Por Róger Almanza G.
A los 22 años, Carlos Amarus García Navas empezaba a disfrutar de su carrera como biólogo. Un trabajo estable en una entidad estatal, recién casado con su novia de la universidad y viajando entre Rivas, de donde es originario, y Chontales, donde vive con su esposa.
Además de su licenciatura en biología, Amarus se especializó en administración de los recursos naturales, una carrera que le apasiona hasta el Sol de hoy.
Ya tiene 25 años y reside con su esposa en Villa Sandino, Chontales, a casi 200 kilómetros de Managua. Cada año se dice a sí mismo que el próximo será el de su maestría en gestión ambiental, pero todo depende de cómo responda su cuerpo.
Su brazo y pierna izquierda han perdido la movilidad hasta en un 90 por ciento debido a una situación en su cerebro. “una maraña de cables que no funcionaron bien”, así lo expresa para graficarlo más fácilmente.
“Esto no me detiene. No creo darme por vencido. Es difícil cuando te ves que necesitas ayuda para muchas cosas, pero no puedes quedarte ahí solo esperando que te ayuden, uno tiene que hacerlo”, dice Amarus, refiriéndose a actividades tan sencillas y personales como vestirse, tomar un baño o servirse una taza de café.
Con el tiempo ha aprendido a usar el porcentaje de fuerza que tiene en el brazo izquierdo para no necesitar ayuda al ponerse su pantalón o lavarse la cabeza cuando se baña.
Solo las camisas aún le cuestan un poco y siempre tiene que ceder ante su orgullo y pedir ayuda.
“No es algo que a uno le guste, pero creo que se trata también de humildad y saber cuándo necesitas ayuda, lo que no significa que no lo lograrás hacer solo un día”, sabe Amarus.
Juega con “Yogi”, el perro de la casa, “hasta de terapia me sirve” comenta Amarus que hace seis meses no lograba ni mover su brazo para acariciar al can.
Al verse en el espejo no ve a ningún chavalo con alguna discapacidad, y tampoco acepta que así lo vean.
“Poco a poco he logrado hacer todo nuevamente. No veo por qué deba sentirme como discapacitado, odio esa palabra… es cierto que me cuestan un poco más las cosas pero las hago”, asegura Amarus.
Lograr caminar nuevamente fue una victoria ganada, y aunque su pierna aún no tiene la fuerza que antes, tomó la decisión de tirar el bastón con que al inicio se apoyaba para confiar en sí mismo.
“Creo que el bastón me quitaba confianza. Prefiero apoyarme del hombro de alguien para subir algunas gradas que tener el bastón como una extensión más de mi cuerpo”, cuenta Amarus, quien ha demostrado su fuerza y empeño ante su familia y vecinos en Villa Sandino, donde se le ve pasear y cada día con pasos más firmes.
Lo que ocurrió
Se trata de una enfermedad congénita denominada malformación arteriovenosa cerebral, de la que no supo hasta la tarde del 31 de marzo del 2010.
Venía de paseo de la Isla de Ometepe. Pero un fuerte dolor de cabeza le dio al abordar el taxi en el puerto de San Jorge. El dolor no le asustó porque desde niño los padecía, y los médicos le diagnosticaban migraña cada vez que el dolor le obligaba a ser llevado al hospital. Pero seguido al dolor vino un entumecimiento en su brazo derecho y su lengua empezó a “dormirse”. Estos síntomas lo pusieron en alerta y logró actuar. Le dio su celular al taxista mientras le orientó que lo llevara al hospital y le advirtió. “Si algo me pasa en el camino llama a estos números de inmediato”. Eran los teléfonos de su mamá y su hermano.
Logró llamarlos camino al hospital. Al bajar del taxi su pierna no respondió y cayó. Las enfermeras pensaron que se trataba de otro borracho de Semana Santa y no se apresuraron a atenderlo.
“Todo el camino no me permití que el miedo me tocara. Pensé siempre que todo estaría bien”, recuerda Amarus.
Un diagnóstico fatal
Luego de superar la confusión lo pasaron a una camilla de la sala de emergencia.
Una hora después Amarus estaba en camino al hospital Lenín Fonseca, lo acompañaba su madre.
