Por Róger Almanza G.
Con paso tranquilo, los 61 hombres salen de los dormitorios. No hay una campanada que indique la hora mucho menos alguien que les avise o apure por algún retraso. El corredor de ladrillos rojos los lleva a un pequeño espacio donde se respira tranquilidad. Son las seis y media de la mañana y en el Seminario Mayor La Purísima, la primera actividad de los futuros sacerdotes inicia en la capilla con el laudes.
Es una de las dos horas mayores junto con las vísperas para la Iglesia católica en el rito denominado Liturgia de las Horas. El significado en latín, laudare, quiere decir alabar, cuyo propósito es dar gracias a Dios al comienzo del día.
Los muchachos como les llaman los sacerdotes que rigen esta institución, tienen un horario apretado, difícilmente se encuentran horas o minutos para desperdiciar viendo televisión o escuchar música o bien salir a dar una vuelta. Y es que aquí adentro solo hay una televisión en una sala compartida que se enciende el fin de semana por un par de horas para ver películas en DVD. No hay equipo de sonido y está prohibido salir a la calle sin la autorización del sacerdote rector. Solo salen el sábado cuando pueden ir a su casa y regresar el domingo.
Todos están despiertos desde las cinco de la mañana y llegan puntual a la capilla. Una oración que dura media hora. Diez minutos después del laudes, el desayuno es servido en el área del comedor, donde solo permanecen durante 15 minutos.
Los “padres”
El Seminario La Purísima fue fundado en 1993, desde entonces funciona como institución eclesiástica y ha formado a cien sacerdotes. Pero, para el padre Genaro Cerda “aún se necesitan más sacerdotes”.
En el país hay aproximadamente 1,800 sacerdotes que trabajan en las ocho diócesis (Juigalpa, León, Estelí, Matagalpa, Jinotega, Granada, Managua y el vicariato de Bluefields), y tras ellos una población de 400 seminaristas que al terminar su formación serán enviados a estas Diócesis.
Uno de ellos es César Alvarado, de 32 años. Es seminarista desde los 27, cuando sintió “el llamado” para formar una vida sacerdotal.
Dejó todo. Literalmente todo. Era un ingeniero en sistemas que trabajaba en una institución estatal. Con carro, un salario decente para un hombre soltero y con una novia. “El día que me decidí a renunciar a todo esto es porque ya estaba seguro”, comenta César.
Su novia lo apoyó, según cuenta, algunos amigos también. En su casa la sorpresa no fue para menos sin embargo, recibió el apoyo de su familia.
“La vida en Seminario no es tan fácil al inicio, sobre todo cuando ya sabes cómo es afuera, pero cuando tienes la convicción y sobre todo la vocación cada día empiezas a disfrutarlo”, asegura César, quien ha disfrutado aquellas tentaciones mundanas que los seminaristas más jóvenes evitan.
A limpiar, estudiar y orar…
Después del desayuno los 61 seminaristas se organizan en grupos para limpiar lo que ahora ven como su hogar. Debe ser rápido porque a las ocho de la mañana inician las clases que terminan cuando un timbre suena a la una de la tarde.
Clases introductorias, estudios de la Biblia y la liturgia son algunas materias que ven los “primariones”, en una carrera que les tomará ocho años de estudio hasta lograr la ordenación.
El grupo de tercer año estudia Filosofía, Sociología, Sicología y práctica docente. Se les nota más acostumbrados a la vida en el Seminario. Sus rostros ya son un poco más serios y hasta sus voces van asumiendo ese tono de sacerdote bonachón.
La Biblia, su principal texto de estudios, empieza a escudriñarse hasta el cuarto año de Teología. Aquí las discusiones no son realmente discusiones, es lo que es y punto. “La doctrina de la Iglesia es lo que es”, mencionó uno de los seminaristas.
Con un horario tan “zocado” y con clases tan teóricas, al menos sí tienen cinco minutos entre cambio de hora.
Lesther Ramírez es de Masatepe y lo que más extraña es su cama, en su casa. Su grupo se burla al escucharlo valorar más una cama que cualquier otra cosa.
“Yo extraño más a mi mamá”, dice Luis Baltodano, de Managua, para quien la vida en el Seminario ha sido un cambio de 360 grados.
Y es que tal como cuentan, antes de ingresar al Seminario todos tenían novias. Pero, ¿acaso no extrañan un cuerpo femenino?, la respuesta de todos al mejor estilo de coro es: “No”. Difícil de creer.
“Todos estos pensamientos los neutralizamos con la oración. Liberamos nuestras energías y las canalizamos con el deporte”, dice Denis Obando, originario de Tipitapa.
Estos deseos tan naturales en el hombre que suelen provocar una erección en el momento menos indicado, los seminaristas los combaten con oración y si no es suficiente, contratacan con más plegarias. La masturbación no es una opción.
“Es negar la vida. Es un acto de egoísmo”, comenta el padre Rodolfo Paisano, rector del Seminario.
“Tenemos que aprender a trabajar con las energías, y lo hacemos desde el lado espiritual que es más fuerte que el lado humano”, comenta el padre Paisano, a cargo de los 61 seminaristas.
Pero las tentaciones existen y los seminaristas no están exentos a ellas. César no se niega a esta realidad pero mantiene una convicción fuerte. “Hay que vivir la vocación y para eso hay que evitar las tentaciones”, asegura.
El ring, ring, ring… del timbre corta la inspiración en temas carnales y los seminaristas deben entrar a la última hora de clases.
La capilla los espera nuevamente a la una de la tarde, el segundo momento de oración. Luego de diez minutos, como casi una recompensa el almuerzo los espera.
1:30 p.m. nuevamente a limpiar. Aunque esté limpio. Es parte del horario.
Desde las dos de la tarde hasta las tres y media, estos chavalos pueden descansar y practicar deporte y estar listos a las cuatro para los grupos de estudio. No pueden perder ni un minuto porque la misa inicia a las seis. Nuevamente se reúnen en la capilla para el rezo de la víspera.
“Muchos piensan que aquí se pasa rezando todo el día, pero no es así. Además es parte de la vocación que tenemos, de la vida que hemos elegido así que no es ningún sacrificio”, afirma César.
A la puesta del Sol
Casi termina el día y aún no sale nada divertido que hacer. No ha sonado ningún celular, nadie habla de las últimas actualizaciones de estado del Facebook ni hay un loco riéndose solo mientras chatea. Nadie sabe qué es American Idol o cómo va el capítulo de la novela de las nueve de la noche o qué personaje famoso fue satirizado en South Park.
La cena está servida a las siete de la noche. Se toman más tiempo que los dos tiempos de comida anteriores. Quince minutos antes de las ocho de la noche los seminaristas forman sus grupos para rezar el santo rosario.
Para un cristiano común y corriente —como este reportero— sí sería demasiada vocación para orar, a pesar de la reflexión de César.
La capilla vuelve a ser el centro de reunión a las diez de la noche, cuando los seminaristas asisten a la última oración del día. “Todos tienen que asistir”, afirma César. Ni el sueño ni la pereza son excusas para no ir, sobre todo la pereza.
Las habitaciones reciben nuevamente a los seminaristas que mantienen un silencio que asustaría a cualquiera. Solo así descubres los sonidos de la noche. Un lugar de oración, de concentración donde se forman los guías espirituales de miles de católicos de Nicaragua. Un espacio donde se forman hombres para el bien de la comunidad al servicio de Dios. Hombres que son entrenados para vencer las tentaciones, aunque ellos mismos saben que pueden fallar porque al final del camino siguen siendo hombres.
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