El Clavicordio

El clavicordio, al emitir sus sonidos producidos por las cuerdas percutidas, tiene la magia instantánea de guiarnos en cápsula retrospectiva al barroco, ornamentado por los símbolos de la época y la luz de la vela.

Joaquín Absalón Pastora

El clavicordio, al emitir sus sonidos producidos por las cuerdas percutidas, tiene la magia instantánea de guiarnos en cápsula retrospectiva al barroco, ornamentado por los símbolos de la época y la luz de la vela.

El virtuoso, en el momento de erigirse en el concertino concentrado en las laminillas agitadas por el teclado, lució el traje señorial de la soledad. Pero esta vez el clavecinista tuvo a una acompañante —excepción justificada de melancólica alianza— en la lectura de los versos de Rubén Darío, ubicados algunos en el nivel de la tristeza nocturna del bardo y de las barricadas misteriosas del poeta del clavecín, Francois Couperín (del piano lo fue después Chopin), en un programa estructurado con la voz de la joven Eneida Incer y la interpretación en el clavicordio tocado por Bernardo Gordillo, auspiciado por las embajadas de Estados Unidos y de España, presentado la noche del 3 de agosto en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica.

Nuestro Rubén se identificó con el barroco, pulido por el atavío en la solapa de su romance, y por ello fue un precioso “anillo al dedo” el concierto homenaje que nos hizo recordar la inspiración que le prodigaron las majestades de Rameau y Lulli en “los violines del Rey”, un reconocimiento lírico del género galante, evidenciado en el recorrido “de un silencio profundo”.

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