Edgard Rodríguez/Zona de Strikes
No sé ustedes, pero a mí me agradó la Serie Final, más allá de su resultado. Habló del nivel de beisbol que se jugó, aún con las limitaciones naturales que existen en un deporte con fallas de carácter estructural y sobre todo con las restricciones que impone el factor económico.
Creo que fue una buena manera de ponerle fin a un torneo que se desarrolló con bastante normalidad y que tuvo el atractivo especial haber contado con los mejores jugadores del país como Vicente Padilla o Wilton López, quienes le dieron más consistencia a la liga.
El punto culminante, por supuesto, fue la Final, que ofreció entretenimiento para todos los gustos. Se saltó de partidos estrujantes a otros relajados; de duelos de picheo a batallas en las que ardió el madero, mientras se cerraba con dos tiradores de calibre que no cedían.
Padilla y Francisco Cruceta llevaron el juego a otro nivel. Pero también lo hicieron así Iván Marín y Mario Holmann, Wilson Batista y Marlon Abea, mientras los aficionados creaban el mejor escenario que el entusiasmo y la fe en su equipo puede llegar a construir.
No sé cuál es la aspiración de la Liga Nicaragüense de Beisbol Profesional, pero estamos muy largo del nivel que se juega en el Caribe, y no solo no disponemos de la calidad en el juego, tampoco de la infraestructura y el nivel organizativo para asumir mayores retos.
Sin embargo, se está avanzando poco a poco, pero se avanza; se genera utilidades y ofrece espectáculo. No se trata de no aspirar más, pero creo que es pertinente consolidar lo que se ha conseguido y luego pensar en crecer hacia el exterior y también a lo interno.
Por ahora nos queda el recuerdo de la Final, que mostró al Bóer moviéndose sin freno hacia la cima, sin mucho maquillaje, pero con oficio, ante un Chinandega combativo pero sin balance.
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