Lucydalia Baca Castellón
Entre los 200 avicultores que están agremiados en la Asociación de Pequeños y Medianos Productores Avícolas de Nicaragua (Apemepan) solo figuran ocho mujeres. Una de ellas es Karla Rodríguez López, ingeniera especializada en zootecnia. Ejerció su profesión un tiempo y en 1992 se dispuso ser empresaria. Compró 50 pollos de engorde, los metió en uno de los dormitorios de su casa, donde llegó a criar hasta 200 animales. Luego los sacrificaba, procesaba y distribuía en pulperías. Con las “utilidades” construyó su primer galera de ripios, bambú y zinc usado. El lote de aves creció a 500 y se vio obligada a contratar ayudantes.
La actividad era tan dinámica que decidió trasladarse a la producción de huevo en la que permanece. Tiene una granja de 5,000 ponedoras rojas, que producen 150 cajillas de huevo por día.
En este negocio conoció a un avicultor por herencia, Alfonso Valerio, su actual esposo y padre de sus dos hijas. Ambos se dedican a la producción de huevo, pero en granjas separadas. “Compré mi carro, mis calaches para la granja y pago mi personal. Eso me da cierta independencia”, asegura.
El matrimonio Valerio-Rodríguez comparte la empresa Soluciones Agropecuarias SA (Solagsa), dedicada a la distribución de pollos de engorde, pollas ponedoras, insumos y equipos para las granjas que acompañan con asistencia técnica. El vivir en carne propia y ajena las necesidades del sector la impulsa a buscar soluciones.
¿Cuál es el principal reto que enfrentan los pequeños y medianos avicultores?
La tecnificación. Necesitamos incubadoras, que en el país no existen, por eso tenemos que importar los pollitos. Si se presenta un brote de cólera o influencia aviaria, en El Salvador o Costa Rica nosotros quedamos sin aves. También es urgente que los pequeños tengamos un matadero certificado para los pollos de engorde y las gallinas de descarte, similar al que poseen los grandes productores, que tienen toda la cadena integrada. Porque los pequeños seguimos matando de forma artesanal. Se cuelga un mecate, se alista un perol de agua caliente y en dos mesas se hace el trabajo. Esa carne tiene muy buena aceptación en el mercado local, pero no es exportable ni aceptado por otras industrias para procesar alimentos como los embutidos, por ejemplo. Hemos hecho algunas gestiones y presentamos algunas propuestas en el Ministerio de Fomento, Industria y Comercio (Mific) y el Ministerio Agropecuario y Forestal (Magfor), pero al final el problema siempre es el financiamiento, que nunca lo conseguimos.
¿Cómo está la industria en relación con Centroamérica?
En Centroamérica somos los más atrasados, todavía producimos en galeras tradicionales, en el piso. Mientras que los grandes productores producen en jaula, batería o rejilla, que es un sistema de producción intensivo que en el país solo las grandes empresas y cuatro pequeños productores poseen, porque es muy caro. Pero la inocuidad que ofrece este sistema no la tiene el huevo producido en piso. Mi situación quizás no es igual a la del resto de productores porque soy técnica de profesión y tengo acceso a la comunicación, pero el productor pequeño tradicional no solo no tiene plata para invertir, es que no conoce la tecnología. Lo peor es que la academia tampoco la conoce y es urgente que se pongan al día. Estamos tan atrasados que en Nicaragua no existe ni una sola fábrica de separadores (cajillas de cartón) y la crisis que eso provoca, porque la fábrica de Panamá solo nos vende contenedores con 100,000 unidades y ningún productor chiquito puede comprar esa cantidad. Eso nos obliga a morir con los intermediarios.
¿Esa falta de tecnificación amenaza la sobrevivencia del sector?
Sí, estamos en una situación difícil, muy difícil. Tenemos costos de producción muy altos, porque los grandes al producir en escala disminuyen sus costos, en algunos gastos fijos sobre todo. Tenemos costos de producción muy altos, especialmente en el alimento balanceado que implica como el 80 por ciento de la estructura de costos. Luego tenemos la energía eléctrica cara, la más cara de Centroamérica. Nosotros utilizamos mucha energía eléctrica porque el levante de las ponedoras se hace con iluminación y con el pollo de engorde es peor, porque necesita 23 horas diarias de calor que se le proporciona a través de iluminación.
