La mediocridad está definida por la incapacidad de apreciar y aspirar a la excelencia, un defecto muy sobresaliente en la personalidad de Daniel Ortega. El mediocre además se aferra al pasado, generando en su entorno pomposas tareas, repetitivas e inútiles. Eso explica la reincidencia de Ortega en su antimperialismo tribal y la escasez de ideas nuevas en su gobierno.
Ortega se cree superior, posee una ambición sin límites y una indiferencia total a la vida, la propiedad y el bienestar ajeno. No padece remordimiento, ansiedad o culpa y es además megalómano y ególatra. Por eso es que Ortega siempre luce una pasmosa serenidad, se cree la personificación de todo un pueblo, un gran líder mundial y despilfarra el Presupuesto Nacional en una gigantesca parafernalia para rendirse culto.
También finge humildad y empatía, pero solo para conseguir poder, así se adueñó del FSLN. Ortega no es consciente de su limitación y cree que todos los demás están mal. Los psiquiatras recurren a este chiste para explicarlo: un conductor oye en la radio que un loco viene acelerado en dirección contraria y furibundo grita: ¡Un loco, ojalá fuera uno, todos vienen contra la vía!
El país recompensa con poder y dinero al responsable de su mayor catástrofe. Hemos llegado a un punto de descomposición, donde un gobierno abiertamente corrupto y parasitario, que opera absolutamente al margen de la ley, nos miente diciendo que hace el bien y nosotros en respuesta nos mentimos a nosotros mismos, transigiendo con sus actos arbitrarios en vez de combatirlos.
Quienes sobreviven con las migajas de la corrupción no imaginan los logros que pudieran obtener por mérito propio —si tuvieran una educación de calidad—. Igual los esclavos del dogma marxista, los pobres que llevan generaciones “construyendo” un socialismo, que solamente vuelve ricos a los jefes del partido. Es triste ver a esta gente viviendo como autómatas, en un ámbito donde su alegría y pesadumbre son “orientadas” por Rosario Murillo.
En la opulencia de la corrupción, los gerifaltes del FSLN olvidan cómo terminó Somoza. No importa cuánto roben, la corrupción no es sostenible, porque se basa en la depredación acelerada de los recursos naturales para enriquecer a unos cuantos. Si el patrimonio nacional se usara racionalmente para beneficio del pueblo, no solo resolvería sus necesidades básicas, sino además sus condiciones óptimas de vida.
Nicaragua era mejor sin Ortega y volverá a serlo, cuando su figura, que hoy se alza como una grosera prótesis, caiga estrepitosamente junto con su espantajo legal para ser una infame sombra del pasado, una mala referencia de lo enferma que estuvo la nación. La libertad es como la vida, siempre termina por abrirse paso no importa el precio y aquí el pueblo ya perdió la costumbre de soportar tiranos.
Antes de que nuestro pendón se tiña de sangre una vez más, los nicaragüenses independientes debemos impedir que la mentira oficial se tome la vida cotidiana. Encarar con valentía la infamia y las mentiras del régimen, el lamentable historial de opresión de Ortega y luchar cívicamente para deponer su tiranía.
Aceptar la “tergiversación engañosa” del orteguismo es continuar negando espantosamente la realidad. Seguimos como los músicos del Titanic , tocando (nuestro lamento) sin hacer nada por salvarnos, así pronto seremos como Haití.
El filósofo norteamericano Harry Frankfurt anotó esta advertencia para las naciones que desprecian la verdad: “Una sociedad que de forma imprudente y obstinada se muestra negligente ante la verdad, está abocada a la decadencia”.
El autor es psicólogo.
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