“Don Chalo está arrinconado, ¿quién lo desarrinconará?, quien lo desarrinconare, buen desarrinconador será”. Con esta retahíla me estoy refiriendo a quien, por un tiempo, fue vecino de León, el muy ilustre cronista real Gonzalo Fernández de Oviedo y no es que me la doy de confianzudo, pero si el señor fue vecino de una ciudad nicaragüense, pues Chalo será, ya que así en mi barrio todos llamamos al vecino Gonzalo.
Este don Gonzalo Fernández, Oviedo, como acostumbran llamarlo los historiadores, aparte de ser uno de los primeros vecinos asentados en León, creo que puede considerarse el precursor de los naturalistas en Nicaragua, ya que despuntó en describir con espíritu científico nuestros frutos, árboles y animales, difundir en dibujos maravillas geológicas de Nicaragua, como los volcanes (célebres sus dibujos del Masaya y del Momotombo), precursor también de los antropólogos y sociólogos al detallar y dejar testimonio gráfico de las apariencias físicas, vestuarios, hábitos, creencias y organización social de los habitantes del territorio nacional, así como de la arquitectura de sus viviendas. “Observó con ojo omnipresente y agudo, y escuchó con oído siempre atento, hechos y dichos. De ahí la gran calidad de su testimonio”, expresa de don Chalo el doctor Eduardo Pérez Valle.
Cierto que vino a estas tierras en busca de fama y fortuna, natural aspiración humana, y que siendo buen hijo de su siglo lo hizo como conquistador. No dejaba el hombre de tener agallas, ya que cuando sus intereses chocaron fue capaz de enfrentarse al mismísimo Pedrarias; hay que decir que ambos no dejaron de respetarse, al reconocerse como personas de influencias en la Corte de España. Oviedo estuvo al servicio del Rey, al igual que Fray Bartolomé de las Casas, que en esa época no podía concebirse otra forma de ser. También fue imperialista y guerreó en la conquista de territorios, tanto en Europa como en América. ¿Pero había algún pueblo en el siglo XVI que no se considerara con derecho a hacerlo? Conquistaban y esclavizaban todos: europeos, árabes, hindúes y chinos, así como los aztecas y los incas. Nicarao, Diriangén y Agateyte también.
Señalo esto porque pienso que su dimensión de conquistador, algo inherente a su época, no le disminuyen sus innegables cualidades como cronista y naturalista, méritos que lo califican suficiente para ocupar un lugar señero en la cultura nacional. Entiendo que en reconocimiento a ello fue que la adusta escultura representándolo estuvo colocada presidiendo el ingreso al antiguo edificio sede del Instituto de Cultura Hispánica en Managua (INCH). Resulta que al remodelar el edificio, la escultura fue removida y arrinconada al mero fondo del patio. En las dos últimas asambleas generales de miembros asociados del INCH, muchos debatieron y pidieron reubicarlo en un sitio destacado, acorde a los méritos de don Chalo. Como asociado al INCH me sumo al clamor.
Las juntas directivas del INCH en los períodos señalados han realizado una excelente labor de promoción cultural, tanto en su sede de Managua como en las filiales departamentales, lo que es reconocido por los asociados, por las instituciones cooperantes, los medios de comunicación y también el Estado nicaragüense, al asignarle una modesta partida presupuestaria. Méritos ganados.
Resulta que en una de las últimas actividades de presentación de un libro, un joven trabajador de una empresa patrocinante, seguro que al ver la escultura a la par de las mesas del servicio colocó en su brazo extendido un cartel publicitario de embutidos. Quizá este sería el último pendón que don Chalo, autor del heráldico Libro del Blasón , escrito en León, habría imaginado que luciría.
¿Quién desarrinconará a don Chalo? El autor es sociólogo
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