Por Amalia del Cid
¿Qué une a personas de tan diferente ralea? ¿Es la ideología, los intereses de sus países, el dinero, el petróleo, o tal vez la simple posición de estar enfrentados a Estados Unidos, por aquello de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”?
Daniel Ortega ha decidido integrarse a un particular club de amigos entre los que se cuentan el obrero-sindicalista que llegó a presidente de Brasil, Luiz Inácio “Lula” da Silva; el dictador cubano Fidel Castro; el bonachón y dicharachero Hugo Chávez, que ha intentado poner un bozal a la libertad de expresión en Venezuela, y el polémico gobernante de Irán, Mahmud Ahmadineyad, que sin pelos en la lengua ha dicho que Israel debe “desaparecer del mapa”.
Otro que tiene membresía en este club es Desi Delano Bouterse, presidente de Surinam, condenado en 1999 por tráfico de cocaína y acusado por el asesinato de 15 personas. Y también fue amigo de Ortega, Muamar Gadafi (q.e.p.d.), que administró Libia como una satrapía y fue señalado de financiar a organizaciones terroristas.
HASTA LA MUERTE
Ortega demostró ser amigo “en las duras y las maduras” cuando a inicios del año pasado, mientras los mandatarios de otros países intentaban distanciarse del dictador libio, él ofreció Nicaragua para dar asilo político a Muamar Gadafi, quien terminó sus días el 20 de octubre del 2011, cuando los rebeldes de su país lo encontraron escondido en una alcantarilla.
Aunque nunca viajó a nuestro país, la relación de Gadafi con Nicaragua, y particularmente con el Frente Sandinista, comenzó en los años setenta, cuando comitivas de ese movimiento guerrillero visitaron Libia con intención de conseguir armas y dinero para derrocar a Somoza, tal como lo dijo a la revista Magazine el comandante Tomás Borge.
Para finales de los noventa Ortega reconoció en una entrevista que el coronel libio era un “soporte muy importante” que lo apoyaba económicamente en “carácter personal”, para ayudarse a su manutención y a la de su partido.
Sin embargo, para los últimos años Gadafi ya no se mostraba tan generoso. Según un cable confidencial revelado por WikiLeaks, el embajador de EE. UU. en Libia, Gene Cretz, durante la visita que Ortega hizo a Libia en diciembre de 2008 Ortega “había llegado a llorar sobre los hombros de Gadafi” y a “extender sus manos para recibir contribuciones”, pero salió con las manos vacías.
EL GRAN PADRINO

Fidel Castro es, por edad, por años en el poder y por “marca”, el abuelo de este club. Castro gobernó Cuba desde enero de 1959, cuando la revolución que lideraba sacó del poder a Fulgencio Batista, hasta el 31 de julio de 2006, cuando entregó las riendas del país a su hermano, Raúl Castro.
Jamás los Castro han permitido elecciones libres y establecieron un régimen que se sostiene gracias a la negación de las libertades de sus ciudadanos.
Castro es el gran ideólogo de la izquierda contemporánea, y cualquier líder que se diga de izquierda busca cómo tener en su prontuario alguna foto con el histórico revolucionario cubano. Ortega no ha sido la excepción.
En enero del 2010 el oficialista medio 19 Digital publicó 12 fotografías de Daniel Ortega y su familia con Fidel Castro tomadas durante las visitas que Ortega hizo a Castro en abril del 2009 y en diciembre de ese mismo año.
Con las fotos, Ortega intentaba desmentir los rumores de un malestar en las relaciones, señala Julio Icaza, analista político.
“Los líderes de izquierda se pelean por aparecer como los herederos del liderazgo mundial de Castro. Pero se ha filtrado información de que Fidel Castro no ha creído mucho en la tesitura revolucionaria de Ortega. Han aparecido fotos con la familia tratando de contrarrestar eso”, afirma.
EL AMIGO NUCLEAR

