Adolfo Acevedo Vogl
José Antonio Ocampo, exsecretario ejecutivo de Cepal, ha publicado recientemente el resultado de su análisis sobre las tendencias a largo plazo y los grandes ciclos del precio relativo de las commodities —incluyendo las commodities de origen agrícola y metálicas como las que exporta Nicaragua—. El período de análisis cubre desde 1850 hasta la actualidad.
Desde nuestro punto de vista, el mayor interés de esta investigación está relacionado a los grandes ciclos de auge y caída de los precios de las commodities que exportamos. En cada uno de estos grandes ciclos, el precio relativo de estas commodities experimento un fuerte auge que posteriormente fue seguido por una fase de marcada declinación, al punto en que dicho precio relativo tendió a caer a un nivel inferior al punto más bajo del ciclo anterior.
El análisis muestra que se han producido tres grandes ciclos: el primero estuvo asociado con el proceso de industrialización y urbanización de los países hoy desarrollados a lo largo del siglo XIX que significo un fuerte incremento en la demanda internacional de materias primas y alimentos.
Este fue el momento en que la mayor parte de los países latinoamericanos, después de conquistar su independencia y alentados por las doctrinas liberales de la época, se insertaron en el mercado mundial como exportadores de alimentos y productos primarios. Esta fase de auge terminó con la gran crisis de los años treinta.
Luego, el “boom” económico de la posguerra trajo consigo otro período, que se extendió hasta mediados de los setenta. Finalmente, en lo que va de la presente década se está viviendo otra fase de auge, esta vez asociada al proceso de industrialización y urbanización de los grandes países emergentes como China y la India, el cual ha dado lugar a un fuerte incremento en la demanda mundial de petróleo, minerales y alimentos. Como resultado, el precio internacional de estos productos ha estado experimentado desde entonces una fase de fuertes incrementos.
No se sabe cuánto tiempo más durará este auge. La inmensa economía China ha completado en lo fundamental su proceso de industrialización y urbanización después de una larga fase de rápido crecimiento —que en la última década conllevo tasas de inversión cercanos al 50 por ciento del PIB—, y encara el tránsito hacia una economía cuyos ritmos de crecimiento serán mucho menores que los observados en las décadas previas. Aunque la duración de este tránsito todavía es incierta, la idea debería estar clara: el actual auge, como todos los anteriores, tendrá que terminar.
Para Nicaragua, el desafío es evitar caer en la ilusión de que esta fase de auge durará para siempre, y contentarse con decir que la economía va bien porque los precios de exportación están elevados.
Recuérdese que los ciclos de nuestra pequeña economía agroexportadora están asociados a los vaivenes de la demanda y los precios de los productos agropecuarios y agroindustriales de exportación más el oro, y que la etapa de euforia tras cada fase de auge es seguida por una depresión.
Lo que el país debe decidir es a aprovechar esta fase de auge, mientras dure, para modernizar, intensificar y diversificar al máximo posible el aparato productivo de la nación.
Se trata de transformar el actual modelo de crecimiento económico, sustentado en un crecimiento extensivo o vegetativo —y de baja intensidad— de la agricultura, la ganadería, el comercio y los servicios, que genera fundamentalmente empleos precarios y de bajísima productividad, donde predominan el empleo por cuenta propia y los trabajadores familiares sin remuneración. Se trata de modernizar y diversificar el aparato productivo, y de desarrollar crecientes encadenamientos intersectoriales (cadenas de valor), para que comience a generar cada vez más empleos de alta productividad y bien remunerados.
Esto permitirá aprovechar al máximo posible las tres décadas que restan del bono demográfico y estar mejor preparados para el arribo de la fase plena de envejecimiento poblacional.
Al arribar a esta fase, en 25 años más, el número de adultos mayores se habrá casi triplicado, y estará en ascenso, y el número de personas en la población económicamente activa por cada adulto mayor se estará reduciendo.
Dado que el número de personas incorporadas a la Población Económicamente Activa por cada adulto mayor habrá reducido de 6.4 a 3.4 entre 2010 y 2035, la productividad promedio por cada persona activa tendría casi que duplicarse a lo largo de este mismo período para contrarrestar este deterioro en la relación personas económicamente activas-adultos mayores./ Solo de esta manera se podrá asegurar que en todo momento existan bienes y servicios en cantidad suficiente para sostener al número creciente de adultos mayores, sin comprometer el propio sustento de los activos.
Si no se inicia desde ahora un esfuerzo nacional concertado de gran envergadura por cambiar el actual modelo de crecimiento económico, al arribar a dicha fase la mayor parte de la fuerza de trabajo va a continuar trabajando en empleos precarios, y va a tener que sostener, sin los medios adecuados, a una masa de adultos mayores en rápida expansión, cuya expectativa de vida será mayor que la actual. En ese momento, ya no habrá vuelta atrás.
(*)Economista