Pedro J. Chamorro B.
Antenor Rosales ha sido reconocido por todos los sectores políticos, la banca internacional y el sector privado, como uno de los mejores funcionarios que ha tenido el gobierno de Ortega, y su salida del Banco Central de Nicaragua (BCN), aparentemente por haber asumido una posición digna, en defensa de las reservas internacionales de Nicaragua, no puede traer otra cosa que malos augurios para la economía.
Rosales, mejor conocido como “el Capi”, supo mantener la economía dentro de los parámetros macroeconómicos acordados con el FMI y cuando Ortega anunció que trasladaría el 1 por ciento de las reservas monetarias al capital semilla de la nueva aventura económica chavista, el Banco del Alba o Balba, el presidente del Banco Central ripostó diciendo que las reservas no se iban a mover por el capricho de una persona, pues su administración está regida por la Ley Orgánica del BCN y es potestad del Consejo Directivo.
Rosales fue aun más explícito en su negativa categórica de que las reservas, aunque fuese en un porcentaje mínimo, sean usadas con criterio político y no estrictamente profesional, basado en criterios objetivos, como su rendimiento y riesgo, y ceñido siempre al mandato de la Ley Orgánica del BCN: “No veo sinceramente cómo pueda ser, porque para que puedan salir (los fondos) tengo que firmarlo yo, y les estoy diciendo que no es posible que se pueda tomar ningún monto, ni un córdoba, ningún dólar, ni 100 o 200”.
Si bien Antenor Rosales tenía su período vencido desde el 2010, lo cierto es que no gozó del favor que han gozado otros tantos funcionarios de los poderes del Estado con período vencido y van por su reelección en la Asamblea Nacional, con el apoyo del gobierno. La ratificación de Rosales no llegó, a pesar de que él era sin duda alguna, uno de esos funcionarios que debería ser reelecto por consenso, en base a su ejecutoria al frente de órgano rector de la economía nacional.
Manejar una institución con criterio eminentemente profesional en el actual gobierno, que se basa en lealtades, culto a la personalidad y parámetros políticos, debe ser realmente una misión sumamente difícil, sino imposible. Tan difícil como será para el “sucre” reemplazar al dólar como patrón de referencia para las transacciones internacionales, un sueño concebido en la megalomanía de Hugo Chávez, quien tiene su círculo de influencia en un reducido número de países latinoamericanos (entre los cuales tristemente está Nicaragua), cuyos dirigentes no tienen capacidad crítica frente a él y le celebran cualquier idea, por más disparatada que parezca. Quienes piensan que con el recién nacido Banco del Alba y la moneda sucre, nuestro país va a reemplazar la ayuda internacional y los préstamos concesionales de los organismos multilaterales como el BID y el Banco Mundial, son cuanto menos unos ilusos.
A partir del fraude del 2008, hemos ido perdiendo la cooperación internacional no reembolsable de todos los países donantes, y para subsanar el déficit presupuestario hemos reemplazado esa cooperación con préstamos blandos que, al paso que van las cosas, serán cada vez más escasos y difíciles de obtener. Ante esta situación crítica, ¿qué hace el gobierno para corregir el derrotero? En lugar de corregir las raíces del problema, que es la falta de transparencia en las elecciones y la falta de institucionalidad democrática que han señalado todos los países que han retirado su cooperación, castiga con su “renuncia” a uno de sus mejores funcionarios que precisamente ha rectorado la política macroeconómica de una manera profesional y con la independencia que ello requiere.
El autor es diputado de la Bancada Democrática Nicaragüense
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