En un mercado cualquiera, cierta mañana, en presencia de una multitud de personas, se escucha de repente un grito de una mujer; un joven sale huyendo con el bolso de ella. Pero ¿qué pasará con este individuo? Sencillamente será remitido a una cárcel. ¿Acaso para su rehabilitación? Lo pongo en duda; será para su mayor degradación, porque aquí —como en muchos países latinoamericanos— se carece de prisiones adecuadas que traten y se preocupen realmente por la rehabilitación de los delincuentes, ya que los gobiernos no le dan la importancia que merece el debido mantenimiento de tales instituciones.
Sin embargo, nuestra sociedad ya está harta de maleantes, violadores y asesinos que no existían antes, pero que se han desatado en los últimos tiempos y esta misma sociedad es la víctima directa de ellos. Pasan los años y los sistemas carcelarios siguen lo mismo y aún peor cada día, porque —como apuntamos arriba— los entes estatales se resisten a invertir adecuadamente en un sistema que a la larga traería muchos beneficios a ellos y al país entero.
Aunque Nicaragua ha sido considerada como el país menos inseguro de Centroamérica, es debido a que nuestra sociedad, gracias a Dios, es menos violenta que la de nuestros vecinos.
Resulta utópico pensar que los gobiernos fueran como un padre que al castigar a su hijo por una falta, no lo hace con el fin de maltratarlo o dañarlo, sino con el propósito de levantarlo y enmendarlo para su propio bien y el de los demás. Pero lo que sí es ideal y posible —ya que en otros países avanzados lo llevan a cabo— es crear no sistemas propiamente carcelarios, sino combinados con instituciones de rehabilitación para regenerar a estas personas enemigas de sus propios conciudadanos.
Que los presos salgan renovados y convertidos a Dios después de una auténtica rehabilitación integral, debería ser el propósito de todo gobernante que anhela sinceramente el bien de su pueblo. El primer paso sería separar a los reos de delitos menores, de los delincuentes empedernidos —que han persistido en sus delitos una y otra vez— y que llevan sobre su conciencia más de un crimen, a fin de que estos no corrompan a aquellos, ya que —como dice el refrán— “una manzana podrida pudre a las demás”.
Urge, por tanto, en Nicaragua crear instituciones más eficientes, ya que la ola de robos y crímenes se levanta cada día más, sofocando el bienestar y tranquilidad de que antes disfrutábamos. No se acabarán jamás los delincuentes si después de ingresar a la cárceles salen peor de lo que entraron y esta cadena se hará más larga cada día si no se detiene, proporcionando a los reos una seria concienciación acerca de su dignidad humana y de hijos de Dios, a fin de que abandonen de una vez para siempre el error y el pecado en el que hasta ahora han vivido.
Por otra parte, resulta apremiante crear también talleres de capacitación para los reclusos en vez de tenerlos hacinados todo el día escapándoseles inútilmente el tiempo en sus manos. Evitemos al respecto el terrible siniestro recientemente acaecido en una de las cárceles de Honduras y otros lugares de América Latina. Igualmente podrían hacer obras públicas como barrer nuestras calles que tan sucias se mantienen, porque hace varios años en muchos barrios de la capital suspendieron el servicio de los carretoneros públicos. También deberían limpiar y arreglar parques, lugares de recreo, etc., bajo una estricta vigilancia policial, de donde se derivaría la higiene, el ornato y el beneficio de la población.
Nicaragua sí tiene remedio porque contamos con personas de muy buena voluntad en nuestro país y porque los nicas tenemos excelentes bases de solidaridad, amistad y sensible corazón de que hemos sido muy bien dotados por el Creador y que aún permanecen en germen y latentes hasta quizá en el último de los reos nicaragüenses.
La autora es Secretaria Ejecutiva.
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