Francisco de Asís Fernández
Quiero morir en Granada
en la cama de bronce donde murieron mis padres y mis
abuelos,
oyendo que mis hijos y mis nietos me dicen el Soneto
para Morir
que escribió mi padre,
para que en mí se repita la ternura de su muerte
al despojarse de lo efímero en el tránsito a la vida
eterna.
Fue cuando que sentí que un millón de pájaros ciegos
espirituales desconcertados
mancharon el cielo,
y las focas y los peces hablaron cosas sobre las cosas,
y las ballenas perdieron los barcos y las islas que
guardaban en su complicado laberinto interior,
y que el aire puso bultos en mis párpados desquiciados,
y que una pasión obesa apareció en la luna bicéfala de
los espejos,
fue cuando vi la carne viva de mi cuerpo agonizando
llevándose a mi padre bajo un pálido de rosas
a donde crecen las rocas ácidas, las lágrimas y los p
oemas de su vida.
Mi padre dejó su casa con un doradillo intenso sin
envejecer
para que su recuerdo no decaiga nunca
como mis días inútiles que siempre necesitan la noche.
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