Por Amalia Morales – IV parte y final
Cofalito está apurado. Es casi mediodía y todavía el supermercado acuático no sale del atracadero. Mientras desayuna en el restaurante que lleva su mismo apodo —y del cual es codueño junto a su esposa— da órdenes a una pareja de ayudantes prestos que cargan sacos, suben cajillas de gaseosas y huevos, acomodan termos con hielo. La barriga del bote se ha ido rellenando con sacos de granos básicos, aceite, ropa, perfumes, algunos electrodomésticos, hilos, agujas, ristras de chiverías como meneítos y plátanos, cajas de jugos, bujías, jabones, agua. Caben 250 quintales. Comida y víveres suficientes para abastecer a todas las bocas que viven en la ribera del río.
Abner Espinoza, el nombre de pila con el que nadie reconoce a “Cofalito” en el río, espera distribuirlo todo en los 200 kilómetros del río que navegará en breve durante seis días.

En su periplo, “Cofalito” le vende a nicas, pero también a los ticos que florecen de El Castillo cuatro kilómetros abajo, donde el río empieza a ser frontera entre ambos países.
“Entre los pobladores de acá casi no notamos el conflicto. Nosotros lo vemos como un problema de gobierno y no tenemos que ver”, dice “Cofalito”, que lleva 18 de sus 45 años, subiendo y bajando el río, llevando y trayendo mercancía. Porque él no solo baja. También sube. De regreso trae maíz, plátanos, pescado, coco y cacao.
En esta zona del país, las cosas no cambiaron mucho a partir del conflicto por Harbour Head (2010), el área de 2.5 kilómetros que están en la desembocadura del San Juan, por el que Nicaragua sostiene una pelea en La Haya con Costa Rica.
Y por la carretera que los vecinos construyen en todo el borde fronterizo del río, sin ningún tipo de planificación y estudio de impacto ambiental, pasa más o menos lo mismo. Es inevitable, que todos los ribereños miren el encaje rojizo por el que suben y bajan tractores y excavadoras, cortando lomas de forma abrupta como parte un boxeador la ceja de su rival. Casi todos los ribereños del San Juan están en desacuerdo con la vía —salvo algunos pocos auguran progreso—, pero no hay más que comentarios.
Yamil Obregón, hijo de “El Chino” y propietario de una cafetería en El Castillo.
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En el río las calenturas se sudan menos que en la capital. La gente sigue los capítulos de la pelea por los medios de comunicación nacionales y ticos. En San Juan de Nicaragua, el dueño de un restaurante mira las reacciones nicas por los canales de televisión nacionales, y oye las respuestas por las radios costarricenses, que se captan mejor que las nicas.
EL PANGUERO
En el río la gente se ocupa de su vida. De sobrevivir, como dice “Cofalito”, para quien no tiene sentido bajar cargado y regresar vacío.
Ronaldo Obregón, “El Chino”, es otro personaje que no pasa inadvertido, todo el mundo lo conoce. Empresarios incluso que lo llegan a buscar para que los guíe por las sinuosidades del río que solo él conoce. Obregón ronda los 70 años, pero aún navega. Hace tres años, en los conocimientos de “El Chino” confiaron las autoridades de Altagracia, en Ometepe, para subir el ferry al río por la barra del San Juan, en el mar Caribe.
En los tiempos muertos, “El Chino” pasa en la finca. Para ir hasta allá, siempre cruza el río en una embarcación. En los últimos tiempos “El Chino” anda con la idea de construir un hotel de montaña en la finca. Es idea de sus hijos, dice, quienes se dedican a distintos negocios turísticos en El Castillo.
La vida en el río se compone de personajes que se trasladan y se bajan en las curvas, donde hay algún caserío, donde brota algún camino.

Es el caso de Inocencio Herrera, poblador de El Jobo, una comunidad de 14 casas que está antes de llegar a San Juan de Nicaragua. Herrera calza botas de hule. Acaba de volver de la huerta. Su casa es la última de la hilera. Alrededor de la casita de madera tiene flores y hortalizas, que cuidan entre él y su esposa, que como él calza botas de hule. Con orgullo enseña un pepino enorme cosechado en otra zona del río. Dice que eso no es nada, que montaña adentro crecen unos pepinos tan grandes como una sandía.
Inocencio cuenta que en esa comunidad hay un centro de salud, pero no hay médico ni enfermera. Cuando pasa algo grave tienen que salir en panga hasta San Juan. Allá hay un centro de salud, con tres médicos y enfermeras. Una de ellas es Beatriz Bedford, originaria de San Juan, pero con familia en Costa Rica, como casi toda la gente que vive en esa zona del país, donde pesan más los lazos familiares que las fronteras. Esposas, hijos, hermanas. Todos tienen a alguien a quien visitar en el país vecino. Muchos de los ribereños incluso han vivido temporadas en el río, es el caso del alcalde de San Juan Misael Morales, quien vivió siete años en suelo costarricense. Morales, de 30 años, es originario de Chontales, pero según los lugareños, ha hecho más que si hubiera nacido en la zona. Un sentimiento parecido despierta Sandra Castrillo, la agrónoma chontaleña, que hace más de 20 años encalló en la región y se quedó, como se van quedando tantos otros que sucumben a las aguas pacíficas del San Juan.
EJÉRCITO PREOCUPA A LOS LUGAREÑOS
“Vamos a abrir los bolsos”. Un soldado se desplaza hacia el fondo de la panga y otro se queda adelante registrando bultos que van tirados en el piso del bote o encima de las barandas. Los soldados tocan, remueven, sacan, en algunos casos, todos los trapos. ¿Qué buscan? “Drogas”, contesta el teniente de uno de los puestos, que advierte al que le pregunta que si no se deja registrar quedará retenido en el puesto de control militar. A lo largo del río son seis u ocho puestos militares.
La presencia militar se incrementó a partir de la disputa por Harbour Head. Y en cada puesto de control los militares registran a los pasajeros de las pangas de transporte colectivo. La revisión militar llega a provocar molestias en algunos pasajeros. “Una turista alemana me dijo que no volvía a venir, porque solo faltó que le pidieran que se quitara el calzón”, comentó molesto el dueño de un negocio en San Juan.
Las quejas contra la presencia militar se oyen a lo largo del río. Aunque la población agradece la seguridad que ofrece el Ejército, consideran que exageran en las revisiones, y aún en los pueblos exageran con la aplicación de la ley que les da atribuciones multifuncionales. “Ellos son aduana, son migración, son Marena, hacen de todo”, dice un panguero que no se identificó por temor a represalias. El teniente Jesús Medina, del puesto militar de El Castillo, dijo que ellos solo aplican los artículos de la ley.
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