Buscar por medio de un diálogo patriótico un acuerdo nacional que permita encauzar la nación por la paz y la institucionalidad democrática debería de ser la aspiración de todos los nicaragüenses que aman la paz, porque lo otro sería seguir por la senda de polarización que nos conduce al círculo vicioso de nuestra historia, que es la violencia recurrente.
Ese diálogo sobre la mesa no es un pacto, porque el pacto, tan trillado en Nicaragua, se refiere a dialogar secretamente para repartirse cuotas de poder al margen de la opinión pública. En cambio, el diálogo que ha propuesto el líder de la Alianza PLI, Eduardo Montealegre, con el Gobierno es para buscar un acuerdo de nación que nos permita seguir adelante y avanzar en el cauce democrático destrabando la crisis institucional en que se encuentra actualmente.
Quiero manifestar mi respaldo a esa iniciativa, a como lo han hecho otros sectores, la Iglesia católica y dirigentes políticos. Creo que Eduardo y el equipo negociador que él designe para este fin merece todo nuestro apoyo, porque a lo largo de su carrera política ha demostrado que no es un político de pactos, sino un político entregado a los mejores intereses nacionales.
No debe preocuparle el hecho de que algunos sectores que sí pactaron ayer y anteayer, hasta que “se les acabó la gasolina” del pacto, lo acusen de pactista. Es parte de la retórica política de un país que vive de la retórica.
Si el doctor Adolfo Calero Portocarrero, en representación del directorio de la Resistencia Nicaragüense, que tomó aquella decisión histórica no se hubiera sentado en Sapoá cara a cara con Humberto Ortega e iniciado un diálogo patriótico que culminó con acuerdos para detener una guerra fratricida quizás aun estuviéramos en guerra. Más adelante en los noventa hubo varios ejemplos donde el diálogo abrió las puertas de la paz y la reconciliación, lo que a su vez permitió avanzar en la transición democrática.
Fue el diálogo lo que llevó también a la desmovilización de la Resistencia Nicaragüense, Ejército Popular Sandinista y fue el diálogo en 1990 y 1991 llamado “Concertación Democrática” lo que permitió al país liberarse de la agobiante hiperinflación y comenzar a desmontar el aparato del Estado que por la vía de las confiscaciones había acabado con la capacidad productiva del país.
Nicaragua se apresta a iniciar un nuevo proceso electoral municipal, con un Consejo Electoral sin credibilidad tras dos elecciones con los dados cargados, valga la redundancia, cargadas de irregularidades y con muchos funcionarios de los poderes del Estado con sus períodos vencidos. El diálogo es necesario para buscar un consenso y elegir a funcionarios que le regresen la credibilidad al sistema electoral.
Si ya de por sí en las elecciones municipales en nuestra breve experiencia democrática la abstención ha sido históricamente alta, ¿se imaginan cómo sería si no se toman medidas correctivas importantes antes de que los votantes sean llamados a depositar su voto el próximo noviembre?
En la historia de Nicaragua hemos visto una y otra vez cómo nos envuelve el círculo vicioso de la guerra, pero también por fortuna hemos visto recurrentemente, cómo cuando estamos al borde del despeñadero, nos salva un círculo de sensatez y madurez.
Con un acuerdo de nación, un acuerdo patriótico, todos ganamos porque este país puede avanzar en el campo económico más rápidamente cuando todas las energías de los diferentes sectores políticos están concentradas en esa dirección.
Con la guerra solo hay victorias pírricas: tarde o temprano todos perdemos. El autor es diputado de la Bancada Democrática Nicaragüense
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