Por Juan Carlos Ampié
El “filme encontrado” es un recurso de los practicantes del cine experimental y documental. Son imágenes filmadas por civiles, originalmente pensadas para consumo privado, que los profesionales después rescatan y usan en sus producciones. Ahora, la ficción le copia la receta. Películas de todos los géneros emulan el estilo amateur con cámaras de vídeo para consumidor, dejando el trípode y las lámparas profesionales en la bodega. Los que filman suelen ser los mismos protagonistas, y el acto de filmar es un elemento dramático de la película. Justo ahora, tenemos en cartelera Poder sin Límites (Josh Trank, 2012), sobre un grupo de jóvenes que desarrolla superpoderes al mejor estilo de los cadetes de Marvel. Proyecto X (Nima Nourizhade, 2012), comedia de farra y desenfreno al estilo de ¿Qué pasó ayer? Apollo 18 (Gonzalo López Gallego, 2011) se hizo pasar por documental para contar un cuento de horror sobre una ficticia misión a la Luna. Me consta que más de una persona inteligente cayó en el embuste.
No es de extrañarse. Estas películas trafican en las concepciones estilísticas que le asignamos inconscientemente al documental. La ficción se ve en los lustrosos colores del celuloide, la realidad tiene la crudeza del vídeo. En la era de la cámara digital y el reality show todo el mundo es la estrella de su propia vida en una genuina orgía de sobredocumentación personal. Estas “videopelículas” son convincentes, porque la audiencia misma se filma a sí misma todo el tiempo. Para la industria son convenientes, pues sus costos de producción suelen ser mucho más bajos que una película tradicional.
El “filme encontrado” ha existido desde los albores del cine, pero el parte aguas que marcó su presente popularidad fue El proyecto de la bruja Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999). Está armada con los retazos de película y vídeo supuestamente filmados por tres estudiantes de cine que se adentran en los bosques de Maryland buscando a una mítica bruja. Una revolucionaria campaña de promoción por internet selló el futuro de esta producción que costó apenas 25 mil dólares y recaudó más de 250 millones. La escuela del Dogma 95 , promovida por el cineasta danés Lars von Trier, abogó por el uso de vídeo a mano, registrando audio y luz natural. Así, el crudo acabado fue estéticamente aceptable.
El género del horror ha sido el que más ha capitalizado el formato. Los mejores ejemplos encuentran una manera de justificar de manera literal o subliminal cómo estos increíbles vídeos “privados” llegan a nuestros ojos. En Actividad Paranormal (Oren Peli, 2007) los habitantes de una casa embrujada filman lo que sucede a su alrededor para convencerse de que no se están volviendo locos. En la española “(REC)” (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007), un equipo de noticiero se adentra en un edificio infestado de zombis. En Cloverfield (Matt Reeves, 2008), los invitados a una fiesta siguen filmando lo que sucede después de que un gigantesco monstruo se cuela en Manhattan.
Los efectos del “vídeo encontrado” se sienten en todo tipo de películas. Véase la cámara brusca de la taquillera serie de Jason Bourne (2002-2007). Y en el mundillo del cine arte, Red Road (Andrea Arnold, 2006) causó sensación con su historia de obsesión contada a través de cámaras de circuito cerrado de televisión. La otrora misteriosa magia del cine es ahora un conjuro que cualquiera puede invocar con solo apretar un botón.
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