Lucydalia Baca Castellón
Con tan solo 24 años, Johnathan Enrique Ordóñez Gaitán es quizás el defensor más joven del proceso de integración que los países de Centroamérica iniciaron hace más de 50 años, ya que teme que si el istmo no concreta el proceso quedará rezagado en la dinámica que ahora mueve al mundo a causa de la globalización.
Es graduado de Relaciones Internacionales y Diplomacia y ha realizado estudios de postgrado en Estados Unidos e Italia. Su interés por los procesos de integración lo han llevado a ganar dos concursos. En 2007, uno nacional promovido en ocasión del 50 aniversario de la firma de los Tratados de Roma, (constitutivos de la Unión Europea), con un ensayo sobre la influencia que el proceso de integración europeo podría tener en el proceso centroamericano. Y en 2010 uno regional, promovido por la Secretaría de Integración Económica Centroamericana (Sieca), como parte de la celebración del 50 aniversario del inicio del proceso de integración centroamericana. Para Ordóñez, este concurso marcó un hito en su carrera profesional, ya que le abrió las puertas de esa instancia regional en la que actualmente se desempeña.
En el marco de la firma del Acuerdo de Asociación (AdA) que Centroamérica y la Unión Europea (UE) firmaron la semana pasada, Ordóñez se desempeña como Analista Junior de Políticas Científicas y Regionales de la Sieca. Desde inicios de año Johnathan realiza una fotografía de la oferta académica universitaria que ofrece Centroamérica para mejorar los sistemas de calidad, en busca de soluciones que permitan superar los Obstáculos Técnicos al Comercio (OTC). Considera que este tema es fundamental, aunque muchos quieran ignorarlo, porque si los OTC no se superan, el AdA será un fracaso, porque al no cumplir las normas de calidad los productos centroamericanos no podrán acceder al mercado europeo.
A Johnathan también le preocupa la indolencia en que se desarrolla la sociedad nicaragüense, porque está seguro que el mundo no se detendrá a esperar que sus ciudadanos cambien de actitud para entrar en la dinámica actual del mundo.
Asegura que algunas casas de estudio de forma irresponsable venden ofertas académicas que al final decepcionan al estudiante. Para Ordóñez el primer mito a derrumbar “es que si estudias diplomacia o relaciones internacionales vas a ser embajador o vas a pertenecer al cuerpo diplomático”, porque muchos estudian con esa ilusión y al final se dan cuenta que en la mayoría de los casos esos cargos “se otorgan por confianza y no por mérito”.
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Si el contexto lo demanda, ¿a qué atribuís que a los jóvenes, e incluso a muchos mayores, no les parezca relevante la integración?
Eso responde a un problema cultural y me duele decirlo. Voy a parafrasear a un politólogo nicaragüense, Andrés Pérez Baltodano, profesor de la universidad de Ontario, Canadá, que tiene una tesis que llama la cultura del fracaso que comparto. Estamos habituados a vivir en una sociedad que reproduce fracasos, que le tiene miedo, ¿y qué quiero decir con esto?, no tenemos intereses en muchas cosas porque simplemente no, ya sea que no llenan nuestras expectativas a nivel personal, o simplemente es esa mentalidad del yoquepierdismo. Las famosas frases trilladísimas que dicen que “los políticos no me dan de comer”, o “estas cosas no va a sacar a mi familia adelante”. Pero si no cambiamos esa mentalidad y delegamos las obligaciones ciudadanas al resto de las personas, Nicaragua pasará cien años y seguirá en lo mismo… Creo que es una responsabilidad compartida, porque si seguimos, por ejemplo, desprestigiando estos temas, diciendo que solo le competen a los tomadores de decisiones, que no es responsabilidad nuestra; si seguimos delegando, sin importar cuál sea la excusa que podamos tener, el statu quo se va a mantener. Me convencí de esto cuando fui a otros países y constaté que el mundo no se va a detener porque cuatro millones de nicaragüenses piensen de esta manera, a ellos no les importa en lo más mínimo.
