Otra vez… Titanic

Mi corazón seguirá adelante... sin ver otra vez Titanic . Gracias, Celine. Esta vez, voy a darme el lujo de dejar que ese barco pase. En 1997 asistí a una función en su fin de semana de estreno. Nadie sabía que se convertiría en un fenómeno mundial. De hecho, su azarosa producción anunciaba un desastre similar al del transatlántico titular. Costó 200 millones de dólares, convirtiéndose en la película más cara hasta esa fecha. La industria esperaba un fracaso estrepitoso.

Por Juan Carlos Ampié

Mi corazón seguirá adelante… sin ver otra vez Titanic. Gracias, Celine. Esta vez, voy a darme el lujo de dejar que ese barco pase. En 1997 asistí a una función en su fin de semana de estreno. Nadie sabía que se convertiría en un fenómeno mundial. De hecho, su azarosa producción anunciaba un desastre similar al del transatlántico titular. Costó 200 millones de dólares, convirtiéndose en la película más cara hasta esa fecha. La industria esperaba un fracaso estrepitoso.

La película de James Cameron me pareció irregular: técnicamente bien elaborada, pero con un guión desafortunado, plagado de personajes caricaturescos y diálogos terribles. Además, las 3 horas 14 minutos de duración eran una indulgencia suprema para algo tan flojo dramáticamente. Suena como Avatar , ¿eh? Pero el mundo avaló los esfuerzos de Cameron. Fue el primer filme en conquistar más de 2 billones de dólares en la taquilla internacional. Se llevó 11 premios Óscar, incluyendo el de Mejor Película.

Ahora, vuelve a atracar en los cines con doble gancho: se monta sobre el 100 aniversario del hundimiento del barco, ofreciéndose como la versión cinematográfica definitiva de la historia. Como novedad, se ofrece ahora con una dimensión de más. Cameron, uno de los promotores de la nueva ola de cine en 3D, dedicó años a convertir su película, originalmente filmada en película tradicional de 35 mm, al nuevo formato digital.

Debe ser una proeza técnica asombrosa, pero innecesaria. El éxito de la película reside en la conexión emocional que las grandes masas establecieron con el material, y es dudoso que este nuevo efecto intensifique eso. Una de las motivaciones de la conversión es afianzar la tecnología en el mercado de la exhibición teatral, y promover la conversión de más éxitos taquilleros del pasado.

Titanic se vende como un “clásico”. La palabra se aplica con mucha liberalidad, reduciéndola a una mezcla de popularidad y nostalgia. Acaso Titanic es más bien una curiosidad. Asumió el modelo de la superproducción de estudio, en un momento en el cual estas instituciones operaban no bajo visionarios como David O’Selznick, sino bajo juntas directivas de las multinacionales. Lejos de la monolítica integración vertical de los años 30 y 40, el Hollywood de finales de siglo XX era un mercado persa, colmado de elefantes blancos y pequeños independientes en una cruenta lucha por sobrevivir. En este panorama, Cameron se erige como gran anacronismo: el mesiánico artista popular que arriesgó su fortuna y la de los otros en un ejercicio creativo. No en balde algunos lo comparan con Cecil B. de Mille.

En lugar de revivir este pasado reciente, quizás es mejor aprovechar la efeméride de esta tragedia marítima para descubrir otros artefactos fílmicos que se alimentan de su leyenda. Mi propia conmemoración consiste en ver la película británica A Night to Remember (Roy Ward Baker, 1958). El título acaba de ser re editado en DVD de alta definición por la Criterion Collection. En YouTube puede encontrar supuestos fragmentos de Salvada del Titanic , primer filme sobre la tragedia. La película fue estrenada en 1912, apenas 29 días después del siniestro. Es protagonizada y coescrita por lo actriz Dorothy Gibson, genuina sobreviviente del naufragio. Oficialmente, la película está perdida. Quizás Cameron pueda encontrarla y restaurarla. Es lo menos que puede hacer. Este barco le ha dejado un genuino botín.

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