La filósofa romántica

“Pero si los hombres hubiesen amado de otro modo a la mujer! Mira, lo veo claro, lo sé, las mujeres seríamos de otro modo”, escribe una joven María Zambrano a su novio, Gregorio del Campo, en una de las casi setenta cartas inéditas que ven la luz ahora, veinte años después de la muerte de la pensadora española.

Carmen Sigüenza

“Pero si los hombres hubiesen amado de otro modo a la mujer! Mira, lo veo claro, lo sé, las mujeres seríamos de otro modo”, escribe una joven María Zambrano a su novio, Gregorio del Campo, en una de las casi setenta cartas inéditas que ven la luz ahora, veinte años después de la muerte de la pensadora española.

Unas cartas inéditas de una María Zambrano veinteañera, pero muy intensa, en las que se vislumbran todos sus temas y preocupaciones, una “protomaría”, como explica la profesora y experta en la intelectual malagueña Marifé Santiago Bolaños, quien ha reunido este revelador material en un bello libro editado por Linteo.

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exilio y
magisterio
M aría Zambrano es la más original y destacada entre los filósofos de los últimos tiempos en España. Pertenece a una generación de mujeres geniales que vinieron a trastocar el transcurrir de la historia de la Filosofía occidental, obra tradicionalmente de varones. Desde Hannah Arendt, Simone Weil, Rosa Luxemburgo, Edith Stein, Simone de Beauvoir, hasta María Zambrano es una sinfonía de pensadoras de diferentes tendencias, pero todas movidas por ese deseo de renovación de la Filosofía occidental y preocupadas en reflexionar sobre la paz, hasta el punto de que tres de ellas —Simone Weil, Edith Stein y Rosa Luxemburgo— murieron en esta reflexión o a causa de ella. Discípula de Ortega y Gasset, Zubiri, García Morente y Besteiro, fue una de las figuras capitales del pensamiento español del siglo XX. Se exilió al término de la Guerra Civil y ejerció su magisterio en universidades de Cuba, México y Puerto Rico. Tras residir en Francia y Suiza, regresó a España en 1984. El 6 de febrero de 1991, María fallece en Madrid.

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Cartas y misivas escritas en los años veinte del pasado siglo en Segovia, a donde María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904-Madrid, 1991) se trasladó con su familia y donde estudió el bachillerato antes de pasar a Madrid. Ahora se han hecho públicas gracias a la familia de Gregorio del Campo, que las ha conservado cuidadosamente.

“Eran las cartas de dos enamorados. Gregorio del Campo, uno de los miles de desaparecidos (de la guerra civil española) en las fosas comunes de la memoria histórica”, fue encarcelado en 1936, siendo ya el capitán Gregorio del Campo. Pero, en los años veinte, el joven enamorado era un alférez de artillería que estaba estudiando para ingeniero industrial en la Academia de Zaragoza.

La sobrina de Gregorio del Campo le habló de estas cartas “conservadas con tanto amor” a Marifé Santiago, unas cartas de las que María Zambrano nunca volvió a hablar.

La familia pensó en ponerse en contacto con ella cuando regresó del exilio en 1984, tras 45 años, pero al final no lo hicieron por puro escrúpulo.

Marifé Santiago cuenta en la introducción del libro que la relación entre ambos fue entre 1921 y 1928, pero también que el primer amor de la autora de El hombre y lo divino fue Miguel Pizarro, su primo, a quien conoció en Segovia con 13 años.

Una relación que se tornaría más íntima poco tiempo después, en 1920 y que no vería con buenos ojos el padre de la pensadora. Después Pizarro se fue a Japón y María Zambrano comenzó a salir con Gregorio del Campo en 1921.

Pizarro vuelve en 1928 y es cuando Zambrano rompe su noviazgo con Gregorio.

“Las cartas demuestran el amor adolescente que va madurando ante la sorpresa que supone descubrir el propio cuerpo o la reflexión extrema desde el mismo dolor, el silencio, los secretos que la memoria guarda: lo que la vida destierra, lo que la vida deja más allá de la tierra; también lo que la memoria de pronto destierra”, escribe la editora.

¿Qué pasa en el corazón?

Una de las frases que María Zambrano acuñó, “lo que no pasa por el corazón nace muerto”, o el concepto de “razón poética”, donde unía poesía con filosofía y religión, ven sus gérmenes en la raíz más profunda de esta discípula de Ortega en estas cartas tempranas.

Su preocupación por la condición de la mujer queda reflejada en estas cartas a su amado: “Y la mujer es (…) lo que el hombre quiere que sean las mujeres, lo que os ha gustado en ellas! Esta tarde lo veía claro mientras proyectaban una película imbécil… No es más que la carne, el puro instinto lo que acerca en todos los casos el hombre a la mujer ¡Qué pena!”, escribe.

Una joven que ya lo tenía claro desde muy jovencita: “Mujer sí, tu señora, nunca”.

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