La vida al final de la vida

por Webmaster La Prensa

Por Amalia del Cid

En un asilo de ancianos el tiempo se distorsiona; como si aquí las horas se construyeran con minutos de goma, que se estiran y se arrastran al compás de las oraciones de Radio María y solitarias conversaciones de sala y corredor.

Don César se apoya en su andarivel y desde la puerta ve cómo los segundos se cuelgan de las enredaderas del jardín delantero. Se saca un pote plástico de la bolsa del pantalón, da un sorbo al café recalentado al sol y vuelve a guardar su tesoro. Doña Gloria lo observa, cruza los brazos para abrigarse y se hunde en su silencio. Ella es la nueva habitante del Hogar de Ancianos Horizonte, ubicado en San Marcos, Carazo.

A inicios del 2006 se estimaba que en Nicaragua existían 16 hogares para ancianos, que daban refugio a unas 700 personas. No obstante, se carece de cifras exactas, debido a que una parte de los asilos está en manos de la Iglesia católica y la otra es privada y funciona gracias a la ayuda de donantes, señala el sociólogo Cirilo Otero.

El Hogar Horizonte pertenece al segundo grupo. Fue fundado el 1 de septiembre del 2004, como producto del hermanamiento entre Helmond, un municipio holandés, y San Marcos. Comenzó a funcionar con apenas seis residentes; pero, a la fecha, al menos 50 ancianos han pasado por estos dos pabellones.

Doña Gloria llegó hace dos semanas, para convertirse en la residente número 18 de este asilo de diez habitaciones, donde sobreviven y vegetan doce mujeres y seis hombres.

Ella nació en el primer día de 1924. De joven fue auxiliar de enfermería, viajó por el extranjero y tuvo seis hijos, que ahora trabajan y no tienen tiempo para hacerse cargo de ella. “Estoy aquí para no quedarme sola”, comenta. Después sus ojos tristes se sumergen en el cielo encapotado de San Marcos. “Viene lluvia”, murmura.

Memoria y olvido

Aquí todos tienen una historia; pero pocos la recuerdan. Doña Carmen cuenta que se llama “María” y que trabajó como empleada doméstica en Managua antes de que el terremoto de 1972 botara la capital. Sin embargo, lo único que se conoce de ella es que tuvo una hija que murió a los 2 años de edad y que hasta hace poco solía mendigar dinero y comida en las calles de Diriamba.

También está doña Ana Celia, que acostumbra platicar sola y a ratos pregunta por un “Rogercito”, espiando por las puertas y persianas de cada cuarto del asilo. Ella recibe visitas semanalmente; pero no todos corren con la misma suerte, cuenta Concepción Cerda, doña “Coni”, directora del hogar. En el caso de don Martín, un señor de lustrosa calva y mirada extinta, hace más de mes y medio que ninguno de sus parientes se asoma por el Horizonte.

En una de sus últimas apariciones le llevaron una colchoneta; sin embargo, todavía no se han dado cuenta de que el pasatiempo favorito de don Martín es amasar pedazos de esponja y a estas alturas el colchón pareciera haber sido atacado por una tropa de ratones.

Con todo, cada mes sus parientes pagan 40 dólares al asilo; aunque lo cierto es que inicialmente intentaron hacerlo pasar por indigente para ahorrarse ese gasto, recuerda doña Coni.

En el hogar, 10 de los 18 ancianos no dan ni un peso; 7 entregan aportes mensuales no mayores de 1,400 córdobas y una paga 125 dólares (entre todos hacen 7,765 córdobas). De modo que los que salieron de la calle sobreviven gracias a lo que dan los que tienen un poco de facilidades económicas, a la venta de frutas del asilo y a la cooperación de personas caritativas, como doña Fanny Mercado, que cuando puede les lleva atol con pan.

El Gobierno central ayuda con granos básicos. Sin embargo, el motor del hogar son las donaciones que personas particulares entregan en cuotas fijas. Sus aportes van desde 20 córdobas hasta 500 córdobas por mes. “Ninguna empresa apoya a este hogar” manifiesta doña Coni.

