Pablo Centeno Gómez, quizá el biógrafo más acertado de Martínez Rivas sobre su vida y obra expresa: “Carlo Martínez Rivas es un ejemplar único, cuyo genio poético ha levantado la historia cultural de Nicaragua y de Hispanoamérica.
- “Nunca he conocido a nadie en ninguna parte que tuviera tanto genio para la poesía como Carlos en aquellos años. Pero además, era su memoria fabulosa, su conversación chispeante, su gracia”.
- Ernesto Cardenal, escritor
- “Un mundo puramente poético, de una poesía hermética e inabordable; tiene mucho de sus elementos vitales, de su vida, de su mundo, de sus experiencias y de su país, que es su mundo de él”.
- José Coronel Urtecho, escritor
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Su vida y su obra intelectual cautivan precisamente por lo que hay en él de instintos e irrepetible, en la perfección de su estilo; en su modo de ser como criatura huraña y cordial, como hombre que —henchido de pasión, de curiosidad por las cosas y el conocimiento, y de talento fecundo— urde, registra y rige en su propio drama, los cimientos de un nuevo Génesis, el croquis de la Tierra Prometida. Y todo esto, viviendo al margen del confort y, las más de las veces, en las peores condiciones del orden alienado del mundo, asumido por el poeta con exactísima conciencia de su propia conducta y, consecuentemente, como insumo a su creación estética”.
EN MI CASA
Carlos Martínez Rivas
con mis gatos y la muerte
Mis Felis catus, mis Felis domesticus,
objeto de mi inclinada solicitud, transitan
sin ver la nube negra que a toda hora se cierne
—agorera— sobre sus cabezas: mi muerte
Hablándome en su idioma, estiran o arquean
el lomo; pasan el largo cuerpo contra la arista
si tienen hambre; cuando se encuentran
juntan sus hocicos; con los ojos cerrados
rascan su cuello bajo la oreja con una garra
de invisible velocidad; bostezan, duermen …
No obstante, observándolos,
su inconsciencia me desgarra el alma
(como lo harían sus propias uñas de acero
o sus afilados dientes); pues, mientras
ellos pasan enseñoreándose de la casa, yo
ya los veo en inválida orfandad animal,
a merced de bestial bruteza humana: maullando
tras la solícita sombra ausente.
Altamir
a agosto
Invierno 1994.
Ver en la versión impresa las páginas: 7 B