Joaquin Absalón Pastora
Bernardo Gordillo —especialista en la ejecución del clavecín, digno ante su teclado— es además de eso, un investigador. Descubre y reconstruye. Persevera en su ideal el afán de darle sonido a las cenizas en el rescate de las obras escritas, inéditas, sin trascender, solo en la concepción inaugural del creador, pernoctando para el mutis del archivo.
Cabecilla de nuestros compositores académicos—egresado del Conservatorio de Milán—es Luis Abraham Delgadillo. Hemos palpado, visto sus manuscritos en una conferencia dictada por Gordillo, consolidada en la forma del sonido por las gamas imponentes de Elisa Picado, con el teclado barroco de copartícipe.
Lamentablemente la mayoría de los manuscritos no quedaron uncidos al testimonio sonoro como ha ocurrido con otros compositores de su estirpe. Extrajo de la urna del silencio, una tanda deslumbrante de obras de Delgadillo.
Dentro de 140 mil páginas de música, calculados 450 títulos de los cuales hay 214 composiciones en el fondo histórico documental de la música nicaragüense custodiadas por el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica.
Música que pasó por el proceso de la euforia naciente, estrenada la Sinfonía Incaica en Buenos Aires y tocada por la Orquesta Sinfónica de Filadelfia en 1926.
Su Romance Oriental , tuvo primera vez afortunada con la Orquesta Filarmónica de Nueva York. La Obertura Indiana , preludio en el Teatro Nacional de Cuba. El Romance Indiano en el Italian Hall de Nueva Orleáns. Más visible en el extranjero que en su patria, donde no existe el gozo de escucharlo.
Por su música indígena y colonial, por haber sido el arreglista de nuestro himno nacional, ignorar a Delgadillo es desconocer nuestra identidad.
Su música permanece inédita con una discografía minúscula. Alfredo Barrera es también vitalidad en la revelación del compositor. Merece el reconocimiento en otra breve entrega.
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