Por Juan Carlos Ampié
La última entrega de la trilogía de Batman , dirigida por el británico Christopher Nolan, es el evento cinematográfico del año. No tanto por su pretendida calidad, sino por lo emblemático de la experiencia que implica su consumo. El éxito en el cine se define ahora por la eficiencia de la maquinaria de producción y consumo, el cultivo de la anticipación de los fans, la reverberación en el ciberespacio, el huracán de reacciones posterior al estreno, el seguimiento a los balances de taquilla y la promesa tácita de un retorno, una reinvención, o un relevo. Exige sumisión. Tienen que ver la película. Y les tiene que gustar. Suena como un mecanismo totalitario. El caballero de la noche asciende arrastra un bagaje trágico. Primero, la muerte del actor Heath Ledger, quien interpretara al Guasón en la segunda parte. Segundo, la masacre del cine de Colorado perpetrada el pasado 20 de julio, donde un pistolero perturbado asesinara a 12 personas e hiriera a casi 60 más. Estos hechos, sumados a la preocupación temática de la película con el ejercicio de la violencia, hacen que más que una película se convierta en un elemento de discusión.
Han pasado ocho años desde los acontecimientos de El caballero de la noche . Bruce Wayne (Christian Bale) se mantiene como un recluso. Ciudad Gótica vive en tensa calma. Los criminales se mantienen en la cárcel. La oligarquía se enriquece y el descontento popular reverbera bajo la superficie. La sofisticada ladrona Selina Kyle (Anne Hathaway) es símbolo negativo de esa masa. En el otro extremo, Blake (Joseph Gordon Levitt), joven policía idealista, añora el regreso de Batman . El precario orden de las cosas se altera con la aparición de un súper-terrorista. Su nombre es Bane (Tom Hardy), una masa de músculo que habla con voz distorsionada a través de un extraño bozal. Parece el primo bruto del Guasón, solo que en vez de predicar el evangelio del caos, habla de revolución y anarquía. Hora de prender la batiseñal.
Nolan sigue teniendo problemas a la hora de editar acción. La ilusión de movimiento suplanta al registro certero de movimiento en el tiempo y el espacio. No en balde se le identifica como uno de los practicantes del llamado “cinema del caos”, junto con Michael Bay. Pero ya quisiera el autor de Transformers tener su talento para guiar a sus actores a trascender los límites de la caricatura. Hathaway, Levitt y Michael Caine con excelentes. Cada vez que aparecen, la película cobra vida. Son mejores que los efectos especiales. Bale sigue siendo el centro oscuro y opaco de la historia, cada vez con menos tiempo en cámara.
Las terribles noticias y los reportes de taquilla crean la ilusión de que la trilogía de Batman es más sustancial de lo que realmente es. Estamos ante un producto taquillero que sigue una receta con férrea disciplina. Nolan trata de infundir consecuencia en lo que es, en esencia, una pieza de escapismo. Su trama está inflamada de acontecimientos, eventos y personajes. La duración del filme se extiende a casi tres horas. Las coincidencias y los baches en la trama aumentan, pero uno los termina agradeciendo porque anuncian la cercanía del desenlace. La película es agotadora, y cuando termina se siente como si se quedó corta. No me arrepiento de haberla visto, pero sí estoy aliviado de que haya terminado. Ojalá Nolan pueda dirigir sus talentos lejos de las demandas comerciales. Más “Memento”, menos súper-héroe, por favor.
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