Harry, ahora eres un hombre

Hay un nombre en los créditos de La Mujer de Negro que hace saltar el corazón de cualquier cinéfilo, y no se trata de Daniel Radcliffe. Me refiero a Hammer Films, abanderado del horror británico en los sesenta y los setenta, que produjeron versiones muy particulares de las historias de Drácula y demás monstruos sobrenaturales del imaginario popular.

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Por Juan Carlos Ampié

Hay un nombre en los créditos de La Mujer de Negro que hace saltar el corazón de cualquier cinéfilo, y no se trata de Daniel Radcliffe. Me refiero a Hammer Films, abanderado del horror británico en los sesenta y los setenta, que produjeron versiones muy particulares de las historias de Drácula y demás monstruos sobrenaturales del imaginario popular. Abundaban en sangre evidentemente falsa, doncellas tan ingenuas como bien dotadas, y el carisma de Christopher Lee y Peter Cushing. Sus películas se convirtieron en genuinos objetos de culto en cines de segunda categoría, autocinemas y funciones de medianoche en estaciones de televisión de todo el mundo. No eran alabadas por los críticos, pero tenían su encanto y un estilo discernible. Tras décadas de crisis económica y trabajos marginales, Hammer vuelve a la carga con esta producción de horror gótico.

La acción se desarrolla a principios del siglo XX. En su primer trabajo post-Harry Potter, Radcliff asume el desafío de interpretar a un adulto. Se trata del joven abogado Walter Kipps. Viudo y con un hijo, y paralizado por el dolor de la pérdida de su esposa cuatro años atrás. Enviado con un ultimátum a ejecutar la herencia de una vieja millonaria en las provincias, encuentra un pueblecito inhóspito y hostil. La taberna que lo hospedaría cancela su reservación sin mucha ceremonia. El abogado del pueblo parece tenerle el trabajo hecho para montarlo en el primer tren de regreso a Londres. Pero Walter tiene instrucciones expresas de revisar cada papel dentro de una mansión ruinosa que queda incomunicada cuando sube la marea. Es ahí donde ve, entre la maleza, a una misteriosa mujer vestida de negro. Debe tener algo que ver con las niñas que al principio de la película, atrapadas en un trance, se tiran por una ventana.

Decir más comprometería cualquier grado de disfrute que uno puede experimentar. La trama depende de revelaciones dispensadas con la misma disciplina que se oculta información crucial hasta el momento oportuno. El fuerte de estas películas está en la atmósfera, y en la anticipación de descubrir esa amenaza que muchas veces debería quedar fuera de cámara. El director James Watkins recurre demasiado al “susto” mecánico puntualizado por el golpe de música o efectos especiales. Es un poco repetitivo. Pero agradezco profundamente ver una película de horror que se aleja de la porno-carnicería que se vende equívocamente en el nombre del género.

¿Y qué hay de Potter? Digo, ¡Radcliffe! Pues bien, el joven actor es eficiente en su papel. Es un arquetipo poco retador: el inocente que casi por accidente se mete hasta el cuello en una situación incontrolable. Por lo menos prueba que puede llevar sobre los hombros una película sin el bagaje de un héroe reconocible, montado sobre una franquicia comercial. Será interesante verlo en un filme donde lo sobrenatural no sea un factor dramático. El indispensable Ciaran Hinds toma el papel que en otra década caería en manos de Cushing o Lee. No estaría de más en una clásica de Hammer. Hace falta el seco sentido del humor y el libido de las películas de la era dorada de Hammer. O en su ausencia, la profundidad psicológica de películas como Los Inocentes (Jack Clayton, 1961), un genuino clásico del género. Al menos, La Mujer de Negro se atreve a conservar cierta lógica despiadada. El desenlace es apropiadamente perverso, pero en lo que parece una concesión a la audiencia moderna, se trata de acomodarlo entre los parámetros de un final feliz. No importa. Uno sale del cine horrorizado, a como debe ser.

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