Adolfo Acevedo Vogl*
Ya en 2012 puede decirse que la población nicaragüense todavía es predominantemente joven. El 55.9 por ciento de la población tiene 24 años o menos. Los niños y adolescentes (menores de 19 años) representan un 45.6 por ciento de la población. Esto significa que el país tiene todavía la oportunidad de hacer un esfuerzo extraordinario para aprovechar el tiempo que resta del bono demográfico.
Sin embargo, el futuro del país se aprecia como una fase de transición hacia el envejecimiento de su población. Según las proyecciones, entre 2010 y 2035 Nicaragua pasará de la actual fase de “envejecimiento incipiente” a la fase de “envejecimiento avanzado”. Este transito durará relativamente poco tiempo (apenas 25 años) porque el proceso de envejecimiento en nuestros países está transcurriendo tres veces más rápido que en Europa, en donde este proceso duró casi un siglo.
Dado que la población está envejeciendo más rápido que en los países desarrollados, los países como el nuestro tendrán mucho menos tiempo para adaptarse a las consecuencias de este proceso, sobre todo si se tiene en cuenta que el mismo se producirá a niveles de desarrollo sustancialmente más bajos que cuando ocurrió en los países desarrollados. Esto trae aparejados considerables desafíos para el desarrollo del país.
El proceso de envejecimiento significa que las próximas décadas aumentará con rapidez el número de adultos mayores, mientras declinará el número de personas económicamente activas por adulto mayor. Para contrarrestar este acelerado deterioro de la relación entre trabajadores activos y adultos mayores, será preciso incrementar de manera fuerte y sistemática la tasa de crecimiento del producto por trabajador ocupado.
Este punto no puede ser subestimado. La única manera en que las personas económicamente activas puedan sostener esta creciente carga relativa de adultos mayores, es si la productividad de la fuerza de trabajo aumenta lo suficiente a lo largo del tiempo. Solo así se podrá asegurar que en todo momento existan bienes y servicios en cantidad suficiente para sostener al número creciente de adultos mayores sin comprometer el propio sustento de los activos.
Para ello será imprescindible tomar medidas para aumentar a un ritmo bastante acelerado el número de trabajadores ocupados en empleos de alta productividad. Sin embargo, a contrapelo de ello, la economía está generando fundamentalmente empleos de muy baja productividad.
Las cifras de las últimas décadas muestran cómo, mientras el número de personas ocupadas ha venido creciendo de manera sustancial, la productividad ha estado declinando. Esto podría sugerir que, al irse sobre-saturando el sector informal —el gran generador de empleos de nuestra economía—, con el ingreso de decenas y decenas de miles de personas cada año, se genera un efecto de “productividad marginal decreciente”.
Es sintomático que los sectores de mayor productividad (minería, transporte y comunicaciones, energía) solo generan una fracción muy reducida del empleo.
Son los sectores de productividad baja o decreciente en los que predomina el empleo informal (el sector agropecuario, el comercio y los servicios, e incluso una importante fracción de la industria manufacturera) los que, precisamente por su baja productividad, generan la mayor parte del empleo.
Esto indicaría que la fuerza de trabajo, al incorporarse de manera masiva al empleo informal en estos sectores, bajo la forma de trabajadores por cuenta propia y trabajadores familiares sin remuneración, “bota” aún más la productividad promedio en dichos sectores, y en la economía como un todo.
Nos enfrentamos a un verdadero círculo vicioso. Por un lado, el tipo de empleos predominantes en nuestra economía son empleos precarios e informales, de baja productividad, que no demandan sino mínimos niveles de calificación para ser desempeñados. Por otra parte, este tipo de empleos es el único capaz de absorber a la mayor parte de una fuerza de trabajo caracterizada por niveles bajísimos de calificación.
Aprovechar al máximo posible el bono demográfico y prepararse para el proceso de envejecimiento implica romper este nudo gordiano. Se trata de modernizar y diversificar el aparato productivo doméstico, multiplicando eslabonamientos intersectoriales, para que comience a generar, cada vez más, empleos de alta productividad y bien remunerados, que a su vez demandarán de mayores niveles de calificación para ser desempeñados.
Esto implicará intensificar el aparato productivo, especialmente —no exclusivamente— en los sectores que actualmente generan la mayor parte del empleo, en particular el sector agropecuario. De lo contrario, el aumento en la productividad de otros sectores como la minería, energía o telecomunicaciones, seguirá siendo contrarrestado por la caída de la productividad en estos grandes empleadores de nuestra economía.
Por aclaración, “intensificar el aparato productivo” significa incrementar la dotación de capital físico y humano por trabajador ocupado, a través de un considerable esfuerzo por incrementar no solo la inversión en capital físico, sino también por invertir lo necesario para lograr una mejora creciente y significativa en la dotación y calidad del capital humano de nuestra sociedad.
El corolario es que si no se efectúa desde ahora un esfuerzo nacional concertado de gran envergadura por cambiar el actual modelo de crecimiento económico, al arribar a la fase de envejecimiento la mayor parte de la fuerza de trabajo va a continuar trabajando en empleos de baja productividad, y va a tener que sostener, sin los medios adecuados, a una masa de adultos mayores en rápida expansión.
(*)Economista
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