La luna está loca, y brilla débilmente,
y hurga con los dedos, curiosa,
en la espesura y los sotos, y luego se detiene,
y mira a su alrededor
—la colina se impregna de la tristeza que la rodea—
y empolva las rocas oscuras y las jorobas
de grano alineadas en solemnes tresnales;
detrás de cada una de ellas, una sombra mira al cielo
y escucha el silencio reluciente de estrellas, vivaces
y tristes, que circundan a la luna escrutadora, y la observan, trastornada
y solemne;
y vientos monótonos meditan
allí donde había crecido el grano,
en campos sin flor que alzan sus pechos desnudos contra el año que muere.
Sin embargo, yo no me muevo,
porque estoy triste bajo este cielo otoñal,
porque me he quedado ciego y helado,
de pronto, al pie de esta colina escarchada,
y le grito a la luna, transido de un dolor ignorado
por todos, y la luna, de nuevo,
me mira con indiferencia, mientras, bajo su mirada,
el mundo fulge
y muere en silencio, y las hojas caen
y me cubren de tristeza y de deseo de estar
—el mundo espera, frío y marchito—,
como él, muerto con el año que muere.
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