Por Auxiliadora Rosales y Fátima Arellano
Cuando tuve a mi hija menor, el pediatra que me la puso en mis brazos me dijo: “Esta niña no tiene nada a vos, se parece totalmente a su padre. Es más debería ser García García y no García Rosales”. Sus palabras, por supuesto, satisficieron el orgullo de su padre, pero dañaron profundamente mis sentimientos. No solo yo he vivido esta experiencia. Sin duda alguna, muchas familias luchan porque su estirpe genética sea reconocida por los demás en el bebé que acaba de nacer. Pero lo cierto es que aunque se parezca más a uno que al otro, son nuestros hijos.
De acuerdo con el doctor Gerardo Mejía, pediatra genetista, director del Hospital Infantil Manuel de Jesús Rivera, los seres humanos somos producto de una recombinación genética, un proceso que lleva a la obtención de un nuevo genotipo a través del intercambio o mezcla del material genético del padre y la madre.
El especialista explica que cada bebé es una persona única, un ser humano irrepetible. “La única excepción a la regla son los gemelos monocigotos, es decir los engendrados con un solo óvulo que tienen un patrimonio genético idéntico. A diferencia de los gemelos dicigotos (de dos óvulos) pueden parecerse mucho o muy poco como cualquier hermano entre sí. Aunque un niño no herede el físico de su madre o padre, es muy difícil que no hereden nada de la otra familia, así que siempre tendrá algo, ya sea la sonrisa, los ademanes, las actitudes o la manera de caminar debido a la recombinación genética, que es lo que garantiza la diversidad entre los seres humanos”.
Es decir que sus rasgos físicos y su personalidad provienen tanto de la madre como del padre. Pero cuando el óvulo y el espermatozoide se encuentran, entran en juego alrededor de 30 mil genes de cada progenitor, agrupados en 46 cromosomas y el número de combinaciones que puede darse es infinito.
El pediatra genetista indica que desde que una persona nace ya trae parecidos a determinada familia, algunas veces los rasgos físicos se saltan una o varias generaciones y luego reaparecen. “Es hasta la etapa de la adolescencia que sus rasgos quedan definidos. El brote puberal es el último cambio importante en el ser humano”.
La pediatra Alba Luz Hernández, afirma que se pueden heredar características hasta de sus bisabuelos y de antepasados del siglo XV. La herencia se puede remontar hasta, 5, 6, 8 o 20 generaciones.
Toda familia en algún momento se plantea ciertas interrogantes, que la pediatra nos ayuda a aclarar.
En la población se ve cada vez más que padres que no superan el metro setenta, por ejemplo, tienen hijos que terminan siendo más altos. Se suele decir que “mejora la raza”, pero ¿es genético? Sí, parte es genética, pero también es el entorno en el que crece el niño, la dieta que lleve tanto en casa como en la escuela. Cada día sabemos más y alimentamos mejor a nuestros hijos. Por eso, las nuevas generaciones han heredado esa posibilidad genética de ser más altos, que sus padres tenían latentes y no desarrollaron por no tener las condiciones propicias.
Puede ser. La herencia es hereditaria, pero solo en parte, porque aunque se haya heredado cierta predisposición, los estímulos que reciba el bebé y su educación también juegan un papel fundamental.
Hay casos de personas que comiendo lo mismo que otras, se mantienen delgados. Si en tu familia hay predisposición a engordar, siempre puedes jugar con la influencia que tiene el ambiente. Enseñando a tus hijos hábitos de alimentación saludable y facilitando que hagan ejercicios, este rasgo será fácilmente controlable.
María y Ericka son hermanas y las dos tienen la nariz aguileña de su abuelo y de su madre. Ellas también han tenido hijos, pero solo el de Ericka tiene la misma nariz de la familia. ¿Por qué uno de los primos la ha heredado y el otro no? A pesar de las apariencias, esta clase de rasgos, como los mentones prominentes, narices grandes, hoyuelos y demás marcas de la casa, no son rasgos o genes que dominan sobre otros (como el caso del color de los ojos). Depende de la combinación de muchos genes distintos y cada uno juega un pequeño papel. Si hay muchos casos de narices prominentes dentro de la familia, hay más posibilidades de que se herede, pero no es nada que se imponga, pues hay que contar con la aportación del otro progenitor.
En el caso de la piel, hay muchas variantes: toda una paleta de colores, desde los tonos más oscuros de la raza negra, hasta los pálidos de los nórdicos. El tono de piel que herede un niño deriva de una combinación de muchos genes, y al igual que el cabello, depende de la cantidad de melanina que cada uno de esos genes ordena que se manifieste en el niño.
Los ojos oscuros los da un gen dominante, que se impone sobre los claros, que viene de un gen recesivo. El gen dominante siempre se manifiesta si está presente. Sin embargo, ambos padres pueden tener latente el gen recesivo de los ojos claros y habérselo transmitido a su hijo, lo que hace posible que tenga los ojos claros. Es decir, en este caso, el gen dominante de ojos oscuros no ha pasado a su combinación de genes, y por eso puede salir a luz el recesivo. Sin embargo, dos personas de ojos muy claros no pueden tener un hijo de ojos oscuros, porque los ojos claros indican que ninguno posee el gen dominante.
¿Cuántas veces hemos escuchado estas frases: “tiene el carácter de su madre, o “no para, igual que su padre”? El carácter también se hereda. La timidez o sociabilidad tienen una base genética, pero la manera en que se desarrollen estos rasgos depende del ambiente en el que crezca el niño o la niña y de la educación..
que dan lugar a una pigmentación de piel oscura o morena son dominantes frente a los claros. de los padres aporta el gen de los ojos café, con una pigmentación muy fuerte, y el otro aporta el gen de los ojos claros sin pigmentos, es más que probable que el pequeño herede los ojos café, porque este rasgo es dominante.
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