Y así, de araños a pellizcos se sostiene este asilo, donde la manutención de cada anciano cuesta 2,500 córdobas mensuales, lo que significa que entre todos gastan 45 mil córdobas al mes. Sin meter los salarios de las siete personas que mantienen funcionando el asilo.

Actividades

Este es el reino de la monotonía. Los ancianos se rigen por horarios de gallina. Están despiertos desde las 4:00 de la mañana y comienzan a buscar sus habitaciones cuando ven que el cielo está oscurito.

En el mural del asilo está la hoja de actividades. Una rutina que contempla desde las horas que son para platicar hasta los diez minutos que necesitan para lavarse las manos antes de cada comida.

Toman el desayuno a las 7:30 de la mañana, cuando ya todos están bañados. Se reúnen en el comedor y allá van las cinco trabajadoras del hogar, moviéndose como hormigas para servir platos y atender a quienes no pueden comer por sí solos.

Después de eso, se supone que vienen dos horas para recibir a los visitantes y someterse a las tijeras de la peluquera. Pero las cosas no siempre son así; porque no todos los días hay cortes de pelo y mucho menos visitas.

Tampoco hay pláticas amenas. El Alzheimer ha hecho estragos y aunque estén en la misma sala no tienen tema de conversación. Por ejemplo, doña Margarita, de 97 años, se pasa las horas platicando con un interlocutor invisible. Y doña Juana, de 83, simplemente ya dejó de hablar.

A ella le pegaba un nieto; por eso sus hijos la internaron en el asilo.

Maltrato

Doña Juana fue una campesina de brazos fuertes que sembraba café y abonaba la tierra hasta hacerla parir. Trabajó también como empleada doméstica para criar a sus retoños y verlos convertidos en árboles. Todo eso hizo. Sin embargo, ahora solo uno de sus hijos se acuerda de ella. “De los cinco solo yo vengo a verla”, dice Orlando Romero.

Al menos hoy la anciana está a salvo del adolescente que la golpeaba. Y doña María Celina, de 85 años, originaria de Las Esquinas, ya no tiene que estar amarrada a una silla, que eso era lo que le hacían sus parientes hasta que el organismo Visión Mundial la rescató, apunta doña Coni.

Eso no significa que los asilos sean paraísos; de hecho, están lejos de serlo. “Pienso que son cárceles donde se llega a meter a los adultos mayores y los tratan inhumanamente”, opina Donald Castillo, presidente de la Asociación de Jubilados y Pensionados de Nicaragua (Ajupin).

Y Cirilo Otero los califica como “lugares de deshecho”, donde van a parar ancianos indigentes y ancianos acomodados. “Están concebidos para que las personas que han envejecido no molesten en la casa”, subraya.

El problema de fondo —dice Otero— es que en Nicaragua no tenemos seguridad social. Y no hay garantías de que al llegar a una edad en la que ya no se puede trabajar se tendrá un lugar para descansar dignamente.

A juicio del sociólogo, en nuestro país solo hay dos opciones: empezar a ahorrar desde la juventud a fin de garantizarse una buena vejez o hacer algo para tener una seguridad social eficiente donde el Estado garantice el derecho al bienestar en la tercera edad. No obstante, por el momento estamos lejos de este panorama, puesto que de los 600 mil adultos mayores (que tienen más 60 años de edad o más), el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social solo registra 56 mil pensionados por vejez.

En el Hogar Horizonte solo dos ancianas son pensionadas… y es por viudez.

Las visitas

A las 12:00 se sirve el almuerzo. En el asilo procuran cumplir con los horarios, excepto, claro, cuando reciben visitas de grupos de voluntarios y religiosos.

Cada dos meses llega un contingente de la iglesia Hossana. Aparece con parlantes, chimbombas, comida, pastel y regalitos. Y en fechas especiales, como el Día de las Madres, el hogar se llena de muchachos que se toman unas horas para platicar con los residentes. Esas visitas, comenta doña Coni, son una bocanada de aire fresco para los ancianos, un contacto indirecto con ese mundo que se agita al otro lado de los portones del asilo.

