Aleyda Quevedo LA PRENSA/A. AGÜERO

Erotismo se hizo mayor

En La Otra, La misma de Dios , Aleyda Quevedo alcanza la madurez y confirmación de una carrera singular, personalísima, sólida, con las equilibradas dosis de oficio y riesgo en lo que ya constituye una valiosa aportación al progreso de la literatura latinoamericana.

Yolanda Castaño

En La Otra, La misma de Dios , Aleyda Quevedo alcanza la madurez y confirmación de una carrera singular, personalísima, sólida, con las equilibradas dosis de oficio y riesgo en lo que ya constituye una valiosa aportación al progreso de la literatura latinoamericana.

En esta su séptima entrega poética, el erotismo que ya conociéramos en la autora quiteña se expande retorciendo cada límite para alcanzar lo carnal y lo emocional, lo contemplativo y hasta lo sagrado, como una suerte de motor primigenio capaz de inundar hasta los ámbitos menos circunscritos.

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Aleyda Quevedo Rojas. Poeta, periodista, editora y consultora de comunicación. (Ecuador, 1972).

Ha publicado poesía: Cambio en los climas del corazón , 1989; La actitud del fuego, 1994; Algunas rosas verdes , 1996; Espacio vacío , 2001, y reeditado en 2007; Música Oscura, breve antología; Soy mi cuerpo , 2006; Dos Encendidos, 2008. La Otra, la misma de Dios (2011).

En 1996 recibió el Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade. Casada con el poeta, editor y ensayista Edwin Madrid. http://www.aleydaquevedo.com

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Desde su estilo valiente, colorista y lleno de fresca personalidad, cada vez que pudiese encontrarse al borde de caer en la edulcorada complacencia, remonta el vuelo con una imagen sorprendente, con un giro rompedor.

En La Otra, La misma de Dios el deseo se revela como la forma más salvaje de la esperanza. Es el eros quien construye y reconstruye la identidad, una identidad femenina multiplicada en la otredad.

El placer toma la voz que durante tanto tiempo le negaron, gozo de mujer que rompe el silencio y se verbaliza. Se hace contemporáneo, recorre los anaqueles de lo concreto. Es un deseo permanentemente sujeto al tiempo, abismado a sus feroces circunstancias.

El complejo erotismo de este libro es a veces onírico, a veces ancestral, otras, lunático. Muchas –como ya conocíamos bien por anteriores trabajos— profundamente natural, telúrico: los ojos se funden con los cielos, los brazos con los lagos o el sexo con la tierra. Incluso pinta una amante animal que es a veces niña salamandra, y que en otras crecen alas de pájaro.

Mas también en ocasiones se resuelve cultural, salpicando su ansia con los nombres de otras mujeres creadoras, aquella insigne genealogía matriarcal en la que Aleyda sueña inscribirse.

La autora vuelve al cuerpo que hiciera protagonista de su anterior poemario y lo convierte aquí en también sostén carnal de la emoción: alma que se aloja en labios, sentimientos que amalgaman con algunas secreciones, nostalgia que somatiza en la piel. Cuerpo que también se autoexplora y place, que se expresa a sí mismo más allá de las palabras.

Sexo abierto y como fin, entrega y sugestión, válvula. Cuerpo que evoluciona y metamorfosea, que quema etapas libres escribiendo su propia historia.

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