Por Róger Almanza G.
Sus brazos se abren y vuelven a cerrarse. Con sus manos tocan su rostro y luego rozan su pecho al lado del corazón y las mueven con cierto ritmo. No hay música en el ambiente, pero en su cabeza suena la popular canción Color esperanza de Diego Tórrez.
“Saber que se puede, querer que se pueda, quitarse los miedos, sacarlos afuera. Pintarse la cara color esperanza, tentar al futuro con el corazón…” es el coro de la canción que este grupo de hombres y mujeres cantan en lenguaje de señas.
La mayoría de ellos son catequistas, otras solo madres de hijos sordos que encontraron en este grupo un espacio donde aprender el lenguaje para comunicarse con sus hijos.
Son el tercer grupo que este año aprende este lenguaje. Están dentro de un proyecto llamado Evangelización sin Fronteras, de la Pastoral de Sordos de la Arquidiócesis de Managua, un nombre bastante largo para un objetivo que se resume en una sola palabra: “amor”, de acuerdo con los estudiantes. Es quizá por ello que estos cursos, que en principio han sido diseñados solo para catequistas, no le cierren la puerta a padres o madres de niños sordos que no estén congregados en ninguna comunidad católica.
La clase parece divertida, a veces nadie se entiende. Todos ellos son oyentes entrando al mundo de los sordos, haciendo lo que para muchos son solo muecas sin sentido.
Es en un espacioso salón de la escuela Casita Azul en Managua, donde se reúnen cada mañana de sábado para aprender el lenguaje del corazón como suelen llamar al lenguaje de señas, un idioma sin fonética y que una gesticulación, un movimiento puede significar más que una palabra dicha.
Un maestro especialista en este lenguaje les guía durante la clase. Aprenden el alfabeto. Manos dibujadas de todas las formas. Ahí se lee de la A a la Z. Es el primer paso en esta escuela de casi 20 alumnos, la primera oficialmente católica en lenguaje de señas.
“Comenzaron en enero con el primer curso dirigido a catequistas, una necesidad que la misma Iglesia siente para los feligreses sordos”, explica el padre Genaro Cerda, coordinador del proyecto.
De acuerdo con los datos que maneja la Arquidiócesis de Managua, al menos en cada parroquia cuentan hasta ocho sordos, “y la necesidad crece cada vez más, pero necesitamos saber con exactitud el número de sordos en nuestras iglesias para que este proyecto sea empleado de la mejor manera”, comenta el padre Genaro.
Para el padre Genaro llevar a un intérprete a cada parroquia de Nicaragua y lograr que las clases de catecismo sean accesibles para las personas que tienen esta discapacidad sería como lograr un sueño, aunque bastante difícil de alcanzar contando las más de mil parroquias con las que la Iglesia católica cuenta en el país.
APOSTANDO POR UN SUEÑO

En el salón solo hay una persona sorda. Es quien valora el aprendizaje de los oyentes. Su nombre es Franchesca del Castillo, tiene 13 años y es sorda de nacimiento. El reto para los aprendices del lenguaje de señas es lograr que Franchesca les entienda a la perfección la canción que intentan cantar solo con señas. Ella ríe y mueve sus manos y hace figuras en el aire. De acuerdo con el intérprete, Franchesca dice que no les entiende nada.
Esta iniciativa, la de los talleres o cursos de lenguaje de señas, comenta el padre Genaro, “nació desde la necesidad de algunas familias con hijos sordos”. Una de ellas es doña Carmen Sandoval, madre de Franchesca, una de las más de 12 mil personas sordas que se estima hay en Nicaragua, de acuerdo con la Asociación Nacional de Sordos de Nicaragua (Ansnic).
“Cuando la necesidad llama, una madre hace lo que sea por sus hijos”, asegura doña Carmen, quien actualmente es catequista y domina el lenguaje de señas.
Pero lograrlo no fue fácil. “Al inicio solo había señas caseras, nos entendíamos (con Franchesca). Creí que mi hija estaría conmigo siempre, por su discapacidad… yo no conocía a más gente sorda y mucho menos sabía de la existencia de escuelas para sordos”, comenta doña Carmen.
Pero cuando Franchesca cumplió 5 años, doña Carmen la matriculó en una escuela especial. Nuevas señas llegaron a casa y doña Carmen se enfrentó a la necesidad de aprender el lenguaje de su hija.
De la escuela de Franchesca tenían que sacar a doña Carmen, pues no podía permanecer todo el día en clases con su hija. Dos años pasaron y doña Carmen empezaba a perder comunicación con Franchesca.
“Fui buscando apoyo con cada profesor que mi hija tenía y así aprendí de poquito en poquito, nunca recibí clases particulares, el lenguaje lo aprendí conviviendo con los sordos”, explica doña Carmen.
El año 2010 y 2011 fueron importantes para esta familia, pues Franchesca había sido seleccionada para representar a su escuela en competencias de natación, en las que tuvo que salir del país al lado de su madre como intérprete.
ENGAVETADO