Fuera de eso, todo es rutina, salvo las raras ocasiones en que los ancianos son llevados al templo y esos días felices en que la celebración de las fiestas patronales les regala la oportunidad de ver pasar toros por la calle.

En sus ratos libres, es decir, casi toda la mañana y toda la tarde algunas señoras se dedican a acicalarse frente al espejo rectangular de la sala para las mujeres. Ahí tienen recortes de revistas de moda, donde aparecen labios voluptuosos y ojos de ensueño.

La más elegante de las habitantes del hogar es doña Gloria, dice Dolores Sánchez, asistente de doña Coni. Pero la más coqueta es doña Ana Celia, toda una Cucarachita Mandinga en el arte del maquillaje.

Dolores les pinta las uñas. A todas con el mismo color. Es un pequeño lujo en este lugar donde hay escasez hasta de papel higiénico. Eso sí, el Horizonte cuenta con mejores condiciones que otros asilos de ancianos, como el de Jinotepe y el de Matagalpa, asegura doña Coni. Al menos aquí no hay hacinamiento.

Sin embargo, permanentemente se necesita cloro, desinfectante y detergente para lavar esos pisos que siempre huelen a orines. También hacen falta sábanas y pañales para adultos. Así que don César ha tenido que ingeniárselas enrollando y amarrando un montón de trapos hasta formar una especie de grueso cordón absorbente. Se lo coloca entre las piernas y luego se envuelve en plástico. Todo para no mojar la cama.

“El infierno no está allá abajo, el infierno es aquí”, masculla quien un día laboró como cocinero en Managua. A él lo llevaron al asilo porque dormía en el parque de Diriamba y le quedó la costumbre de pedir “pesos” a todo nuevo conocido.

Las muertes

Cada ocho días llega Martha Carvallo, doctora enviada por el Centro de Salud del municipio, para hacer chequeos generales a los residentes del hogar.

Mensualmente en el asilo se gastan unos 2 mil córdobas en medicina, afirma doña Coni. Las enfermedades que comúnmente sufren los ancianos son artritis, diabetes y complicaciones respiratorias.

Doña Manuelita murió por problemas de circulación sanguínea. Era la más alegre del asilo. Bailadora y hablantina como ninguna. Su muerte es la más reciente y sumió en una crisis de nervios a doña Juanita, que se precia de ser la protectora de todos sus compañeros residentes. “Es que la partida de uno de ellos duele como la de un familiar”, expresa doña Coni.

A la fecha, 15 personas han fallecido en el Hogar Horizonte y solo cinco han sido sepultadas por sus parientes. A las demás nadie ha llegado a buscarlas. Es el caso de don Goyo, que toda la vida se partió el lomo en el campo y cuando vio que se aproximaba el ocaso de sus días llegó a pedir alojamiento al asilo.

Debido a esta realidad el asilo consiguió tierras en el cementerio. Y cada vez que es necesario, doña Coni debe solicitar ataúdes a la Alcaldía de San Marcos.

El drama que día a día se vive en los asilos de ancianos se resume en una palabra: abandono, apunta Cirilo Otero. Es el abandono de la familia, de la sociedad y del Estado.

Y mientras los líderes de las organizaciones de adultos mayores protestan para que a los ancianos no se les llame ancianos y tampoco se utilice el término “tercera edad”, que ellos consideran despectivo, en los refugios continúa la tragedia.

No habrá quién vea por el cuerpo de doña Carmen cuando ella se vaya de este mundo.

EL PAÍS ENVEJECE

En los próximos años en América Latina y el Caribe crecerá sostenidamente, y más rápido que la población joven, el número de personas mayores de 60 años o más. Para el 2025, 57 millones de adultos mayores se habrán sumado a los 41 millones que existían en el 2003 y entre el 2025 y el 2050 el incremento será de 86 millones de personas, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

En Nicaragua, en menos de tres décadas la población de 60 años o más será predominante, ha señalado Adolfo Acevedo, economista.

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