Cuando se describe un vino, al hablar de las sensaciones que deja en la nariz, muy raro será que no salga el concepto “frutal”; el vino, en efecto, procede de la uva, y puede encerrar en sí mismo muy variados aromas de otras frutas: manzanas ácidas, duraznos, frutas rojas, cítricos.
Era inevitable que, en cualquier tiempo, a alguien se le ocurriese forzar esas sensaciones frutales, potenciarlas; y el sistema más sencillo era, desde luego, añadir esas frutas al vino, haciéndolas macerar en él o añadiéndole su jugo, o un derivado.
La sangría es la versión española, pero los italianos, que han sido capaces de colocar su vermú por todo el planeta, también tienen su versión, el “bellini”.
Tomen unos melocotones blancos, quítenles el hueso, pero no la piel, y pásenlos por un pasapuré. Añadan jugo de limón. Por último añadan el “prosecco” (vino espumoso) y se reserva en el frigorífico.