“Las sombras son mis aliadas”

Cuando las sombras aparecen ella logra distinguir de quién se trata. Reconoce formas y algún color que se cuela entre el poco espacio que quedó abierto en las ventanas de sus ojos. Poco a poco y al paso del tiempo, Vanessa Benavides, de 19 años, se ha despedido sin rencor del mundo que se ve y se ha adaptado como una aventurera intrépida al mundo de las sombras. Su único temor es un día despertar y encontrarse con la penumbra.

Por Róger Almanza G.

Cuando las sombras aparecen ella logra distinguir de quién se trata. Reconoce formas y algún color que se cuela entre el poco espacio que quedó abierto en las ventanas de sus ojos. Poco a poco y al paso del tiempo, Vanessa Benavides, de 19 años, se ha despedido sin rencor del mundo que se ve y se ha adaptado como una aventurera intrépida al mundo de las sombras. Su único temor es un día despertar y encontrarse con la penumbra.

Es un temor muy cercano al terror. “Eso es lo único que me da miedo, que un día no vea ni las sombras… es que ni me quiero imaginar si eso pasa, sería horrible”, confiesa Vanessa.

El punto es que le huye a usar el bastón y mucho menos le gusta pensar que un día podría necesitar de estar con alguien todo el tiempo. Ahora, entre las sombras que ve, logra moverse, saber si hay un obstáculo y reconocer si hay alguien frente a ella. Esto a Vanessa le basta, sobre todo cuando pasa tardes completas en la cancha de golbol o en la pista de atletismo, dos deportes que practica a diario.

Aunque es amante del golbol (especie de futbol para ciegos), ha sido el atletismo al que le ha sacado mayor provecho. Fue la representante en esta categoría en los recientes juegos paralímpicos de Londres 2012. A pesar de que de esta competencia mundial no logró medallas, su ánimo no flaquea y recuerda el sonido de correr frente a 80 mil personas. Vanessa está segura que oportunidades tendrá muchas y que dará a Nicaragua muchos oros olímpicos.

Su casa, en el barrio El Zumen de Managua, está adornada con 19 trofeos, la mayoría de golbol, y 26 medallas, casi todas de atletismo. Deportes que desde hace diez años empezó a moldear en su vida.

Ahora, recién pasada su adolescencia, mira con orgullo parte de sus logros como deportista ciega en el país. Ha sido premiada en cuatro ocasiones por la Crónica Deportiva, ha recibido dos reconocimientos de la Presidencia de la República de Nicaragua, es dos veces campeona nacional de golbol y este año, aunque no fue el mejor, obtuvo el tercer lugar en esta disciplina en la categoría de entre 15 y 19 años. Pero sus metas van más allá.

Por ahora su meta más próxima es terminar la secundaria, “con éxito”, dice Vanessa, estudiante de tercer año de secundaria, a pesar de que los maestros, y en ocasiones ella, pierden la paciencia con su discapacidad.

Problema de nacimiento

Es la menor de tres hermanos. Víctor de 21 también tiene problemas con su visión y Pedro de 23 es el mayor. Ambos universitarios.

Vanessa nació así. Con la sentencia que quedaría ciega y con los rezos y plegarias de sus padres para que eso no ocurriera.

Las visitas a distintos médicos le daban también distintos diagnósticos, todos con un denominador común, del que no podían hacer nada. “Era una situación progresiva”, recuerda haber escuchado Vanessa.

Recorrió con su madre infinidad de clínicas y escucharon a todos los médicos. Se realizaron comisiones médicas para valorar a Vanessa y no faltaron a brigadas de médicos extranjeros que venían al país. No se logró nada.

Su último diagnóstico, antes de su viaje a Londres en el mes de agosto pasado, fue que padecía retinosis pigmentaria.

Se trata de un conjunto de enfermedades oculares crónicas de origen genético y carácter degenerativo, que se agrupan bajo este nombre. De acuerdo con los especialistas, el caso de Vanessa se caracteriza por una degeneración progresiva de la estructura del ojo, que lo vuelve más sensible a la luz, la retina, que poco a poco va perdiendo las principales células que la forman, los conos y los bastones. Produce como síntomas principales una disminución lenta pero progresiva de la agudeza visual que en las primeras etapas afecta predominantemente a la visión nocturna y al campo periférico, manteniéndose sin embargo la visión central.

Y es precisamente lo que ha experimentado Vanessa desde los 15 años, cuando el mundo se le ha venido achicando hasta las sombras y pocos colores que hoy reconoce.

El rostro de su madre

Algo que le alegra a Vanessa es que en algún momento de su vida sí logró ver completamente lo que ocurría a su alrededor. Vio la lluvia, el verdor de los árboles y el azul del cielo. Vio la calle de su barrio cuando la tarde caía y conoció el rostro de sus vecinos con los que jugaba pelota de esquina a esquina.

No olvida los rasgos del rostro de sus abuelos, con quienes aún vive bajo el mismo techo. Sus hermanos, altos, delgados y morenos y su padre. No olvida cómo es ella ante un espejo en la mañana y no olvida el color de sus ojos oscuros.

Pero es el rostro de su madre el que recuerda a la perfección, cada gesto, cada arruga, cada mueca. “Creo que esto es lo mejor que pudo haber ocurrido, ir perdiendo la vista poco a poco me permitió tener estos recuerdos, saber cómo es mi familia y cómo son mis amigos. Hoy reconozco a la mayoría por su voz, pero su rostro es el que recuerdo desde la última vez que los vi”, dice Vanessa.

