El dictador

Sacha Baron Cohen deja atrás la sátira pseudodocumental de “Borat” (2006) y “Bruno” (2009) para presentar un producto cómico de la vieja escuela: una comedia guionizada. Antes, desataba a sus caricaturescos personajes en el mundo real, capturando los resultados con una cámara indiscreta. Veíamos a personas reales reaccionando a provocaciones en las cuales se ponían en evidencia los peores prejuicios de la sociedad moderna. Los episodios eran hilvanados en una narrativa episódica con un discernible arco dramático. Eran como reality shows con conciencia crítica y negro sentido del humor. Ahora, él es el dictador Aladeen de la ficticia nación norafricana de Waadiya. Se mueve en un mundo totalmente construido, poblado de personajes arquetípicos y exagerados. El paso del pseudodocumental postmoderno a la sátira clásica es una prueba de fuego para el talentoso intérprete.

Por: Juan Carlos Ampié

Sacha Baron Cohen deja atrás la sátira pseudodocumental de “Borat” (2006) y “Bruno” (2009) para presentar un producto cómico de la vieja escuela: una comedia guionizada. Antes, desataba a sus caricaturescos personajes en el mundo real, capturando los resultados con una cámara indiscreta. Veíamos a personas reales reaccionando a provocaciones en las cuales se ponían en evidencia los peores prejuicios de la sociedad moderna. Los episodios eran hilvanados en una narrativa episódica con un discernible arco dramático. Eran como reality shows con conciencia crítica y negro sentido del humor. Ahora, él es el dictador Aladeen de la ficticia nación norafricana de Waadiya. Se mueve en un mundo totalmente construido, poblado de personajes arquetípicos y exagerados. El paso del pseudodocumental postmoderno a la sátira clásica es una prueba de fuego para el talentoso intérprete.

Aladeen es un payaso de exuberante estupidez, compuesto de las afectaciones comunes a todos los dictadores. Viste como Khadafi y se acuerpa por un grupo de amazonas vestidas de camuflado. Al igual que Ahmadineyad, tiene como causa vital el desarrollo de energía atómica “con fines ecológicos”. También se rodea de serviles que cuando no están explotando sus favores, tratan de serrucharle el piso. Su tío Tamir (Ben Kingsley) le ha tendido una trampa durante una visita a las Naciones Unidas: cambiará al sobrino por el doble que le sirve de señuelo para esquivar atentados, dejándole a él el poder. Pero algo sale mal. El mercenario que despacharía a Aladeen lo deja escapar, y este queda perdido en la ciudad de Nueva York. Su única amiga, producto de un equívoco, es Zoey (Anna Faris), una activista ecofeminista-liberal que lo confunde con un refugiado político; y Nadal (Aasif Mandvi), un científico nuclear que creía haber mandado a matar. Tendrá que manipular a ambos para recuperar su trono y volver a implantar su régimen de terror.

El dictador es el producto más convencional en la carrera de Barron Cohen, pero acarrea obstáculos que deben remontarse si quiere disfrutar de ella. Es necesario entender que la representación irónica de actitudes cuestionables no equivale a la aprobación de estas. También son problemáticos los chistes que dependen de referencias de cultura pop norteamericana. La actriz Megan Fox aparece brevemente, prostituyéndose con el dictador. El contexto del chiste implica la imagen que ella adquirió a través de las misóginas películas de Transformers , los conflictos detrás de cámara en esa franquicia y la costumbre de algunas estrellas de cobrar por apariciones en eventos conectados con acaudalados personajes de dudosa reputación —como el concierto de Beyoncé para un hijo de Khadaffi; o la aparición de Hilary Swank en el cumpleaños del dictator de Chechenia, Ramzan Kadyrov, a cambio de dos millones de dólares—. La realidad puede ser más absurda que la película.

Mas allá de sus elementos de shock más obvios —desnudez, situaciones sexuales, bromas políticamente incorrectas— la película ostenta un discurso casi cívico. No glorifica al dictador, más bien exhibe cuán absurda y ridícula puede ser su patología. Baron Cohen es uno de los mejores humoristas de nuestros tiempos. El dictador es quizás la más accesible —y menos interesante— de sus películas. Tiene la virtud de la brevedad. A menos de hora y media, la comedia corre como el viento, despachando suficientes chistes por minuto como para que los que no funcionan sean disculpados. ¡Es más corta que un discurso del comandante Ortega! Y más divertida… aunque eso no es difícil.

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