El 10 de enero pasado, en la tribuna donde Ortega retomaba ilegalmente el poder, se veía a otros dos miembros del club: Bouterse y Ahmadineyad, gobernantes mal vistos por potencias económicas como Estados Unidos y Holanda.
El primero, Bouterse, es el presidente de Surinam, un país cuyo nombre suena a tierra lejana, pero que está ubicado en una esquinita de América del Sur.
Los vínculos de Bouterse con Ortega se remontan a la década de los ochenta, cuando los Países Bajos retiraron su apoyo a Surinam y en un esfuerzo por reducir el aislamiento el gobierno se integró a la Comunidad del Caribe (Caricom) y restableció relaciones con Cuba, Granada, Nicaragua, Brasil y Venezuela.
El presidente de Surinam visitó Nicaragua en los años ochenta para estar presente en la Plaza de la Revolución. Igual que Ortega, ha tenido tres períodos de gobierno. Consiguió los dos primeros a través de golpes de Estado, en 1980 y 1990. Obtuvo el último por medio del voto popular.
Su pasado es turbio. En 1999 fue condenado a 16 años de prisión por un tribunal de La Haya. El cargo: tráfico de cocaína. Además, en Surinam enfrenta acusaciones por el asesinato, en 1982, de 15 opositores a su régimen militar. Es non grato en Holanda. Pero, en Nicaragua Ortega lo recibe con los brazos abiertos.
“En medio de enormes presiones, campañas difamatorias, calumnias, persecuciones. ¡Qué no sufrió! Y ahí lo tenemos de nuevo, al frente de Surinam, electo por el voto del pueblo, electo por el voto de los ciudadanos”, lo saludó Ortega el pasado 10 de enero, en un acto donde Bouterse habría tenido notoriedad de no ser porque lo opacó el iraní Mahmud Ahmadineyad.
El presidente de Irán se ha puesto en la mira de Estados Unidos, la Unión Europea e Israel, por su programa de tecnología nuclear, pruebas militares y amenazas de cerrar el estrecho de Ormuz, por donde transita el 40 por ciento del petróleo transportado por mar en el mundo.
Ahmadineyad posee una lengua incendiaria y ha dado mucho que hablar con sus posiciones fundamentalistas. En diversos discursos ha dicho que Israel es “la causa de todos los males del mundo”, que la muerte de alrededor de seis millones de judíos, durante la Segunda Guerra Mundial, es una leyenda y que en Irán “no hay homosexuales” (en Irán la homosexualidad se castiga con latigazos y muerte). Por otro lado, fue señalado de ser el cabecilla del famoso secuestro de más de medio centenar de estadounidenses, hace 33 años, en Teherán.
A Nicaragua ha venido dos veces. La primera en 2007. Esta año, su visita, además de coincidir con la ilegal toma de poder de Ortega, fue parte de una gira relámpago por América Latina, con la que, según analistas, buscaba popularidad para dar un respiro ante el aislamiento al que lo han sometido las naciones de Occidente. “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”.
EL COMPADRE Y EL ESTADISTA

Hugo Chávez ha invertido millones de dólares en su liderazgo político. El presidente de Venezuela es estratega y proveedor. Junto a Fidel Castro, a quien llama “padre ideológico”, fundó la llamada Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba), el 14 de diciembre de 2004, en La Habana. Un grupo al que Ortega se unió en 2007, un día después de tomar posesión de la presidencia.
A raíz de esa adhesión se estrechó el vínculo de los mandatarios y Ortega comenzó a recibir dinero a manos llenas. Tanto que se calcula que hasta el sol de hoy le han llegado más de 2,000 millones de dólares a través de la Alba.
Chávez fue cofundador, en 1982, del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 y en 1992 participó en un fallido intento de golpe de Estado por el que terminó pagando dos años de cárcel. Subió a la presidencia de Venezuela en 1999. Ya lleva dos períodos y se prepara para competir por un tercero en las elecciones de octubre de 2012, a pesar de que desde mediados del año pasado lucha contra un cáncer.
Es más, lejos de bajar la guardia, a finales del pasado diciembre insinuó que Estados Unidos podría haber inducido el cáncer diagnosticado a él y a otros líderes latinoamericanos, como Fernando Lugo, presidente de Paraguay; Cristina Fernández, mandataria de Argentina, y Lula da Silva, expresidente de Brasil y otro miembro del club de amigos de Ortega.
Ortega y Da Silva se conocieron a finales de 1979, cuando el brasileño era un dirigente sindical y Ortega un guerrillero que, tras el triunfo de la insurrección nicaragüense, fue invitado a Sao Paulo, según narró en una entrevista el diplomático Miguel D’Escoto. Un año después, Da Silva visitó Nicaragua en celebración del primer aniversario del triunfo de la revolución. Ha regresado dos veces, en 2000 y 2007.
Fue a través de Da Silva que se firmó el proyecto hidroeléctrico de Tumarín, que significa una inversión brasileña de alrededor de 350 millones de dólares.
Lula es considerado un buen gobernante y en 2010, último año de su gobierno, fue el líder mejor valorado por los latinoamericanos; junto a Barack Obama, presidente de los Estados Unidos. Mientras que Ortega conquistó, el año pasado, el último lugar. Una “distinción” que compartió con Fidel Castro.
¿POR COMPLACER?

