Juan Carlos Ampie

Hollywood en el Volga

La competencia por la peor película del 2012 ha terminado. La ganadora se llama La última noche de la humanidad (Chris Gorak, 2011). Emile Hirsch y Max Minghella son dos desarrolladores de Internet que viajan a Moscú para vender su sitio web y convertirse en millonarios. Un socio inescrupuloso (Joel Kinnaman) se les queda con el mandado. Mientras ahogan sus penas con vodka, invasores extraterrestres descienden sobre el planeta como inmateriales nebulosas luminosas.

Por : Juan Carlos Ampié

La competencia por la peor película del 2012 ha terminado. La ganadora se llama La última noche de la humanidad (Chris Gorak, 2011). Emile Hirsch y Max Minghella son dos desarrolladores de Internet que viajan a Moscú para vender su sitio web y convertirse en millonarios. Un socio inescrupuloso (Joel Kinnaman) se les queda con el mandado. Mientras ahogan sus penas con vodka, invasores extraterrestres descienden sobre el planeta como inmateriales nebulosas luminosas.

Los extraterrestres son invisibles y adoran convertir a los humanos en montoncitos de cenizas con un rayo mortífero. Este “efecto especial”, protegido por la relativa oscuridad del set —el club nocturno menos convincente del mundo— es el único que pasaría un modesto control de calidad. Jamás he visto peor uso de la animación digital en un estreno comercial. El dependiente de un ciber-café de barrio puede hacer mejor trabajo. Las tomas con el punto de vista de los extraterrestres son lo peor. Estéticamente feas, pobremente ejecutas. Lo fotografía es mala, la edición es indiferente. Aunque es filmada en Moscú, hasta los exteriores se ven falsos. Compárelo con el uso del Kremlin y la Plaza Roja en la reciente Misión imposible 4 (Brad Bird, 2011). Le darán ganas de llorar… o de estar viendo Misión Imposible 4 .

Si en algo son eficientes los realizadores, es en decimar al elemento humano. Emile Hirsch merecía un Óscar por Into the Wild (Sean Penn, 2007). Max Minghella fue uno de los geniecillos de La Red Social (David Fincher, 2010). Aquí, las personalidades distintivas de todos los actores son anegadas en papeles desdibujados y genéricos. Hirsch nunca es más convincente que cuando simula ser un maniquí para salvarse de un extraterrestre merodeante.

La película es desechable, pero alarma como ejemplo de la apropiación oportunista de la fórmula taquillera norteamericana. El director francés Luc Besson montó su propio ‘Hollywood en el Sena’ con inglés Jason Statham como estrella, consiguiendo plata de varios paises para esperpentos de acción de atractivo internacional. Ahora el ruso Timur Bekmanbetov hace lo propio, impulsado por el éxito económico de su díptico Matrix -vampírico, Nightwatch (2004) y Daywatch (2006) y la popularidad de Wanted (2008). Con La Última Noche… asume el papel de productor y encuentra un clon en el director Chris Gorak. Ellos son agentes de un proceso de homogenización aparentemente irreversible, en el cual las pantallas de cine son monopolizadas por los filmes más comerciales que Hollywood produce, y además, sus pálidas imitaciones. El abaratamiento de la tecnología y la consolidación del mercado mundial hacen que esto sea posible.

El Último Día… se desarrolla en Moscú, pero bien podría escenificarse en cualquier otra ciudad, con actores de cualquier nacionalidad. No porque ofrezca una experiencia universal, sino porque es una película tan vaga y superficial que no está anclada en ninguna otra cultural que no sea la corporativa. No hay nada de la tradición fílmica rusa y/o soviética en la película. Su carácter norteamericano es poco convincente. Los actores son gringos y hablan inglés, pero la disonancia cultural se siente en los torpes parlamentos que se les asignan.

Nada de eso parece importar. Bekmambetov ya prepara en Hollywood “Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros”. Sin un ápice de vergüenza, lo produce Tim Burton. El statu quo abraza la tendencia. El vídeo no mató al cine, pero la globalización lo está haciendo, a pellizcos.

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