Los abuelos

Johanna Camacho Chévez Mi persona preferida era mi abuela, ella pasaba el día en su mecedora, tejiendo rabiosamente con su larga aguja interminables sábanas y manteles, sin despegar la vista del taller del abuelo, que era zapatero. Nos sentaban a mí y a mis seis hermanos alrededor de su mecedora, desde donde orquestaba el rezo de un rosario sin fin, como su tejido. Al final, cuando ya no había más santo a quien pedirle en gracia, nos contaba siempre cómo el abuelo la conquistó y se la robó cuando eran jóvenes. Solo por eso soportábamos las largas horas del rezo. Nos reíamos de imaginar como ese viejito arrugado y encorvado del taller se convertía en un gallardo caballero de sombrero de alas, saco y flor en la solapa. Esperábamos ansiosos la parte cuando le tiran y le dan con una raja de leña, cosa que soportó orgulloso por su amor, nuestra abuela.Todos aplaudíamos en la parte del relato cuando decidió robar primero un caballo y después a la abuela. Lo veíamos sonreír calladito, sin soltar el puñado de clavos que siempre tenía prensados con los labios, la vista fija en el zapato que martillaba, sucio y sudado, pero se levantaba furioso cuando la abuela, empezaba a subir el tono del relato y decir que de haber sabido, ni el caballo ni ella se hubieran dejado robar, que el abuelo era un pelafustán, que no le puede quitar los ojos de encima porque todavía se cree un catrín, picaflor y entre nuestras risotadas de burla le escuchábamos levantarse, escupir los clavos y amenazar: —¡Pero te vuelvo a robar! Promesa que cumplió.A la semana de muerto él, murió mi abuela, y la gente del pueblo decía que él se la había llevado nuevamente.

Johanna Camacho Chévez

Mi persona preferida era mi abuela, ella pasaba el día en su mecedora, tejiendo rabiosamente con su larga aguja interminables sábanas y manteles, sin despegar la vista del taller del abuelo, que era zapatero.

Nos sentaban a mí y a mis seis hermanos alrededor de su mecedora, desde donde orquestaba el rezo de un rosario sin fin, como su tejido. Al final, cuando ya no había más santo a quien pedirle en gracia, nos contaba siempre cómo el abuelo la conquistó y se la robó cuando eran jóvenes. Solo por eso soportábamos las largas horas del rezo.

Nos reíamos de imaginar como ese viejito arrugado y encorvado del taller se convertía en un gallardo caballero de sombrero de alas, saco y flor en la solapa. Esperábamos ansiosos la parte cuando le tiran y le dan con una raja de leña, cosa que soportó orgulloso por su amor, nuestra abuela.

Todos aplaudíamos en la parte del relato cuando decidió robar primero un caballo y después a la abuela.

Lo veíamos sonreír calladito, sin soltar el puñado de clavos que siempre tenía prensados con los labios, la vista fija en el zapato que martillaba, sucio y sudado, pero se levantaba furioso cuando la abuela, empezaba a subir el tono del relato y decir que de haber sabido, ni el caballo ni ella se hubieran dejado robar, que el abuelo era un pelafustán, que no le puede quitar los ojos de encima porque todavía se cree un catrín, picaflor y entre nuestras risotadas de burla le escuchábamos levantarse, escupir los clavos y amenazar:

—¡Pero te vuelvo a robar! Promesa que cumplió.

A la semana de muerto él, murió mi abuela, y la gente del pueblo decía que él se la había llevado nuevamente.

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