Mal que bien, esas son las amistades de las que se ha rodeado nuestro inconstitucional presidente, con un criterio de selección que podría responder a una estrategia para mantener un discurso y una imagen de izquierda. O a un alineamiento excesivo en relación a Venezuela, en pago por los millones recibidos por el gobierno de Ortega, estiman Gabriel Álvarez y Julio Icaza, analistas políticos.
A su juicio, eso se puso en evidencia en el manejo de la visita de Ahmadineyad, puesto que Irán no tiene proyectos de inversión en Nicaragua, sino en Venezuela.
Pero además de estar marcadas por una alineación de izquierda, las relaciones internacionales de Ortega exhiben un complejo de líder mundial, señala Icaza. “Es una persona (Ortega) a la que definitivamente no le gusta gobernar, esos asuntos los ha delegado en su esposa. A él lo que le gusta es conspirar y andar resolviendo los grandes problemas del mundo”, subraya.
Es competencia del presidente determinar la política exterior del Estado, y es crucial que la soberanía nacional esté sobre las relaciones con otros países. Por ello, apunta Álvarez, no porque Estados Unidos crea que los países pequeños no deben tener relaciones con Irán o con otras naciones, hay que dejar de hacerlo.
Sin embargo, enfatiza, también hay una obligación, un deber político de los jefes de Estado, de entablar relaciones internacionales no en función de una retórica ideológica para darle gusto a sus benefactores, sino pensando en los verdaderos intereses del pueblo.
Con un Ahmadineyad que ha aislado a Irán y lo ha conducido a un escenario donde ya suenan tambores de guerra , y un Chávez que enfrenta al cáncer y a una crisis económica en Venezuela, habrá que ver quién más podría tenderle la mano a Ortega cuando, tarde o temprano, vuelva a extender los brazos en busca de ayuda.
BUSCADOS POR LA JUSTICIA
En febrero de 2009, Daniel Ortega hizo embajador en Misión Especial y dio pasaporte diplomático nicaragüense al tailandés Thaksin Shinawatra, un prófugo de la justicia que enfrentaba acusaciones de perturbación pública, amenaza de violencia y atentado a la paz social. En ese momento se dijo que el nombramiento perseguía “atraer inversión.
Finalmente, en febrero de 2010, un Tribunal Supremo de Tailandia declaró a Shinawatra culpable de abuso de poder, ocultación de bienes y de causar al Estado pérdidas valoradas en 80,000 millones de bat (2,415 millones de dólares o 1,778 millones de euros).
Se desconoce qué “inverisón” pudo haber traído a Nicaragua.
También se ha visto a Ortega dar asilo político a personas vinculadas a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
El respaldo a las FARC podría deberse a que “de alguna manera Ortega cree sentirse comprometido con todos los revolucionarios del mundo”, reflexiona Julio Icaza, analista político, y señala que la relación con un grupo considerado narcotraficante, que ha acudido al terrorismo y al secuestro para sobrevivir, no añade prestigio a la actividad de un jefe de Estado. Sino todo lo contrario.


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