¿De dónde tiene que surgir el cambio?
Esa es una pregunta que constantemente me hago. Creo que no hay respuestas mágicas, o que me levante una mañana y diga voy a ser diferente. Creo que es un proceso que va a llevarte, tarde o temprano, a cuestionarte tus principios, tu educación, tus propias cosas. Pero creo que en la medida en que reflexiones más, tampoco estoy diciendo que te perdás en la montaña por una semana, pero sí que al menos unos minutos al día digas dónde estoy y hacia dónde vamos, dos preguntas claves, creo que eso es más que suficiente. Necesitamos un poco más de reflexión interna, para decir cuál es mi aporte como joven, como persona, como diplomático, como arquitecto, como ingeniero, como albañil, como lo que sea, porque al final es el debate como sociedad. Porque creo que si nos empezamos a ver más como sociedad, a tener más conciencia y cohesión como sociedad misma, entonces el cambio va a empezar a surgir. Creo que ese momento, ese despertar de la conciencia, esa curiosidad de saber, conocer, transmitir, inventar, crear. Si no tenemos esa chispa inicial no lo vamos a lograr, pero la pregunta es la misma, ¿de dónde va a surgir? Creo que eventualmente, hasta que nos demos cuenta de que la realidad en que vivimos no funciona, porque esto es como el alcoholismo, hasta que no reconozcamos que tenemos un problema vamos a seguir así.
¿Qué rol tendría que jugar la empresa privada para generar este cambio y evitar quedarse en el rezago?
Aquí pasan dos cosas interesantes y creo que responden a la filosofía misma de las empresas. En los países anglosajones son las empresas las que crean empleos, promueven la innovación y están a la vanguardia de todo y el Estado es el encargado de reparar las fallas que la empresa comete, entonces tenés una filosofía empresarial del hacer y del crear. La responsabilidad del bienestar recae en las empresas y los políticos, el Estado como institución es el complemento. En el resto del mundo, sobre todo en Latinoamérica, es lo contrario. Es el Estado el encargado del bienestar y son las empresas, las microempresas en este caso, las que podrían llenar esos agujeros que el Estado no puede llenar con sus políticas de bienestar y asistencia social.
Es una visión distinta, hay un quiebre… El tema transversal es la responsabilidad social empresarial, hasta qué punto el sector privado va a responder a temas de generación de empleo y económicos. Pero siempre habrá temas en los que no se va a meter, que siempre va a dejar a un lado, depende de la dinámica de cada país, porque cada uno responde distinto, pero todo empresario siempre tendrá ciertos temas que nunca abordará.
¿Qué provoca eso?
Que podás tener gobiernos autoritarios de extrema derecha y gobiernos autoritarios de extrema izquierda con empresarios exitosos en ambos lados, porque hay ciertos temas que ellos dicen son irrelevantes para mí. Ellos dicen “vos creame mercado y garantizame cierta estabilidad económica y el resto no importa”. Pero desde la óptica moralista se abre la pregunta, ¿es bueno o malo que actúen así? No voy a aventurarme a responder pero creo que no siempre tiene que ser así.
Como humanidad misma, como especie humana si queremos vivir en desarrollo sostenible, vivir con un empresariado responsable que respete el ambiente, los derechos humanos, con un gobierno que respete los derechos, la libertad de expresión, las opiniones divergentes, si queremos llegar a ese tipo de sociedad utópica, creo que muchas cosas tienen que cambiar desde todo punto de vista. Las empresas tienen que cambiar su visión de hacer negocios, el Estado y las instituciones políticas su visión de organización social para que pueda coexistir la divergencia y la sociedad misma tiene que cambiar su perspectiva para hacerla más identitaria de cohesión. Cuando se tenga esa noción de pertenencia es que los cambios sucederán, la historia lo ha comprobado.
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