Por Róger Almanza G.
La primera vez que volvió a verse al espejo meses después del fatal accidente no logró reconocer a quien miró en el reflejo. Una piel arrugada, negra y marcada por las quemaduras. No había cejas y el cabello aún no crecía. Esa mañana Mareling decidió morir y dejar nacer a una nueva mujer.
Cinco años después de haber sufrido quemaduras en el 50 por ciento de su cuerpo, la historia cuenta una esperanza, un triunfo y muchas ganas de vivir.
Su rostro totalmente de piel injerta no ha perdido la sonrisa, ni sus ojos el brillo de cualquier chavala que sueña con ser una mujer profesional, con encontrar el amor de su vida, maquillarse y verse bella.
“¿Que si me siento bella? Por supuesto que sí. Pero sobre todo me siento segura, fuerte y sé que no hay nada que me detenga para realizar todas mis metas”, responde Mareling, de 20 años.
Y del dicho al hecho, para Mareling no hay trecho. Su rostro lo maquilla, sus cejas las delinea con un lápiz negro y sus labios discretamente pintados con un brillo.
Este año se convertirá en diseñadora gráfica, carrera que estudia en la Universidad Centroamericana y ya empieza a planificar con sus amigos más cercanos una pequeña empresa.
“Ahora solo lo estamos pensando, pero queremos una pequeña imprenta donde ofrecer el servicio de diseño gráfico, eso quiero y por eso voy a luchar”, asegura esta chavala.
Cada domingo asiste como maestra en la escuela dominical de una iglesia en Ciudad Sandino. Imparte clases a niños. Precisamente niños que se solían asustar con su rostro y sus brazos marcados.
Aquello que dicen que si los niños son crueles e indiscretos, Mareling lo vivió encarne propia.
“Cuando decidí no usar más la máscara que cubría mi rostro, las miradas no se hicieron esperar… Recuerdo que los niños se asustaban al verme y lloraban, preguntaban a sus padres que cosa era yo, era terrible, pero al final son niños y buscaban una explicación”, recuerda Mareling.

Pero el verdadero reto no fue enfrentar la cara de miedo de los niños ni la lástima de los adultos. La nueva Mareling, convencida de que ya no había rastro de la chavala que fue, tenía que luchar con ella misma, aceptar a esa mujer que se le presentaba cada vez que se miraba al espejo.
“Yo salí del hospital el 10 de enero del 2007, dos meses después de haberme quemado. En febrero comenzaban las clases y yo quería bachillerarme pero la decisión no fue fácil”, recuerda Mareling.
Su pupitre la esperó el primer semestre de quinto año. Los maestros la llamaban cada mañana en la lista de asistencia, pero Mareling no aparecía. Su hermana le llevaba los apuntes de clases y su madre que es maestra le orientaba en la casa. Los maestros llegaban a darle clases y le hacían las pruebas, las que aprobó para el siguiente semestre.
“Tenía miedo de que mis compañeros me rechazaran, sin embargo era yo la que me estaba rechazando y hasta que lo enfrenté pudo nacer la Mareling que soy ahora”, asegura.
El segundo semestre asistió. Vestida con su uniforme azul y blanco y nuevos accesorios: una máscara de malla que le cubría el rostro y solo dejaba ver sus ojos, la punta de la nariz y sus labios. Además, guantes que le cubrían manos y brazos.
Logró el bachillerato y la universidad en Managua era su siguiente prueba. “Empecé la carrera. Ya en la universidad es distinto. La mayoría trata de mostrar lo que no son para encajar, y yo no quería causar pesar pero sí tenía la necesidad de encajar”, recuerda Mareling.
Todavía asistía a clases con la máscara y los guantes hasta que un día decidió, sin pedir permiso al médico, descubrirse y mostrarse a sus compañeros. La reacción fue tan normal que ella misma se sorprendió. “Sentí que podía empezar a ser yo y que la lucha de aceptación comienza por uno mismo”, recuerda Mareling, que solía ser una muchacha tímida, introvertida y bastante penosa.
Hoy quiere vivir cada día a plenitud. “He tomado lo bueno de esta situación, valoro más las cosas y no hay razón por la que uno debe detenerse. No me siento discapacitada. Mi lucha fue conmigo misma y vencí. Hoy soy una mujer más segura y convencida que la belleza de las personas está adentro de tu alma”, revela Mareling.

UN RECUERDO IMPOSIBLE DE OLVIDAR
La tarde empezaba a caer en Ciudad Sandino. Era el 26 de noviembre del 2006 y hacía un mes que Mareling Alemán había festejado sus 15 años.
Era la famosa temporada de los apagones, cuando el país pasaba por crisis energética y en todos los barrios se alistaban candelas, candiles y focos.
A las seis de la tarde, Mareling buscaba la botella de diluyente que su padre, pintor de profesión, utilizaba para rellenar candiles artesanales y mantener iluminada su casa. “Se la di y me quedé ahí frente a él mientras rellenaba el tarro para prender nuevamente la mecha”. Es el recuerdo de Mareling, minutos antes de que una bola del fuego la envolviera por completo.
La mecha aparentemente apagada, guardaba una diminuta brasa. El viento sopló y la mecha cayó al tarro de diluyente. El fuego alcanzó a Mareling y a su tío.
No había dolor, ni ardor. Mareling recuerda que al ver venir la llamarada solo cubrió sus ojos. “El olor era terrible, lo sentía en la garganta y la nariz, era como si estuviera tomando el diluyente era lo único que sentía. Me arrinconé y sentía como intentaban apagar el fuego que me cubría”, recuerda Mareling.

DEL TERROR A LA AYUDA
Entró caminando al Hospital Lenín Fonseca. Recuerda los rostros de terror que inspiraba a quienes la miraban. Pero Mareling asegura no haber sentido ningún dolor ni molestia. Solo se miraba la piel más oscura pero jamás pensó que esa misma noche entraría en shock y sería desahuciada por los médicos.
Tres días en el hospital bastaron para que una infección que crecía cada vez más consumiera la vida de Mareling. Sus padres no se quedarían de brazos cruzados y postearon la ayuda en la puerta de la Asociación Proniños Quemados de Nicaragua (Aproquen). Lo lograron, pero la asociación no se haría cargo del traslado y los padres de Mareling no podrían decir en el hospital que la trasladarían a esta unidad.
La dirección del Lenín Fonseca negó la salida pero no las detuvieron. No prestaron ambulancia para el traslado pero un contacto en los bomberos facilitó la movilización de Mareling de la pesadilla de un hospital público a los exclusivos cuidados del Hospital Vivian Pellas.
“Recuerdo que en el Lenín estaba en la sala de varones, me desnudaron frente a ellos y me ubicaron en un rincón a esperar que muriera. Al despertar en Aproquen estaba en una habitación solo para mí y una enfermera a mi lado, que se mantuvo hasta la mañana que me dieron de alta”, cuenta Mareling.
Hoy es voluntaria de Aproquen y trabaja en las actividades de la asociación y su historia la comparte con otras víctimas de quemaduras. “He ido aprendiendo a contar esta historia. Es parte de mi vida pero es solamente una historia y yo soy más que ello, más que un rostro quemado”.
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