El caso del australiano, Julian Assange, ha cobrado la atención de los medios de comunicación más por sus vínculos con la izquierda mundial, que por las mismas filtraciones que viene haciendo, desde hace veinte años con el grupo de “hackers subversivos”.
Baltasar Garzón, el exjuez barcelonés, defensor de la izquierda y acusador de dictadores de derecha, como en el caso Pinochet, a quien retuvo en Londres, en la década de los noventa, se ha sumado al grupo mediático de Assange bajo el pretexto de defenderlo, pues supuestamente pone en peligro su salud física y mental el acoso al que está siendo sometido, según expresó Kristinn Hrafnsson, portavoz de Wikileaks.
No dudo del prestigio del juez de Barcelona, quien retuvo por años, en su residencia de Londres, al expresidente chileno, Augusto Pinochet, pero su mismo país lo condenó a no seguir en sus andanzas, defenestrándolo por sus intenciones de ir irregularmente contra los crímenes del franquismo, en España.
En Londres, donde residen los directivos de Amnistía Internacional, hay muchos activistas latinoamericanos con el mismo síndrome: van siempre contra la derecha y se hacen los desentendidos ante las tropelías que ocurren en Cuba, Nicaragua, Ecuador, las FARC colombianas, etc.
El exjuez Garzón, persigue demostrar que hay un proceso secreto que se le sigue a Assange en EE. UU., lo que supone una amenaza que vicia cualquier otro proceso, como el que motiva la petición de extradición, a Noruega, para luego ser procesado no solo por lo de Wikileaks, del cual Assange es fundador. En principio hay en espera un proceso por abusos y arbitrariedades al sistema financiero internacional, que pondrían de manifiesto el alcance real contra Julian Assange.
Estos dos audaces personajes han hecho noticia mundial en el campo de la transparencia mediática-tecnológica, y de la justicia universal, aunque parcializados hacia la derecha. Octavio Paz, decía que en Latinoamérica no ha habido revoluciones, sino “revueltas”, pues el carácter de revolución requiere del uso de la razón y del carácter de universalidad, como la tecnología.
Ni Garzón, ni Assange se han pronunciado ante casos como los de los balseros cubanos, las Damas de Blanco, o los cubanos presos que mueren en huelga de hambre, etc. Sin embargo Garzón se ha reunido velozmente con el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega; y vemos vídeos con entrevistas de Assange desde la clandestinidad, en Londres, con el líder de Hesbolá, los líderes de okupa, o hablando del Día de la Ira, del 25 de enero del 2011, que devino, en la caída de Mubarak.
Lo curioso es que Assange anda bajo las faldas de la izquierda latinoamericana. Pero ¿qué tiene en común lo antes expuesto con movimientos como los indignados y los okupas en España, Francia, Holanda e Italia, cuya finalidad es la toma de edificios desocupados, pero con fines políticos, bastante similar a los tomatierras latinoamericanos?
Todo esto genera un velo inexpugnable de ser decodificado. Ni el mismo Assange, que se autodenomina un codificador, sabe ahora cómo salirse.
Lo cierto es que si desde hace veinte años Assange anda metido en ilícitos informáticos, ¿por qué no pudo saber de los movimientos de Al Qaeda y el 9/11? Sus actuales amigos, tienen un denominador común: ¡muerte a los EE. UU.!
El autor es médico.
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