El primer recuerdo que tengo de mi padre fue de una vez que lo vi llegar a nuestra casa armado con un fusil. Nicaragua estaba en insurrección contra la dictadura somocista. Yo que tenía menos de 7 años entendía poco lo que pasaba, pero sí me traspasaba el miedo por los constantes bombardeos y enfrentamientos militares cerca de la colonia Primero de Mayo.
Esa vez mi padre entró apresurado a la casa y dejó el fusil recostado en la pared del porche. Yo quedé viendo el arma como quien encuentra un juguete mortal. Me acerqué, pero no lo toqué. Me quedé ahí viendo el fusil hasta que mi padre llegó y me arrastró con él adentro de la casa, porque en ese momento se acercaban los soldados de la Guardia Nacional.
Yo imaginé que irían por mi padre y que él los enfrentaría hasta matarlos a todos. Sin embargo, pasaron de largo. Luego recuerdo las papeletas que se imprimían en la casa y la constante música de El mambo es universal, que cantaba la especial voz de Daniel Santos a través de un disco de acetato en un equipo de sonido a todo volumen para que no se escuchara el ruido de la imprenta.
Luego del triunfo de la revolución, recuerdo a mi padre atareado en la redacción del Diario El Pueblo escribiendo artículos que al final llevaban mi nombre y el de mis hermanas, porque no había redactores suficientes. Lo recuerdo en casa grabando el programa radial El árbol de la tormenta . También recuerdo las veces que lo acompañamos en los mítines políticos del MAP-ML. Mi padre era invencible, incansable y demasiado rebelde contra la nueva dictadura que se instauraba.
Recuerdo la vez que hubo un fuerte temblor en una mañana a mediados de los años ochenta. Yo salté de la cama y corrí por el pasillo buscando ayuda. Ahí estaba mi padre. Fui hacia él y mis brazos rodearon su cintura. Recuerdo a mi padre una vez preparándonos unos huevos fritos con pan y mantequilla. No sé por qué aún tengo el especial sabor de esa comida. Y recuerdo siempre sus carcajadas, en especial sus bromas y carcajadas.
También recuerdo sus enojos, sus puños, sus castigos, su mirada, su presencia. Mi padre era imponente y con un vozarrón que hacía callar a cualquiera.
Recuerdo la primera vez que vi llorar a mi padre. Estábamos en el hospital. Yo le tomaba la mano mientras él lloraba. Ya no era aquél invencible padre ni el que se levantaba todos los sábados a las 7:00 de la mañana a escuchar a la Sonora Matancera. Ahora era yo el fuerte. O así parecía, aunque luego salí al pasillo a llorar.
Lo recuerdo recostado en la cama del hospital. Recuerdo haber cuidado su sueño por varias noches. Recuerdo haber visto mis manos en sus manos, mis ojos en sus ojos. Recuerdo haberlo abrigado y consolado. Haberlo alimentado. Haberlo animado. Recuerdo nuestras discusiones, desacuerdos, reclamos, nuestras conversaciones sobre sus escritores y libros favoritos y los míos. Lo recuerdo recitando poemas de Rubén Darío. Lo recuerdo en silencio esperando. Esperando. Esperando El autor es periodista y escritor.
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