A eso se suma el incremento en el precio del maíz amarillo y la soya…
Sí, realmente ya estamos sintiendo el efecto de eso, pero lo más grave lo sufriremos el próximo año, porque se supone que hay reservas de materia prima para la elaboración del alimento para las aves para el resto del año. El otro año nos va a ir más duro. Sin embargo, este año hemos tenido cinco alzas en el precio de estos alimentos balanceados, que entre todas suman unos 70 córdobas por quintal. Eso significa que si con parte de la materia prima almacenada se han registrado incrementos, el próximo año viene más duro. Las empresas grandes compran su materia prima dos veces al año, la almacenan y pasan produciendo, pero en diciembre se tiene que volver a comprar. Además, cuando sube el precio de los nutrientes macros o granos grandes (maíz, soya y sorgo), el de los micros (premezclas vitamínicas y aminoácidos), se eleva automáticamente. Uno guiña al otro, entonces toda la cadena, obviamente, sube. Por eso no se descartan incrementos en el precio del huevo y el pollo que producimos. Los efectos pueden ser graves, porque esas alzas muchas veces nos han obligado a vender por debajo de los costos de producción. Eso ha llevado a muchos avicultores a abandonar el negocio.
¿Las importaciones de pollo y huevo y la competencia con la gran industria también los afectan?
A pesar de la gran ventaja competitiva que tiene sobre nosotros la gran industria no la sentimos como amenaza, porque nosotros tenemos nuestro segmento de mercado. Sabemos que nuestros compradores venden en el mercado Oriental o en el mercado de Masaya. En el caso del pollo, por ejemplo, los pequeños criadores de pollo de engorde, lo venden donde producen. En la zona de los pueblos blancos por ejemplo hay un gran mercado para el pollo caliente, como se le llama al pollo artesanal. En el caso de las importaciones de pollo autorizadas por el Gobierno prefiero no opinar, pero más que la tendencia de mantener esas importaciones, lo que nos afecta es la competencia desleal.
¿Qué pasa con el contrabando?
Es una gran grosería e irresponsabilidad de las personas que introducen de contrabando hasta 20,000 cajillas de huevo por mes, porque esa cajilla viene 10 o 15 córdobas más barato que el local y la gente cree que les están haciendo un gran favor al dárselos más baratos. Lo que no saben es que viene barato porque en Honduras hay una sobreproducción de huevo y antes que se arruine prefieren venderlo así. Ese contrabando muchas veces nos ha obligado a vender por debajo de los costos de producción. Además, el huevo que nosotros producimos no se puede exportar, porque la falta de tecnología impide que cumpla especificaciones técnicas que establece el mercado internacional, mientras que el hondureño, las cumpla o no, entra al país.
Con este panorama ¿sigue siendo rentable ser pequeño avicultor?
Después de tantos años en el negocio, creo que la avicultura es la actividad productiva más variable. Tiene altas y bajas durante todo el año. Es tan fluctuante que no se puede negociar el precio ni siquiera de la semana siguiente. Pero nos hemos acostumbrado, tenemos épocas buenas y malas. Hoy en día estamos pasando por una de las peores crisis, pero también hemos tenido tiempos de bonanza. Entonces hemos aprendido a lidiar con eso. La rentabilidad en realidad se obtiene al sortear las alzas y bajas… El problema es que a diferencia de otras actividades, como la ganadería por ejemplo, no es tan fácil abandonar la avicultura. No es lo mismo dejar un potrero vacío con algún pasto, que abandonar un terreno donde se invirtió en infraestructura y equipo para montar una granja. Además, hay mucho componente nostálgico.
¿Siguen supliendo los pollos que el Gobierno entrega a través del Bono Productivo?
Con algunas dificultades pero seguimos proporcionado las aves. El problema es que algunas veces las retiran con retraso y eso provoca algunos problemas en las granjas, que han presupuestado un precio y tienen que seguir alimentándolas. Actualmente hay 190,000 gallinas pendientes de retirar, que al permanecer en la granja consumen alimento que no está programado y produciendo huevo que no se tiene contemplado.