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Por Juan Carlos Ampié
“Los Vengadores” parece un catálogo de Marvel: Iron Man, Thor, Hulk, Capitán América, Viuda Negra y… el otro tipo… —¡ah, sí, Ojo de águila !—. Cada personaje acarrea su mitología y bagaje dramático. Cada uno necesita una escena introductoria, mínimo una escena de acción donde ejecute el papel central, y en la épica batalla final, demanda un papel decisivo. Súmele al inflamado reparto el jefe Nick Fury y el villano Loki. Tenemos que estar agradecidos de que la película dure dos horas y media y no cinco. La devoción de la fanaticada y su inevitable triunfo comercial hace que criticar la película sea un ejercicio de futilidad. ¡Pero para eso estamos!
Quisiera decirles que esta es la mejor película basada en héroes de cómic jamás filmada, pero no es ese el caso. La trama es genérica, sus bases sembradas por la reciente Thor —quizás el peor espécimen de este género—. Loki, el hermano celoso de Thor, viene de avanzada a la tierra para abrir la puerta a una invasión intergaláctica. El ejército de los monstruosos Chitauri cruzará a través de un agujero en el cielo, abierto con el cubo de energía Tesseract. O algo así. No se preocupe por los nombres extraños. Para los acólitos del cómic todo esto es “historia”… pero seamos serios por un momento. Los vengadores es un producto sin apologías, creado en una línea de ensamblaje para deleite de una audiencia masiva, conducida por un sistema manipulativo. La avalancha publicitaria y su programación en la mitad de las pantallas del país casi nos obligan a verla.
El director Joss Whedon despuntó creando la clásica serie de televisión Buffy, La cazavampiros . Aplicando una sensibilidad decididamente feminista y un erudito amor por la cultura pop, a lo largo de siete años construyó una épica meditación tragicómica sobre el paso de la adolescencia a la madurez. En Los vengadores apenas logra infundir los elementos más superficiales de su estilo, y nada de la sustancia. Los chispeantes diálogos entre los actores y la ligereza con que actúan bajo sus pesadas armaduras reales o virtuales son, decididamente, productos de su mano. Whedon orquestaba sinfonías de cortantes chascarrillos años antes de que Robert Downey montara su renacer profesional en esa afectación. Él sigue jugando al gracioso narcisista, pero si este esperpento le pertenece a alguien, es a Mark Ruffalo como el Increíble Hulk , o más bien, el tercer Increíble Hulk de nuestros tiempos, después de Eric Bana (2003) y Edward Norton (2008).
Las demandas de la receta taquillera terminan aplastando el ingenio del director y el espíritu de los actores. Whedon se convierte en policía de tráfico, imponiendo estricto orden en un derby de demolición demasiado familiar. La épica batalla que tiene lugar en las calles de Nueva York es escenificada con lujo de detalles. Los millones se ven en la pantalla, y se escuchan en la abrumadora banda sonora. Pero hay algo repetitivo en el asunto. Las destructivas orugas gigantes parecen invitadas de Transformers 3 , el clímax parece prestado de Los cazafantasmas , pero con más testosterona y menos sentido del humor. Todo se ve nuevo, pero se siente viejo a la vez. El mejor momento es una sola toma, simulada digitalmente, que corre de un personaje a otro mientras están enfrascados cada uno en una pequeña escaramuza dentro de la gran batalla. Luchan juntos, pero… ¿para qué? Mientras me vapuleaban sensorialmente, apenas podía pensar cuantas temporadas mas de “Buffy” habría producido Whedon con el presupuesto de este mamotreto.
Ver en la versión impresa las paginas: 15