Edgard Rodríguez
Aun cuando sus fuerzas físicas habían menguado desde hace un buen tiempo, su espíritu interior, pero sobre todo su pasión, que en su caso resultó una especie de emoción crónica, siempre se mantuvo al máximo.
Dueño de su verdad, aunque lo que tuviera en realidad fuera solo un punto de vista sobre un determinado hecho, Oscar Larios la defendía con todas sus fuerzas, con toda su mente y todo su corazón. Jamás se rendía.
Por eso imagino, que incluso la muerte, no la debe haber tenido fácil ante este tenaz luchador por la vida, que se rebeló a la mediocridad hasta dejar huellas en el beisbol nacional, como mánager y como dirigente de tiempo completo.
A veces resultó incómodo y quizá hasta grosero, pero aún sus fallas, como las tenemos todos, era imposible no admirar su pasión por el beisbol, su apego a las leyes y su fortaleza para decir la verdad sin rodeos. Con Larios no había medias tintas.
Larios perteneció a lo que ahora conocemos como la vieja guardia del beisbol, de la que ya hemos perdido también a Heberto Portobanco y Octavio Abea, entre otros, con la diferencia que Oscar fue un exitoso mentor y un profesional consumado.
Capaz de los debates más enconados, fabricante de las ideas más incendiarias y forjador de títulos con los Leones y el San Felipe, Larios fue un ejemplo por su terquedad, porque jamás se quejó de la vida y porque la vivió en toda su intensidad, a pesar de tropiezos sufridos.
Aunque a veces provocan huracanes, las personas con pasión, como lo era Larios, son necesarias, porque son las que le dan movimiento a la vida y la viven al máximo.
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