“Al ser catequista también tenía la intención que mi hija diera sus sacramentos y así fue como empecé a enseñarle a mi hija el catecismo, pero tenía que buscar apoyo en la Iglesia, pero siempre se me iban por la tangente, no había la preparación”, recuerda doña Carmen.
El proyecto de la pastoral de sordos inició el 22 de enero de este año, pero la Arquidiócesis lo mantuvo engavetado por todo el 2011. Fue hasta enero de este año que un grupo de padres de familia entre ellos doña Carmen insistieron ante monseñor Leopoldo Brenes para que el proyecto fuera revisado y se diera la oportunidad de preparar a los catequistas. El sueño de muchos se está cumpliendo.
14 niños y adolescentes sordos han sido integrados en clases de catequesis, preparándose para el sacramento de la primera comunión y confirmación. “Un paso que a la Iglesia le hacía falta dar”, comenta el padre Genaro, quien recibió el proyecto y luego de estudiarlo decidió apoyarlo.
El documento de la Iglesia Arquidiocesana en Marcha apunta con iniciativa de monseñor Brenes, retomar las solicitudes de los laicos de emprender clases de lenguaje de señas a los catequistas de la Iglesia. La iniciativa ha arrancado con los talleres.
Son 60 horas de clases en el que los catequistas se preparan en lenguaje de señas.
“La misión es que una vez que estén capacitados vayan a reproducir el lenguaje de señas a sus parroquias, que preparen a las personas sordas para recibir los sacramentos y que se cuente con un intérprete en cada Iglesia”, comenta el padre Genaro.
Este es el primer proyecto de este tipo en la Iglesia católica de Nicaragua, un proyecto que inició con cuatro personas dispuestas y hoy se cuenta con doce.
De las 113 parroquias de la Diócesis de Managua, la de San Judas, El Pilar, la Sagrada Familia y Catedral de Managua ya cuentan con intérpretes durante la eucaristía de los domingos.
LENGUAJE NICA

Ivonne Morales Ruiz es responsable de capacitación y seguimiento en las filiales de Ansnic, ella también es sorda y vive en carne propia la situación de esta discapacidad.
“Nosotros apoyamos estos talleres, pues que las personas sordas reciban clases de religión en lenguaje de señas es asegurarles su derecho a la educación, a la información”, comenta Ivonne.
De acuerdo con su información, en el país tan solo hay 30 intérpretes calificados, “son pocos en relación a la necesidad que hay en el país de contar con intérpretes”, señala Ivonne.
Aunque el lenguaje de señas varía en el mundo entero, en Nicaragua existe el alfabeto particular para los sordos. Se trata de un lenguaje que nace de las propias necesidades de las personas sordas en todo el país, y es por ello que, de acuerdo con Ivonne, “hay señas por cada región, pero que responden a las mismas necesidades de todos los sordos… vamos creando nuestras propias señas en dependencia a nuestras vivencias”, explica.
El alfabeto de sordos nicaragüenses fue creado desde Ansnic en consenso con las 1,200 filiales del país.
PUERTAS ABIERTAS
Dulce Artola sintió muchas veces la desesperación para brindarle a su hijo Ariel, de 10 años, los espacios para socializar como cualquier otro niño.
Uno de esos espacios que buscaba como madre era la preparación en los sacramentos, y aunque en su Iglesia no le ponían “trabas” para que Ariel diera la comunión, Dulce se resistía en solamente meter a su hijo en la fila de primera comunión y que el pequeño Ariel no supiera qué estaba pasando.
“Yo no soy catequista pero pedí entrar al grupo para ayudar a mi hijo y gracias a Dios no me cerraron las puertas”, comenta Dulce.
Por las vueltas que da la vida, Dulce, aún sin ser catequista, está a cargo de la preparación de cuatro niños para la primera comunión. Ha perfeccionado su lenguaje de señas y dentro de poco también será catequista de su parroquia en la Colonia 14 de Septiembre, en Managua.
“La experiencia ha sido linda. Llevo a mi hijo a la Iglesia y sabe qué es lo que pasa en la eucaristía, y esto es un derecho de todos los niños y niñas sordas, saber qué está pasando y para ello se necesita que la mayor cantidad de personas sepan lenguaje de señas”, insiste Dulce.
Y es que saber lenguaje de señas, tal como asegura Dulce, “permite al niño socializar con todas las personas, con diferentes grupos, pero sobre todo sentirse parte de una comunidad”.
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