“Todo estaba pasando tan rápido. Recuerdo que solo le decía a mi mamá que se estuviera tranquila que no me pasaría nada”, comenta Amarus.
En el hospital capitalino, Amarus esperaba los resultados del tomógrafo. El médico llegó media hora después con los resultados.
“El rostro de mi madre lo dijo todo. Estaba en problemas. Su expresión de susto y angustia no la puedo borrar de mi mente”, recuerda Amarus. Solo una cirugía era la opción. “Había un nudo de arterias que se habían enredado y debían desenredarlas, de lo contrario me iba a morir”, explica Amarus, lo que entendió después de la explicación del médico.
Llegó el 12 de abril del 2010 y Amarus estaba listo para la cirugía, que gracias a muchas manos de apoyo se realizaría en el Hospital Metropolitano. Tenía un 95 por ciento de probabilidades que no se recuperara y que quedara dormido para siempre en el quirófano. Y si sobrevivía la opción sería la cuadriplejía.
“O la bebía o la derramaba” pensó Amarus. “Jamás demostré miedo porque esto funciona como efecto dominó. Si me caigo se caen también mis familiares y no podía permitir eso”, manifiesta.
La operación duró cerca de 12 horas. “Cuando desperté parecía más un monstruo que otra cosa. Mi rostro estaba inflamado. Mi cabeza vendada y rapada”, recuerda.
La operación fue un éxito. O al menos eso parecía. Dos semanas después algunos hematomas intracraneales obligaron a los médicos a realizar nuevamente una cirugía. “De nuevo me abrieron la cabeza pero todo salió bien”, dice Amarus. Luego de dos aperturas en su cráneo, era difícil pensar en una tercera, pero otro hematoma un mes más tarde lo llevó por tercera vez al quirófano.
La terapia además de ser el proceso más doloroso y pesado de recuperación le dio a Amarus la oportunidad de continuar su vida en salud. Su brazo y pierna volvieron al ciento por ciento de su movilidad. Hasta noviembre del año pasado cuando el indicio de un dolor de cabeza le llamó la atención.
Amarus hacía terapia con unos dados y al sentir la molestia decidió ir a tomar una ducha y acostarse. “Pensé que si descansaba el dolor se me pasaría”, dice Amarus. Pero no fue así. Minutos después de que reposaba en la cama, un fuerte dolor lo hacía doblarse. Una nueva maraña de arterias amenazaba su vida.
Una prueba más fuerte
“Solo pensé en que no me iba a dejar vencer. El que piensa negativo le va mal todo, así que no tenía opción, debía pensar en que todo saldría bien”, dice Amarus.
Los médicos le daban el 10 por ciento de vida si no lo operaban de inmediato. Para ese momento, la hemorragia había ocurrido en un 60 por ciento. Nuevamente el taladro cortó el cráneo de Amarus.
“Fue lo peor que me pudo ocurrir. La recuperación que había logrado gracias a la terapia se fue. Mi brazo y mi pierna nuevamente estaban sin fuerza”, relata Amarus.
Seis meses después de la cuarta cirugía su pierna no responde como antes y levantar su brazo lo siente como querer levantar una pesa de cien libras. “Más que dolor es la fuerza que debo hacer cada día para seguir adelante… no estoy vencido y me veo dentro de muy poco nuevamente trabajando… después de la cuarta operación fue como comenzar de nuevo con la terapia, pero lo voy a lograr”, asegura Amarus.
Sentado en una silla de plástico a veces solo piensa por lo que ha pasado. A veces necesita ayuda para subir gradas o ponerse la camisa, pero no es algo que lo desanima. “Hoy me siento bien, la verdad no siento el derecho de quejarme aunque he pasado situaciones fuertes, pero he tenido apoyo, no he estado solo como otros quizá lo han estado”, afirma Amarus.
El miedo no lo interrumpe a pesar que el tiempo le amenaza con la necesidad de otra cirugía, pues su último chequeo reveló otro hematoma. “El médico me dijo que por el momento no es urgente retirarlo. La verdad lo pensaría hacerlo porque está la experiencia de retroceder en mi terapia, pero si llega el momento y no hay otro camino más que hacerlo, entonces lo haré con el mismo valor porque quiero vivir”, asegura Amarus.
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