Arnulfo Agüero
El presbítero anglicano y abogado Luis Vega Miranda (1943), presentará A donde fueres y discretas indiscreciones , el próximo jueves 17 de mayo, a las 4:00 p.m., en la Biblioteca Alemana Nicaragüense (de la Estación de Policía de Linda Vista, una y media abajo). Una muestra de poemas y prosa coloquial alimentadas por la historia de mujeres como Cleopatra, Juana la Loca, Lucrecia Borgia, María Estuardo y la Malinche, esta última símbolo del mestizaje.

Vega Miranda fundó en 1967 la revista Hombre y Jaguar , junto a los poetas Ciro Molina y Félix Navarrete (padre). Él ha publicado: Paralelo 12 ; Bonanza (1966). Las fuerzas desarmadas (1978). Poesía reunida (1983). Lucky Seven (7 poemas, 1996). Impronta (breve teatro callejero y recuerdo de mis amigos, 1996). Poemas de madera a mi padre (2009). La mujer de Judas (cuento, 1996). ¡Se murió Cipriano! (cuentos cortos, 2010). Tres poemas (in) humanos (2011).
LA MALINCHE
Luis Vega Miranda
Malinche no era su nombre, sino el de su dueño Hernán Cortés, quien la violó en un lago cuando la vio bañarse desnuda. La hizo su mujer, su traductora y consejera de la cultura dominante. Malinche, dueño de Marina, su nombre cristiano, o Malinalli, nombre puesto por su abuela cholteca cuando enterró la placenta en el lodo una noche de lluvia, tempestad y relámpagos; de sueños forzados donde caían del cielo piedras de agua y trozos de fuego.
La noche que Moctezuma soñó que Quetzalcóatl llegaba por su vida. Una pesadilla sangrienta: hombres extraños vestidos de hierro, montados en animales que comían a su gente, los herían con flechas humeantes invisibles y mutilaban sus cuerpos con enormes bolas de trueno y metal ardientes.
Años más tarde la joven Malinalli interpretaba el canto de los pájaros, el lenguaje de los ríos y del aire que le murmuraban sonidos que entendía. Música mágica que la integraba al cielo, a las estrellas, a la luna, al todo, según le había profetizado su abuela hechicera de Anáhuac: cuando viniera su primera menstruación manaría sangre de su sexo, de sus ojos, de su nariz, de sus oídos, la convertiría en chorro de sangre de su pueblo y lengua de su raza, que también brotaría sangre.
La conocerían como La Lengua.
Estaría lista para mezclar la suya con el extranjero que traía a un hombre muerto clavado a una cruz y una diosa virgen que tendrían que adorar en Tepeyac. La Malinche o Marina presenció la destrucción de Tenochtitlan, la ciudad que maravilló a los españoles, más grande que cualquiera de Europa. Traducía a Moctezuma al náhuatl la palabra del español Cortés, cuando fue capturado. Poco después comenzó el fuego y la matanza que le dejó el espíritu postrado. Entonces, sintiéndose culpable se dejó llevar por los sonidos de la naturaleza y desapareció en la lluvia, en las piedras de los ríos, en el ulular del viento, en el vaivén de las ramas de los árboles, en la sonatina de los pájaros y en el lodo de su placenta.
O sea en Tonatzin, madre tierra, madre fecunda y madre de los muertos.
Así murió la primera mujer Mexica que le dio hijo al español. La nueva raza mestiza, hija de dos mundos y dos sangres. Una, violenta, sedienta de oro, poder y lujuria. Y la otra, soñadora, creyente y supersticiosa; temerosa de la furia de sus dioses locales y de los dioses extranjeros.
JUANA LA LOCA
Luis Vega Miranda
Dicen que se volvió loca cuando gustó el amor primero.
Y otros que la reina Juana se hacía la loca.
Felipe la amó igual. Rompiendo moldes de la época la hizo suya antes del matrimonio.
La mayor injusticia –dice su biógrafo Aizola— fue llamar a su marido Felipe, El Hermoso, cuando la verdaderamente hermosa fue ella. Inteligente, culta, nacida para reina: hablaba latín con Pedro Mártir de Anglería, francés con sus hijos alemanes, alemán con sus flamencos y castellano con los Reyes Católicos, sus padres. Mantuvo correspondencia con su amigo Erasmo de Rotterdam.
Pero juzgue usted si fue de amor que se tornó loca. Cuando cargó con el cuerpo embalsamado de su esposo toda la vida, obligada por una promesa de enterrarlo en Granada, donde ambos yacen.
La trasladaban, dándola por incapaz, de Arcos a Burgos, de castillo en castillo, de día o de noche; a donde la llevaran, el cortejo lo precedía el egregio difunto. Antorchas acompañaban los cantos fúnebres de monjes detrás del ataúd que cargaba la guardia flamenca. Ella, toda de luto en la iglesia Santa Clara, donde guardó su cuerpo, en Tordesillas, acariciaba sus manos inermes y conversaba con él. “Sola ya sin mi rey y señor”; y lo vestía con todas sus prendas regias como el muerto noble que era. Infanta, princesa y nuera del emperador Maximiliano. Reina de España hasta su muerte, lucía el busto exuberante que su Príncipe en vida exhibía para envidia de los nobles; fantasía de locales y extranjeros. Hasta Enrique VII de Inglaterra la llegó a ver, de incógnito para contemplar su belleza y la pidió a su padre cuando enviudó.
Dónde quedó aquel afortunado beso y tu corcel.
¡Reina de dos mundos!
¡América y España! ¡O el de la razón y la locura!
Dónde la desnudez de tu pálida carne y secretos de alcoba.
Dónde la feroz pasión que te abrasaba, que mordía el cuello
de tu esposo, el Hermoso Felipe, que por el Cólera te dejó sola.
¡Sola! Recobrada tu majestad y tu hermosura, la floración
de tus fuertes caderas y tu andar de potra aragonesa.
¡Fantasía real!
Dónde mora ese amor ahora, Juana, Juana de Flandes,
Juana de Castilla ¡Juana la Loca por ese amor inacabado!
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