Una atleta despierta

Tenía 9 años cuando sus padres decidieron ingresarla, junto con sus hermanos, al Centro de Educación Especial Melania Morales, aquí compartiría espacio con otras personas en su situación o más avanzados en la ceguera. Además, aprendería a leer con el sistema de lectura Braille.

“No quería, me sentía incómoda y fuera de lugar”, recuerda de esos primeros días Vanessa. Pero poco a poco pudo integrarse y aceptar que necesitaba aprender de una manera especial y dedicada para ella.

Fue en la cancha de este centro que conoció el golbol, una adaptación para ciegos del futbol.

Ese balón azul y con chichiles adentro que sonaban todo el tiempo, le pareció lo más ridículo, y no se vio participando de los juegos escolares. Sin embargo, el destino es terco, y el día que más se negó fue cuando empezó la pasión que hoy la lleva cada tarde a la cancha, en la misma que Luis Anastasio Somoza Debayle practicaba tenis, cuando era su finca la que hoy es el complejo deportivo del Instituto Nicaragüense de Deportes (IND).

Tenía 10 años cuando el balón azul se le presentó. Ahí estaba Vanessa, tirada en el suelo, con protectores en sus codos y rodillas y un antifaz que le sofocaba. “Escuchá el balón, escuchá, alerta ese oído” eran las instrucciones. Los chischiles sonaban cerca y ella sabía dónde estaba el balón, se lanzaba y evitaba el gol.

Al inicio se escondía de la clase de educación física, pero su maestro la obligaba a que tan solo pasara los balones. Así, poco a poco fue conociendo el juego y descubrió que fuerza y resistencia no le faltaban.

Diez años transcurrieron y el juego del patio de la escuela es hoy un juego olímpico en el que Vanessa es una experta.

Se ha convertido en la capitana de su propio equipo. “Star” se hacen llamar y se preparan para los juegos centroamericanos que se realizarán en noviembre y tienen como sede a Nicaragua. Pero su experiencia es más amplia.

A correr se ha dicho

A los 13 años clasificó para su primer Centroamericano en el que fue campeona. “Fue en el abanderamiento que surgió la oportunidad de correr como atleta y no la dejé pasar”, cuenta Vanessa.

En febrero del 2007 se alistó para los Panamericanos que se realizaron en Brasil. “Fue mi primera participación en un evento tan importante y son cosas que uno no olvida”, asegura Vanessa que para entonces tenía 14 años y su visión se despedía.

“Todo fue surgiendo a medida que aprovechaba las oportunidades que me salían. Y así fue. La chavala que nació condenada a morir ciega, el mismo año 2007 recibió su medalla de oro en las competencias Paracodicader realizadas en Guatemala. Corrió en 100, 200 y 400 metros. Fue la mejor. Sus piernas miraban por ella y las sombras eran sus mejores aliadas.

Una medalla de plata colgó de su cuello en el año 2009 cuando ganó los 100 metros en Colombia, y una de bronce cuando compitió en los 200 metros.

Entrenar para el futuro

Después del colegio se prepara para las canchas. Ahí entrena cada tarde desde la 1:30 hasta que la claridad que identifica con los últimos rayos del sol empieza a desaparecer. Siempre tiene quien la llegue a dejar y traer, su familia siempre está ahí, pendiente a la orden. Vanessa lo agradece, pero no quiere que sea así siempre.

Las cuatro horas en las canchas las ocupa con fuerza para animar también a otras personas ciegas que se pierden en la oscuridad del alma cuando la penumbra llega a sus ojos. “Solo no puedo ver, esto no me puede detener”, dice Vanessa con la firme promesa que podrá perder la vista, pero jamás perderá sus sueños.

Uno de ellos, más allá de las medallas que pueda ganar como atleta es la beca que espera lograr para estudiar fisioterapia. “Es una profesión que necesitan mucho los deportistas, yo quiero hacerlo y sé que lo haré”, afirma Vanessa.

Su plan tras los trofeos y medallas está en ayudar a la comunidad de ciegos del país, y si son deportistas, mucho mejor.

“Estamos organizándonos con chavalos deportistas ciegos para iniciar una organización que vele por ellos, que los apoye y que genere esos espacios necesarios para que no se sientan apartados, discriminados como suele ocurrir”, dice Vanessa, como uno de sus mayores sueños.

Su bastón lo deja bajo su cama o a un lado de algún mueble. “A veces lo odio, me da pena usarlo”, se queja Vanessa, quien solo se somete a él cuando camina de cancha a cancha en el IND. Siente que el bastón inspira lástima, pero reconoce que suele necesitarlo sobre todo esos días cuando la poca visión que le queda parece irse en un viaje sin retorno, “pero vuelve”, suspira Vanessa.

Son solo sustos de la ceguera total. Esta tarde logra reconocer el gran bulto de quien la entrevista y ve de reojo el color de la camisa que viste su entrevistador, y recuerda que un día, quizá hoy o mañana, o dentro de un mes o un año, se vuelva totalmente ciega.

Es lo que me tocó vivir y lo acepto. Lo tomo con toda la tranquilidad, aunque sé que puede ser más difícil, lo único que le pido a Dios es no perder los poquitos reflejos que tengo, porque no me gustaría quedar en penumbras”. Vanessa Benavides.Atleta paralímpica.

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