Amalia Morales
Por las casonas coloniales, con ventanales que se abren hasta los tobillos y puertas de dos cuerpos, podría decirse que Suchitoto, de El Salvador, se parece a Granada de Nicaragua. Hasta por el calor, que es igual de agobiante. Tal vez por eso casi no hay gente a mediodía en las calles. También tiene un lago rodeándolo por un costado, que es mucho más pequeño que el Cocibolca y en realidad es una represa hidroeléctrica que se instaló allí en los años setenta, pero que le da un toque particular a esta localidad de 25,000 habitantes (una cuarta parte de los que hay en Granada) que está a 50 kilómetros de la capital San Salvador.
Pero la historia reciente de Suchitoto, fundado en 1528, cuatro años después de Granada, es muy distinta. Esta ciudad de nombre náhuatl que significa lugar de pájaros y flores, llegó a ser un pueblo fantasma a mediados de los ochenta. La gente se fue. Huyó. Casi no quedó nadie que abriera esos ventanales que pestañean graciosos como ojos enormes en esas casonas antiguas.
La guerra civil de El Salvador que se extendió hasta comienzos de los noventa, dejó alrededor de 75,000 muertos en El Salvador. Solo en Suchitoto algunos estiman que fueron 15,000.
Una de las secuelas del conflicto fue el gran éxodo de salvadoreños a otras partes del mundo. Suecia, Australia, Estados Unidos, y las vecinas Honduras y Nicaragua, fueron destino de los salvadoreños que huían de la persecución militar. Muchos de los que emigraron a Estados Unidos (EE. UU.), son los que ahora sostienen la economía salvadoreña con las remesas.
EL QUE NO SE FUE
En Suchitoto, como en el resto del país, hubo quienes se quedaron y resistieron el acoso militar. Santos Ávalos, de 60 años, fue uno de esos. Ávalos, come años como pocos pues aparenta unos 40, recuerda muchas anécdotas de esos años difíciles.
Una vez, por ejemplo, que tuvo que camuflar un avituallamiento para los guerrilleros en una carreta y evadir varios retenes militares. Recuerda las culateadas, las desapariciones, los tiroteos a cualquier hora del día y el silencio que había después. No una vez se sintió contra la espada y la pared.
Ávalos, quien es artesano, dice que algunos de sus familiares se fueron, pero otros volvieron tiempos después. Hubo quienes agarraron el monte con los guerrilleros.
“La gente fue golpeada por la guerra”, dice como una verdad de Perogrullo, Inocente Orellana, concejal de la Alcaldía de Suchitoto, y reitera que “este municipio quedó abandonado”.
Orellana recuerda que antes de la guerra, Suchitoto era un pueblo muy activo, con mucho comercio. Donde se vendía todo lo que se producía: caña, café, granos básicos. Es una zona productiva y ganadera, según explica Orellana, pero con la guerra no hubo quién vendiera, porque la gente de las comunidades aledañas fue la primera en largarse y la más perseguida, y porque no había quién comprara en la ciudad.
Más tarde fue el tiempo de volver. Tras la frágil paz de los acuerdos de paz, en 1992, comenzó el regreso. “La gente retornaba todavía en condiciones de guerra a los cantones (comarcas). La gente pues todavía era perseguida… como había un reconocimiento internacional había cierto temor del ejército en atropellar a la gente, pero siempre hubo restricciones”.
Una de las figuras más sobresalientes de Suchitoto es Alejandro Coto, un hombre que roza los noventa años y que anda en andarivel. Él tampoco se fue.
CUANDO LLEGÓ LA PAZ
Y cuando la paz regresó, Coto creó el festival de las artes y un teatro para él, que se conoce como teatro de las ruinas por su aspecto ruinoso.
Coto dice orgulloso que se han presentado allí “las más grandes cantantes de ópera de México”, pero también orquestas sinfónicas de varios países de la región. Coto dice que el festival es reconocido en todo el país, aunque reconoce que el pueblo ha descuidado su propia cantera de artistas.
En Suchitoto la gente parece más orientada a la artesanía. Destaca el taller montado por el colectivo local de mujeres, en el que venden ropa de añil.
Se puede decir que hay comercio a baja escala en esta ciudad, con algunas tiendas de suvenir, ropa usada, abarroterías.
Y el turismo es evidente por los hoteles y hostales que han florecido, también por los restaurantes desde los que se observa un brazo de la represa.
Orellana dice que existe cobertura de servicios básicos en más del noventa por ciento de las 28 comarcas. Cabe aclarar que desde 1994, Suchitoto es de los municipios salvadoreños gobernados por la izquierda. Mucho antes de que llegara al poder el actual presidente de izquierda, Mauricio Funes.
Por su apariencia colonial y por la tranquilidad que se respira en sus calles, Suchitoto se ha puesto de moda y muchos quieren comprar o alquilar allí. Su posición, a poco más de una hora de la capital, se considera estratégica, sin embargo, y en esto de nuevo se parece a Granada, las viviendas en Suchitoto valen un ojo de la cara.
Santos Ávalos está enseñando a interesados una casona vecina que ofrecen en 150,000 dólares. “Ha venido mucha gente a verla”, dice el artesano quien muestra y sugiere los cambios que se pueden hacer. “Tiene bastante patio”, explica, y con la certeza de que ya pasó lo peor, y que el otro mal que aqueja a su país, el de las maras (que ahora vive una etapa de tregua), no ha llegado hasta Suchitoto, sentencia: “Aquí es bien tranquilo”.
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Inocencia Orellana, concejal de la Alcaldía de Suchitoto
Alejandro Coto, fundador de la casa museo de Suchitoto y promotor cultural de festivales en este lugar.
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