La Zarzuela

El pasado jueves se hizo velada, surtida y fragmentada de la tertulia lírica castellana en el Salón de los Cristales del Teatro Nacional Rubén Darío, a través de la zarzuela en una noche que pareció ser la prolongación amena de la temporada que tuvo conexión idílica con nuestras mejores voces.

Joaquín Absalón Pastora

El pasado jueves se hizo velada, surtida y fragmentada de la tertulia lírica castellana en el Salón de los Cristales del Teatro Nacional Rubén Darío, a través de la zarzuela en una noche que pareció ser la prolongación amena de la temporada que tuvo conexión idílica con nuestras mejores voces.

Esta acaba de concluir con el sello puesto en las partituras que se hicieron especialmente para darle lucidez al instrumento —el más natural y completo— de la expresión y dio la grata sensación de ser motivación robustecedora de la vocación de exponer los ribetes autóctonos del canto, aunque haya sido una escenificación suelta e independiente de la tradición.

Fueron convocadas las voces estelares del repertorio nicaragüense: Elisa Picado, Lisbeth Barrios, Carla Matus, el barítono Mario Rocha y los tenores Luciano Ortega y José Luis Leytón, siendo notoria la presencia de Cuba, heredera inmediata en el tiempo de este género típicamente español, del cual recibe fresco y predominante influjo.

Esa noche estuvo representado el ambiente castizo: la romanza del tenor, la gracia sin la severidad en la tesitura de la soprano, la inventiva prolífica de la letrilla exaltada perteneciente al acervo popular, páginas que merecen incrustarse en la antología de la ingeniosidad.

Se cantó y se habló porque la zarzuela es un espectáculo mixto rebosante de la suspensión del culto circunspecto y más cuando se puso en escena al nuevo género que despertó después de haber desaparecido a mediados del siglo XVIII y que inspiró la concepción mitológica en Calderón de la Barca y otros nombres ilustres de la literatura y del canto.

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