian Sabean, experto en la analítica del beisbol.
Sabean, quien no recibía el crédito necesario por el impacto de Barry Bonds, fue el arquitecto de este equipo, manejado por Bruce Bochy en ruta a la inmortalidad.
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