El antiguo patrón económico en el que los individuos estaban predestinados, desde su nacimiento, a cumplir una función definitiva en su vida, todavía existe en ciertos sectores de Nicaragua.
En cierta manera, la incipiente economía de mercado de hace 600 años está bien representada en nuestro actual sistema económico: la explotación de recursos, ignorando la moralidad de comportamiento. Y hombres como el cardenal Obando y Bravo están ahí para avalar esta moralidad, reafirmando la racionalización del siglo XV de que “al tonto ni Dios lo quiere”.
Los argumentos que han ocupado a la filosofía social a través de los siglos, con respecto al origen de la riqueza de las naciones, jamás repercutieron en Nicaragua. La construcción del poder nacional, los beneficios del intercambio comercial, el sistemático desarrollo de la agricultura, la valoración y promoción del capital humano han permanecido apegados a caprichos políticos y no al interés nacional.
Asimismo, los siglos de desarrollo de la jurisprudencia, la administración pública y las Cortes nunca encontraron tierra fértil en Nicaragua. Así se ha mantenido la incapacidad de adoptar políticas conducentes al fortalecimiento del concepto de unidad y poder nacional.
Desde finales del siglo XVII el liberalismo económico ha sido el sistema de pensamiento aceptado como la ideología capitalista. Atendiendo al carácter individualista de este funcionamiento social, los filósofos políticos conceptualizaron la teoría básica de democracia.
John Locke anotó que el hombre crea los gobiernos para evitar desorden y preservar sus derechos naturales, pero el poder absoluto no se le entrega a nadie. Y el filósofo Baruch Spinoza agregó que un sistema de controles y contrapesos es necesario para fortificar el poder con justicia.
El filósofo social Adam Smith, fundador de la economía moderna, en su libro La Riqueza de las Naciones , explica que en el sistema de libertad natural hay tres funciones propias del gobierno: el establecimiento y preservación de justicia, la defensa de la Nación, y la creación y preservación de ciertas funciones públicas como la educación.
Según Smith, el énfasis primordial del gobierno radica en su oposición a los obstáculos al comercio internacional, a las leyes que limiten la competencia y por sobre todo su oposición al monopolio en cualquiera de sus formas.
El objetivo es predominantemente el enriquecimiento de la nación a través de la libertad individual. Este sistema de liberalismo económico, que más tarde se denominaría capitalismo, en la práctica se aleja de sus principios fundamentales, no para negar su validez, sino para confirmar que sus reglas deben ser respetadas. Los gobiernos que se alejan de ellas, de hecho están creando otro sistema.
En ese sentido, es irrisorio escuchar a quienes aseveran que Daniel Ortega es un practicante del “capitalismo salvaje” porque ha dejado todo en manos del mercado y que en nombre de la oferta y la demanda ha abandonado el papel protector del Estado de los derechos mínimos de las personas.
Esta práctica no puede llamarse capitalismo salvaje. Ortega roba elecciones, roba reservas internacionales del Banco Central, roba libertades públicas. Su actitud con respecto a lo económico, lo político, lo social no tiene nada que ver con democracia, capitalismo o liberalismo económico. Pero sí, lo que podemos decir es que lo que Ortega practica es simplemente salvaje. El autor es economista y escritor
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