Amalia Morales
Sin saberlo, Mary Luz mancha la hoja blanca con las cuatro primeras letras de su nombre: Mary. La psicóloga la ha guiado, y ella ha empapado en pintura las letras de esponja amarilla y las ha sellado, como su marca, en el papel. Mary Luz, de unos 7 años, tiene en común con las otras niñas con las que comparte mesa, la falta de pelo en la cabeza y el cintillo que la adorna. Los varones, quienes también se han quedado sin pelo por la quimioterapia, se tapan con una gorra. Todos están aquí, en la sala de juegos del albergue de hemato-oncología del Hospital La Mascota, porque tienen cáncer y siguen algún tratamiento para curarse de ese mal.
Ana Patricia López, psicóloga, dice que pintar es una de las terapias que más les gusta a los niños que están aquí, les ayuda a aliviar el dolor. Hasta hace poco, también lo era la poesía.
Una vez por semana, a la sombra de la palizada de mangos del albergue que es el lugar donde corre más aire, se sentaban los niños a parir poemas bajo la guía del padre y poeta, Ernesto Cardenal.
“Curiosamente, la leucemia, a los niños, les produce un gran poder creativo y de expresión. Así que nos hemos puesto con estos niños a hacer poesía no digo escribir, porque algunos de ellos casi no pueden moverse. Los que pueden escribir, escriben, y los otros dictan. Y han empezado a producir poesía muy, muy buena, que cualquier poeta adulto podría envidiar. Ya hemos publicado dos libros y preparamos el tercero. Además, esto supone una buena terapia para esos niños y su enfermedad”, dijo Cardenal sobre los talleres en una publicación reciente en el diario El País de España.
AMOR A LA VIDA
“Me gusta bailar/ me gusta pintar y dibujar/ me gusta mirar las estrellas/ el sol, el cielo, la luna y todos sus colores./ Me gustan las nubes blancas/ me gusta reír/ me gusta no hablar mucho /me gustan los poemas/ me gusta patear a los chavalos/ y me gusta la vida”.
Ibis Palacios, la autora de este poema, murió de leucemia a los 8 años en el 2008.
Su poema es parte del libro “me gustan los poemas y me gusta la vida”, que reúne parte de la poesía hecha por los niños con cáncer.
En el prólogo del libro, Cardenal cuenta cómo arrancó la idea de los talleres. Dice que fue durante un viaja a Italia que un médico italiano, Giuseppe Masera, le propuso hacer estos talleres de poesía.
Cardenal recuerda que desde la primera sesión “hubo algunos poemas interesantes”.
Los temas de los poemas son variopintos. Algunas hablan de sus comunidades, de sus familiares, de animales, del cielo, de la convivencia en el hospital o de su enfermedad.
Algunos incluso parecen pequeñas crónicas sobre su historial clínico.
“Una pelota me salió por un golpe/ en la vena del cuello/ y el doctor del Bluff me operó sin saber” , empieza el poema de Medardo Mantía, originario del Bluff.
LOS COLORES DE LA ENFERMEDAD
Nayel López, de 11 años, quien está jugando a ser pintora en la misma mesa donde está Mary Luz, recuerda que fue poeta en alguno de esos talleres que ahora están interrumpidos.
Nayel es de Villa Sandino, Chontales, y viene al albergue desde el año pasado cuando le diagnosticaron leucemia.
La niña que iba a quinto grado dice que la doctora le explicó a su mamá que “le estaba comenzando la enfermedad” y que se iba a curar, así “que no se preocupara”.
Violeta Marín, responsable de atención psicosocial del departamento de hemato-oncología del Hospital La Mascota, dice que alrededor del 75 por ciento de los niños a los que se detecta el cáncer tempranamente se curan.
Han sanado 1,600, dice Marín, quien no tiene a mano la estadística de las defunciones, pero sí de los casos que se detectan cada año: 200.
Nayel usa un cintillo amarillo en la cabeza que hace juego con la camiseta que dice Brasil, y carga un tapabocas porque tiene tos que en el transcurso de esta semana desembocó en una neumonía.
Esta niña que habla con la serenidad de un adulto, dice que extraña mucho a su abuela y a su hermana de cinco años.
LA MALDITA QUIMIO
Nayel espera que en la próxima cita, los médicos le mandarán un tratamiento de “mantenimiento” y no tendrá que permanecer más tiempo en el albergue, menos en el Hospital.
“Ya no me van a poner la maldita quimio”, celebraba hace poco Yajaira, una niña de pelo negro incipiente como el de un bebé, quien no tiene más de 7 años y que es originaria del triángulo minero (Siuna, Rosita y Bonanza).
De esa zona, pero también de Malpaisillo, Matagalpa y Puerto Cabezas, llegan muchos niños al albergue, cuenta Martha Franco, una de las religiosas de la congregación Amistad Misionera Cristo Obrero (Amico), responsable de la casa.
Franco dice que la quimioterapia es tan fuerte que, además de calor y sed incesante en los niños, a algunas mamás que duermen con los niños en tratamiento les bota el pelo.
Por los poemas se sabe que la hospitalización es traumática para los niños.
“En el hospital La Mascota/ No me gusta estar/ es feo, feo./ No me gusta la comida./ No me dan ganas de comer./ Hay gente que les caigo mal/ me retuercen los ojos/ me hacen muecas por la espalda/ me aburro”, describió Deybis Aguinaga, en su estadía en el Hospital.
Cuando un niño muere por cáncer se procura que los demás niños no se enteren, explica la religiosa. Sin embargo, a veces por comentarios de los adultos se dan cuenta. El otro día hubo una que preguntó: “¿Quién será el próximo de nosotros?”.
Nayel se pone a pintar en el cuarto para no aburrirse. A veces reza. Pide por sus hermanos, por su abuela, y por ella. Del cuello le cuelga un rosario que le regaló sor Martha, con quien se ha encariñado.
La niña, a veces aconseja a su mamá, le dice que no siga llamando a su papá, que solo fue a verla una vez y le dejó 300 pesos. “Yo le dije que me regalara un celular para llamar a mi abuelita, pero ya no volvió a venir”, dice Nayel, quien se muere de ganas por comer pescado.
Los otros niños casi han terminado de escribir sus nombres en las hojas blancas que les pasó la psicóloga. “Muchos de estos niños no están escolarizados, y algunos tienen primero y segundo grado”, dice la experta que trabaja con ellos por las tardes.
Muchos no conocen las letras, ni los límites en los trazos.
Al final del ejercicio muchos revuelven las letras y los colores. El azul, con el verde y el amarillo. La psicóloga expone en una mesa el fruto del trabajo, unas hojas donde se ven números y letras.
Algunos quieren seguir pintando, y se quedan en el salón de juegos. La idea, dice la psicóloga, es mantenerlos ocupados pero también prepararlos para el dolor que no deja de tocar la puerta de la casa albergue.
Del hospital no me quiero acordar,es horrible.Me inyectan a cualquier hora, me sacan sangre, me ponen sangre,me ponen quimioterapia se me cae el pelo y quedo calvo, calvoy me veo orejón. Veo a un chavalo pelón y se ve ojón, se pone peluca porque le da pena, se pone una gorra. Bebo leche y es horrible,me desvelo a cada rato,me levantan a bañarme y a Samuel le está creciendo el pelo. La comida es horrible, es sin sabor, sabe a culantro y a pájaro muerto. Los doctores me atienden bien, a como vine estoy mejor.Julio César Delgado, Quezalguaque
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