Por Edgard Rodríguez
A estas alturas, creo que nos hubiese gustado ver a Rosendo Álvarez convertido en una personalidad respetable, con su vida económica resuelta y dedicado a transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones de pugilistas, o concentrado en actividades en las que su figura y trayectoria, fueran su carta de presentación.
En lugar de eso, ha decido volver a pelear. Y no es que sea indigno subirse a un entarimado. Al contrario. Boxear es una manera dura, exigente y peligrosa, pero honesta, de ganarse el sustento. Sin embargo, el riesgo es mayor, cuando se hace a los casi 42 años, y tras una ausencia de seis años.
Su regreso al boxeo, que parecía más un sueño que una ilusión, da la impresión que está por concretarse, a pesar de recomendaciones de amigos, consejos de conocidos y opiniones de seguidores, pero más que eso, de la historia, a través de la cual se ha apreciado lo errado de ese tipo de decisiones.
En su última pelea, ante el mexicano Jorge “Travieso” Álvarez, el 8 de abril del 2006, no solo fue noqueado, sino desnudado boxísticamente y las señales de su decadencia que ya se sospechaban, fueron confirmadas en una noche triste para los fanáticos del boxeo local y del deporte nica en general.
A Rosendo lo apreciamos. Admiramos y agradecemos su labor sobre el ring. Y pese no compartir su decisión, le deseamos lo mejor ante este reto que decidió asumir. Su regreso está señalado para el 26 de mayo ante Álvaro Pérez, un zurdo incómodo, con marca de 21-4 y 12 nocauts.
Hay un tiempo para cada cosa, dice Eclesiastés. Rosendo lo sabe bien, pero ha decidido retar al tiempo.
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