Era el evento cinematográfico popular del año: el estreno de medianoche para Batman: El Caballero de la Noche Asciende , conclusión de la trilogía dirigida por el británico Christopher Nolan. La madrugada del viernes, la película corría en un cine en Colorado, EE. UU., cuando un hombre irrumpió en una sala y lanzó una bomba de gas lacrimógeno. Algunos espectadores pensaron que era un truco teatral para animar la proyección. Los balazos que escucharon a continuación revelaron la verdad. Igual que años atrás en el cercano Columbine, una persona severamente perturbada decidió quitarle la vida a otros seres humanos.
A pesar del vídeo y el teatro casero, el cine sigue atrayendo a la gente. Podemos escuchar música en casa, pero también vamos a conciertos. El cine no es diferente. La experiencia comunal sigue siendo una necesidad instintiva del ser humano. Sujetos como Holmes planean sus crímenes para conseguir el máximo impacto simbólico, pensando fríamente en estrategia logística. El año pasado en Noruega, Anders Behring Breivik mató a jóvenes de un partido político que resentía, mientras participaban en un campamento en una isla. Holmes sabía que el estreno de la película atraería multitudes. Sabía que la seguridad en un cine es modesta, por no decir inexistente. Nadie espera a un psicópata armado hasta los dientes haciendo fila para comprar un boleto en la taquilla. Que fuera la película de Batman , con su leyenda de vigilantismo y violencia gráfica, era un hecho incidental. Holmes fue ahí simplemente porque era conveniente para sus objetivos criminales. Igual que los terroristas que se tomaron un teatro en Moscú en el 2002, con un saldo fatal de 119 muertos.
Echarle la culpa a los medios, o a los productos de entretenimiento, le resta responsabilidad al hechor. Crea una excusa. Busca fabricar una disculpa oportunista: “Yo no fui, el Guasón me obligó a hacerlo”. O quizás sea el impulso humano de tratar de encontrar una explicación racional para lo irracional. Las películas, la música rock y otras manifestaciones artísticas suelen ser señaladas en casos como este, por personas que quieren halar agua para su molino y validar sus prejuicios. El arte no mata gente. La gente mata gente.
Tragedias como estas sacan lo peor de nuestra naturaleza. Están los analistas de sillón que estudian el fenómeno con oportunismo político: “Oh, esto es síntoma de la decadencia del capitalismo”. Olvidan convenientemente que cosas similares pasan en Rusia, Canadá, Australia y Noruega. Tampoco dicen nada cuando los países “socialistas” facilitan el genocidio en Siria, “solidarizándose” con el dictador Al-Assad o bloqueando sanciones en el sistema de las Naciones Unidas. Y debo recordar que en Nicaragua el control de armas de fuego es menos astringente y eficiente que en los EE. UU. También están los comediantes de descuento, haciendo chascarrillos en las redes sociales. Que déficit de empatía.
Quizás estoy muy sensible porque para mí, el acto de ir al cine a ver una película es sagrado. Cualquier película, incluso las de superhéroes. Aunque la gente hable como si estuviera en la sala de su casa, lleve bebés de pecho, o se la pase lampareando a los vecinos con sus teléfonos de pantalla ultra-brillante; yo atesoro la experiencia comunal de ver una película en el cine. Ese espacio ha sido violentado de la peor manera posible. Gente como nosotros, que solo buscaba entretenerse con una película, fue brutalmente asesinada. Al cierre de esta edición, se reportaban 12 muertos y 60 heridos. Si, mas gente muere en otras partes en un solo día. Pero igual es una tragedia. Y lo siento mucho.
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