Edgard Rodríguez
Lo he visto una y otra vez, como queriendo atrapar para siempre lo que en el campo fue un destello tan rápido como brillante: un descuido terrible del relevista Kenley Jansen, dando la espalda al enemigo, una arrancada eléctrica, aceleración al máximo y aterrizaje suave.
El árbitro Greg Gibson, desorientado como Jansen, canta out, pero el receptor A. J. Ellis corre en busca del errático tiro del aturdido relevista. Gibson recupera la perspectiva y rectifica, justo cuando Wil Venable anota la carrera del triunfo.
¡Qué espectacular! Y lo mejor Everth Cabrera, el pequeño gigante de Nandaime, en el centro de las acciones, porque el suyo no fue un robo sencillo. Fue al home. Y como dijo el maestro Tijerino, fue un robo del juego. Cabrera le sacó el partido a los Dodgers del bolsillo.
Ya sé que Ty Cobb lo hizo 59 veces, que Jackie Robinson se estafó el plato también en 19 oportunidades. Incluso, un gordo como Babe Ruth tuvo 10 robos al pentágono, pero, ¿ sabe qué es lo admirable en el caso de Cabrera? la circunstancia en la que lo hizo. Se la jugó toda.
Su equipo estaba atrás en el marcador (6-5), había dos outs en el noveno y Alexi Amarista, que no es ningún inútil, estaba al bate. Así que había que moverse seguro en las bases. Pero Cabrera mandó a la porra los estilos convencionales del juego y se vino al home en una jugada tan agresiva, como suicida.
No quiero pensar qué habría pasado si lo hacen out. En un club como San Diego, al que le cuesta mucho ganar, se juega a lo seguro, pero Cabrera corrió el riesgo, quizá porque tuvo el cálculo correcto entre la gloria y el peligro. Y a nosotros solo nos queda atesorar su esfuerzo.
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